Sin necesidad de gauchos

Entrevista a Selva Almada

Por Mariano Vespa // marianovespa@gmail.com

 

¿Qué hizo que dejes por un momento los cuentos y te lances a la escritura de una novela?

El viento que arrasa es la primera novela que escribo posterior a los libros de cuentos. Tenía el fantasma o la fantasía de que no podía escribir novelas. Esta novela la finalicé en el 2009, pero el año pasado la terminé de corregir con los editores. Iba a ser un cuento. Tenía pensado una serie de cuentos que iban a pasar en la ruta, en el trayecto entre Entre Ríos y Chaco. Éste era el segundo. Había escrito uno muy largo. Sin querer se fue expandiendo, aparecieron nuevas ideas. Ahora estoy corrigiendo una novela sobre una disputa familiar en un parque de diversiones.

 

¿Cuán importante fue tener de maestro a Laiseca?

Conocí a Laiseca hace diez años cuando vine a Buenos Aires. Primero me anoté en el Rojas al menos para conocer gente (risas) y después fui a su casa. Lo que me permitió su taller fue escribir sobre otras cosas, sobre otros temas o jugar con lo fantástico, el realismo delirante. Siempre me mantuve dentro del realismo seco. Lai te anima a que vayas por tu propio estilo, por tu propia senda; no te condiciona a escribir como él. Si ves todos sus discípulos que han publicado como Leo Oyola, Alejandra Zina o Sebastian Pandolfelli, se nota que son muy distintos; probablemente el que más se acerca a su mundo es Leandro Ávalos Blacha. Eso es lo más valioso que tiene Laiseca como maestro de taller. A la hora de dar mis talleres o clínicas trato de estar atenta a eso, a permitir que el otro encuentre su camino y que vaya por otros lugares que no son los que uno como escritor caminaría.

 

Empezaste a estudiar periodismo pero dejaste. ¿Ese desinterés te ayudo para empezar a escribir ficción?

El desapego no fue tal. Yo quería ser periodista pero me decepcionó la carrera. Fui a estudiar comunicación social a Paraná. Creo que me agotó la carrera, no me sentía cómoda. De repente empecé a escribir algo de ficción en la misma facultad y me interesó ese mundo. Pensé que estudiar literatura me iba a dar una lectura más ordenada aunque en realidad no te enseñen a escribir. Pero yo sentía que me iba a dar un universo más rico para escribir ficción. Me sirvió para eso y para conocer gente que como yo le gustaba escribir y la única salida era ir al profesorado. Creo que Argentina no tiene esos seminarios de escritura en las universidades como en Estados Unidos. De hecho en esa época en Paraná no había ni siquiera talleres literarios, así que nos juntábamos con compañeros para compartir nuestras escrituras. Con respecto al periodismo hace un par de años hice un taller con María Moreno y me sirvió para recuperar esa alegría perdida de escribir cosas desde otro lugar. En 2010 presenté un proyecto al Fondo Nacional de las Artes para hacer la investigación del asesinato que escribí en Una chica de provincia y otros dos casos más, uno en Chaco y otro en Villa María. Seleccioné esos porque ocurrieron en la década del ochenta, estaban cerrados, nunca se encontró el culpable y las víctimas eran tres mujeres adolescentes. La idea es volcarlo en un libro de crónicas.

 

En sus notas, Chejov decía que para escribir temas angustiantes no necesariamente tenía que estar triste. ¿Cómo encarás tus escrituras teniendo en cuenta eso?

Generalmente la historia va apareciendo a media que la voy escribiendo. Doy muchas vueltas para escribir el primer párrafo, hasta que  aparece el tono. No creo en la inspiración. Comparto lo que dice Chejov: no que hay que estar de tal manera para escribir sobre determinado tema. Cuando dejo de escribir, salgo con mis amigos, lavo la ropa, hago las mismas cosas que hace cualquier persona. Lo que escribo no tiene que ver con un estado personal. Lo que a mí me pasa como persona con el mundo no tiene nada que ver con lo que escribo. Cuando leí las galeras de la novela me pareció muy triste el final pero no quiere decir que cuando la escribí me haya sucedido. En El viento que arrasa la historia iba a ser completamente distinta, más sórdida, demasiado oscura. Se me apareció un predicador dando un sermón y su hija afuera de la iglesia no queriendo escuchar lo que su padre decía. Generalmente empiezo a escribir así, partiendo de alguna imagen o clima, y después voy viendo.

 

¿Qué postura tenés sobre los libros contemporáneos que priorizan lo autobiográfico?

El género autobiográfico me gusta, me parece que tiene muchas posibilidades. Cuando hago talleres los primeros ejercicios que les doy tienen que ver con eso. Respeto mucho las anécdotas personales. Es una materia prima que puede disparar historias. Cansa un poco que todo lo que se escriba esté agarrado a lo autobiográfico. Estos últimos años ha habido demasiadas publicaciones. Hay que saber seleccionar muy bien qué material de vida es interesante y que no. Tiene que ver no tanto con el qué me contás sino con el recorte que hacés. El error es ver que todo lo que nos pasó en la vida es interesante. En Una chica de provincia hay material autobiográfico pero está trabajado desde la ficción. Las cosas que tenía para contar eran cuestiones que hacían ruido con mi historia personal. Escribirlas era una manera de estudiarlas o sacarlas afuera y ver qué onda, por ejemplo, la tercera parte de Una chica de provincia, “En familia”, gira en torno al suicidio de mi tío. Después de eso no quise seguir haciendo lo mismo, aunque a veces es tentador. Cuando pude escribir otra cosa, me sentí re contenta.

 

¿Se puede huir del prejuicio sobre la vida en provincia?

Lo que me pasaba a mí es que tenía un prejuicio muy grande mientras vivía allá; quizás no había leído los autores adecuados. Me parecía todo lo que se hacía en provincia tenía una mirada vieja, de color local que no era interesante. Creo que era un prejuicio juvenil mío. En general las provincias estaban muy aisladas de lo que pasaba en temas culturales, sobre todo en la literatura. Cuando vine a vivir a Buenos Aires al tomar distancia o al ver las cosas con una mirada nostálgica, me di cuenta que podía escribir del interior de una manera que fuese interesante para un lector tanto de la provincia como urbano sin la necesidad de hablar de gauchos.

 

En El viento que arrasa el lazo familiar se pierde fruto de abandonos. ¿A qué se debe tu interés en mostrar eso?

Es un tema recurrente en lo que escribo. Siempre aparece la relación padres e hijos por presencia o por ausencia. En este caso por la ausencias de las madres de Leni y Tapioca y la presencia del padre. Creo que el concepto de familia está sobrevalorado desde un lugar bastante cursi: crecés, tenés que tener una familia y dos hijos. Me parece hipócrita y absurdo seguir hablando de lo mismo. En nuestra generación venimos de familias disfuncionales, ya sea por separación o no. La familia no es tan ordenada sino que es sinónimo de conflicto. Me subleva la idea de la familia donde parece que está todo bien para el afuera pero siempre hay mugre debajo de la alfombra, trapitos sucios. En general en las historias que escribo las familias no están completas, los padres no son buenos o los hijos no son tan obedientes. Es un tema que me ocupa y me preocupa. Me gusta poner en crisis ese concepto de familia en el que no creo.

 

Aparece, en cambio, una mirada familiar hacia los animales.

Sí, me crié en una casa con muchos perros y gatos. Por ahí el perro tiene mejor prensa en el interior que el gato. El personaje del Gringo está un poco basado en un tío de mi mama que se llamaba Lolo, que nunca se casó ni tuvo hijos. Gran parte de su vida vivió en el campo, trabajaba en hornos de ladrillos y siempre tenía muchos perros. El Gringo tiene mucho que ver con el tipo que está solo en el medio de la nada y tiene una comunicación especial con sus animales. Cuando describí lo del perro y la tormenta lo hice pensando en la gente que tiene apego con los animales y lo tienen tan conocido al animal que saben que se va adelantar a lo que va a pasar climáticamente. Cuando el perro está patas para arriba quiere decir que va a llover, o si hacen cuevas es que va a hacer mucho calor. Hay muchas señales de la naturaleza que los animales ven antes que el hombre.

 

¿Cómo es tu relación con la fe?

No soy una persona religiosa ni creyente. Tengo gente cercana que lo es y me parece que la vida funciona más fácilmente si uno es creyente. Creo más en la fe hacia la naturaleza que hacia la religión. Tengo una familia católica, de hecho tuve un rapto misionero que después desapareció. Me parece bien que la gente tenga fe en algunas cosas. Me resultó más fácil de lo que yo pensaba hacer un personaje como el reverendo Pearson. En un primer momento lo pensé más cercano al estereotipo que tenemos de los pastores que son gente que miente para sacarle plata a los creyentes, una especie de impostor. El personaje se fue convirtiendo en otra cosa, en un personaje que más allá de su locura o fanatismo cree en todo lo que dice. Lo mismo para Brauer. Me gustó descubrir esas cosas en los personajes que en algún punto tenían que ver conmigo. // RT

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