Sobre los problemas de la fe

Por Mariano Vespa // marianovespa@gmail.com

 El viento que arrasa, de Selva Almada

Mardulce editora. 160 páginas. $ 75

 

Para escribir la novela El viento que arrasa la escritora entrerriana Selva Almada se situó en ese terreno tan sagrado y oscuro que es la fe. La historia comienza con el viaje del Reverendo Pearson y su hija Leni desde Paraná hasta la localidad chaqueña de Castelli para visitar a su amigo, el pastor Zach. Cerca de un pueblito santafesino el auto se descompone. El Gringo Brauer, un mecánico de la zona, intenta asistirlos. Sin embargo nota que el arreglo demandará más tiempo que lo habitual. Entonces, en medio de un calor sofocante,  los invita a esperar en su casa. Lejos de inquietarse, Pearson acepta el ofrecimiento. Se siente cómodo cuando predica en escenarios marginales lejos de los diezmos y la luminosidad de las iglesias.

Leni mantiene una relación distante con su padre pero tiene un idilio particular con su faceta mística. El Reverendo es paciente y nunca pierde de vista su itinerario evangelizador. Su retórica es suave como el algodón pero punzante como un tridente. Por lo tanto, intentará sumar a su rebaño al ayudante del Gringo, El Tapioca, un joven tan callado como sensible. Pearson ve que Tapioca tiene la pasta para ser un futuro predicador. El Gringo, un tipo apegado a la naturaleza, a sus perros y a su chatarra, intenta evitarlo. Cree que la religión es un modo de desentenderse de las responsabilidades.

Almada, que también escribió los libros de cuentos Una chica de provincia y participó en varias antologías, intercala con precisión flashbacks de la infancia del Reverendo o fragmentos de sus sermones para romper con la linealidad del relato. No contamina el relato con descripciones estereotipadas sobre la vida en provincia sino que se mete en los micromundos de Brauer y Pearson y los siente propios. No juzga a los personajes, ni siquiera examina su conciencia; narra con soltura y refleja que en medio de la desidia, pueden emerger historias ocultas que tienen que ver con abandonos y silencios.

El punto de giro en el relato es la tormenta, cuya descripción se focaliza a través del olfato del perro Bayo. En medio de una lluvia torrencial Pearson y Brauer se disputan a Tapioca. No se trata de una discusión estrictamente religiosa sino que, por el contrario, tiene que ver con las convicciones personales y la elección de un modo de vida determinado. El viento que arrasa respeta con fuerza y amabilidad lo que afirmaba Flannery O’Connor: “El novelista debe crear un mundo que sea creíble. Las virtudes del arte, como las de la fe, se extienden más allá de cualquier teoría que el novelista pueda abrigar”. // RT

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