La realidad como polizonte

Entrevista a Yuri Herrera

Por Ángela Guerrero // zweethome@gmail.com

 

Le gustan las mesas junto a la ventana. Yuri Herrera me critica por pedir el menú: “Ni que fueras a pedir huevos rancheros”. Mientras esperamos el café con leche y las medialunas, hablamos de lo que nos une: México, Argentina y el vivir fuera de nuestro país. A pesar de los premios obtenidos con su primera obra, Trabajos del reino, y el reconocimiento por parte de la crítica y los lectores a Señales que precederán al fin del mundo, Yuri dice no sentirse importante, aunque esboza una sonrisa al decir que después de la entrevista tiene un almuerzo con el alcalde junto con los otros escritores latinoamericanos que participaron en La ciudad contada, el motivo de su visita. En el segundo día del encuentro, Herrera fue parte de la mesa en la que se debatió sobre literatura y política.

 

¿Cómo se filtra la ficción en la realidad hispanoamericana?

Todas las historias nacionales son ficciones en la medida en que están respondiendo a cierta forma de concebir el país. La manera en la que nos contamos la historia es también la manera en la que estamos dispuestos a participar en ella, la manera en la que estamos dispuestos a prolongar esta otra ficción. Hay palabras clave dentro de estas ficciones que determinan cosas muy concretas. Específicamente en el caso mexicano, cuando un presidente dice que estamos en guerra, más allá de que no haya un enemigo o interlocutor y que la palabra “guerra” no fuera la mejor para explicar lo que está sucediendo, en el momento que un comandante la utiliza,  tiene consecuencias concretas y determina muchas cosas de cómo funciona la realidad. Cómo en cada país la gente se concibe a sí misma es también una ficción, pero es una ficción que determina valores, que te hace reaccionar de diferentes maneras. Por ejemplo, todo este mito de que los mexicanos no le tenemos miedo a la muerte es una ficción concebida en ciertos momentos, con ciertas utilidades. Ese tipo de ficción determina qué vidas son fundamentales y qué vidas son dispensables, y tiene que ver con los discursos políticos, articulados específicamente en ciertos momentos álgidos, por ciertos intelectuales que rodean a quienes conducen el gobierno. A veces, las artes tienen la capacidad de plantear ficciones que también determinan maneras de comportarse. Tal es el caso de la novela Santa Evita de Tomás Eloy Martínez, que ha sido leída como un libro de historia. En ella hay una frase que Evita le dice a Perón: “Gracias por existir”. No hay absolutamente ningún documento histórico que registre esta frase; de hecho, es una frase que inventó Tomás Eloy Martínez. Ahora algunos seguidores peronistas la han puesto en letras de bronce y ya se registra como una frase de Evita. Estos son los ejemplos más claros. A veces lo que nosotros entendemos de cómo son los argentinos viene no de los que conocemos, sino de que hemos leído a Borges o a Cortázar; la gente que espera encontrar ciertas cosas en México o en Francia viene también de ciertas expresiones culturales específicas.

 

En la mesa sobre Literatura y política dijiste que la realidad viaja como polizonte.

Puedes querer escribir un texto en el cual según tú estás siendo muy fiel a la realidad, pero quien está hablando de la realidad lo está haciendo desde su propia lente, desde sus propios sentimientos, desde sus propios prejuicios y obsesiones, aún cuando uno no se lo proponga. Las herramientas que tenemos para hablar de la realidad son las que la realidad de tu tiempo te está ofreciendo, la sensibilidad y el estado de ánimo del momento. Aún cuando tú deliberadamente evadas los temas que según el consenso son los temas que definen ese momento histórico, irremediablemente vas a tocarlos. Por ejemplo, la novela de Alberto Chimal que se llama Los esclavos narra la historia de dos personajes que por distintas razones terminan siendo esclavos de otros personajes, y esto tiene que ver, para mí, con el momento histórico con el que estamos viviendo. Chimal es un gran escritor a quien nadie tacharía de escritor político o histórico o narco escritor y, sin embargo, me parece que él está hablando a partir de lo que él está observando y a partir de una manera de reaccionar a distintos tipos de violencia que hay en la sociedad y a lo mejor con la manera tan fácil con la que nos sometemos a los designios de otros. Ahí la realidad está viajando como polizonte y no con boleto pagado, y creo que tal vez esa es una de las estrategias más útiles en el arte, cuando no estamos tan preocupados por ser fiel a la realidad, sino dejamos que esta se inmiscuya a partir de los elementos que estamos tomando de ella.

 

¿Cómo eliges la realidad a ficcionalizar?

Eso cambia con cada proyecto. Con Trabajos del reino lo primero que se me ocurrió fue que quería hacer una historia sobre la relación entre el arte y el poder y tenía un modelo claro: los artistas de las cortes europeas. No quería escribir un libro sobre historia ubicado en Europa. Yo estaba viviendo en la frontera de México y la segunda decisión salió naturalmente. Las mismas pulsiones que ocurrían en esa otra época las tengo yo aquí y eso es algo de lo que puedo hablar con mucha más intensidad, con mucho más conocimiento e incorporando mis preocupaciones sobre el entorno. A partir de ahí empieza a proliferar la obra. La proliferación de una obra depende de cómo empiezas a articular los distintos elementos en función de un núcleo original que va cambiando con cada uno. Con Señales que precederán al fin del mundo tenía claro que era la historia de un viaje y la estructura con la que quería contar ese viaje. Quería utilizar la narrativa mexicana del descenso al Ixtlán, siempre me había parecido una estructura interesante. Una vez que sé como quiero contar una historia no me preocupo por estar recuperando asuntos específicos en función de una agenda política. Para mí lo más importante es tener una buena historia que contar, si no la tienes dedícate a hacer otra cosa, a escribir ensayos o poesía. Si quieres escribir narrativa tienes que tener una historia y los elementos de la realidad se van a ir acomodando ahí porque eso es lo que tenemos. Aunque escribas de marcianos, de vampiros o de hobbits, siempre estás hablando de tu tiempo y de tu gente. Por ejemplo, el relato infantil que publiqué hace tres años llamado “¡Éste es mi nahual!” es la historia de un niño que está perdido en la ciudad y que encuentra a su nahual que lo conduce. Ahí quería utilizar la figura del nahual que me parecía muy interesante y poco utilizada en la literatura mexicana.

 

¿Cuál es la realidad que no vas a ficcionalizar de Buenos Aires?

Creo que no hablaré de los circuitos turísticos. No voy a hablar sobre las librerías, no voy a hablar de Corrientes ni del tango. Hay cosas que quisiera ver. Un amigo me invitó a una reunión de los veteranos de Malvinas y a comer con el alcalde. Pero todavía no sé. Tal vez hable un poquito sobre la librería Eterna Cadencia. Fui allí porque estaban grabando un programa para el Playboy Channel. Una amiga de Juan Terranova era una de las productoras y nos dijo si queríamos entrar, pero en realidad no hubo desnudos, ya los habían hecho el día anterior. Vimos la filmación de unas escenas muy sencillas. Dos mujeres guapísimas que están en la librería y la historia –porque hay una historia– es que la que atiende y está detrás de la caja siempre está fantaseando con las muchachas que entran a la librería. Nosotros nada más vimos el intercambio, la que compra un libro, la mira un poco y se va. Fue bonito, aunque no hayamos visto nada. Fue bonito estar en el set de filmación del Playboy Channel.

 

¿Hasta dónde te permites filtrar la ficción de lo que lees y ves en la realidad que estás escribiendo?

Hay historias que te llegan casi envueltas para ser escritas. En el caso de  Señales que precederán al fin del mundo, la historia central de una mujer que va a buscar a su hermano me la contó mi tía Esther, una de las personas a las que está dedicada la novela. Mi tía Esther murió hace un par de años. Era maestra de primaria. Llevaba más de medio siglo dando clases y todo el tiempo encontraba ex alumnos. Una vez le preguntó a una ex alumna cómo estaba su hermano. “Se fue a Estados Unidos, pero ya no regresó porque se metió al ejército de Estados Unidos con el nombre de alguien más para quedarse a vivir allá”, le respondieron. Yo estaba planeando una novela cuando ella me lo contó y dije: ésta va a ser la razón del viaje. Por otro lado, hay cosas que no tienen que ver con anécdotas específicas que uno va incorporando sino con sensibilidades frente a lo que está sucediendo. La literatura, al contrario del periodismo, no tiene que registrar los hechos específicos sino la manera en la que estamos viviendo esos hechos, la manera en cómo los simbolizamos, en cómo los sufrimos, porque eso es lo que puede hacer el arte. El arte no tiene la obligación de ser un compendio de datos duros, sino que lo que puede hacer es ofrecer las sensibilidades del momento y es ahí donde uno recupera, si sabe cómo hacerlo, estas maneras de aprehender los conflictos.

 

¿Por qué crees que se dice que en México la vida no vale nada?

Creo que esas son construcciones políticas que responden a maneras de priorizar ciertas vidas sobre otras. Dice Roger Bartra en La jaula de la melancolía que esta idea de que el mexicano aguanta todo es una manera de construir al mexicano que queremos que aguante todo. Pero esta idea se aplica a un ser ficticio que es el “mexicano” y el éxito que tienen estas ficciones es cuando uno empieza a repetirlas como si fueran verdad. Yo eso no lo creo. Sí creo que hay una mística distinta a la que hay en otros países. Hay un libro que escribió Claudio Lomnitz que se llama Death and the idea of Mexico y lo tradujeron como La idea de la muerte en México, que no es lo mismo. Allí explica por qué la muerte es algo que hemos tomado como una especie de tótem nacional. El país se origina en un holocausto. Y a partir de ahí hay una serie de mortandades que van marcando la historia nacional. Nuestros momentos álgidos son marcados, no por enormes triunfos, sino por matanzas terribles. Es una de esas cosas que hemos tomado casi como ortografía histórica: la puntuación que nos define cómo vamos avanzando. Aunque también yo diría que la manera en que nos hemos acostumbrado hoy a la matanza tiene que ver con otras cosas. El sistema de justicia en México es la impunidad. Más del 90 por ciento de los asesinatos nunca son resueltos, según cifras oficiales. En ese sentido creo que nos hemos acostumbrado a estar sometidos, a la mala costumbre de no exigir rendición de cuentas y a ver en función de la corrupción omnipresente, del autoritarismo que no se ha acabado, a ver toda esta mortandad como una consecuencia relativamente lógica de todo lo anterior. Pero yo no creo eso de que para el mexicano la vida no vale nada. Si tú ves a los familiares de las víctimas, para todos ellos vale. A Slim o Azcárraga, por ejemplo, por supuesto que les importa si los matan a ellos o a su familia, lo mismo a cualquier persona con cierta posición. Creo que tiene que ver con una especie de pérdida de esperanza en las instituciones. La mayoría de la gente no tiene confianza en que las instituciones puedan resolver esto y empieza a verse como una cosa relativamente irremediable. Para ello se necesitaría un cambio cultural y eso es muy difícil.

 

¿Con tus obras, intentas combatir o concientizar la imagen que se está creando de México?

No. Cuando uno escribe con una agenda política esta subordinando a eso todos los elementos importantes de una obra de arte. Por otra parte, tú no puedes estar presumiendo algo de lo que no tienes certeza que va a suceder: que se va a leer específicamente con el efecto que tú estás buscando, en términos propagandísticos. El único caso en el que lo he hecho es con un cuento que va salir en la editorial Sexto Piso. Los editores me pidieron escribir un cuento en el que se desarrollara alguna historia sobre cómo lidian los niños con la cantidad de violencia que hay en México. Yo ni lo pensé cuando me lo propusieron, dije que sí. Me costó muchísimo trabajo. Primero porque me di cuenta que no sabía cómo explicarle a un niño la violencia. Es tan absurdo y desesperanzador, pero al mismo tiempo es deshonesto no explicar las cosas y sólo ofrecer una historia amable sobre lo que está sucediendo, que no sabía cómo hacer. Segundo, porque escribir para niños implica la dificultad de ser muy claro, pero sin ser condescendiente. Los niños no son tontos, los niños saben lo que les gusta y lo que no les gusta. Tú no puedes estarles echando rollitos fáciles y en este sentido fui muy literal. El personaje es una niña que está mirando esto, está sintiendo cómo cambia el entorno, y no entiende por qué lo están haciendo; reacciona y protesta ante ello. Es una historia muy sencilla. Es el único caso en el que he sentido así como una agenda, un propósito muy específico. Con los demás no, uno ya tiene ciertas posiciones ante el mundo, tienes una posición política, la tengas elaborada o no, una posición ética, una posición frente al poder, las relaciones de género, el arte, y todo esto va componiendo la obra.

 

¿Cuáles serán las características del México posguerra?

Hay una serie de elementos que todavía no sabemos cómo van a quedar, pero que van a quedar. Tienen que ver con nuestro vocabulario, con cómo entendemos los negocios y las relaciones con la autoridad. Mucha gente ya no habla de ciudades sino de plazas, que es como llaman los narcos a los espacios de un conflicto. La palabra “narco ruta”, el prefijo “narco”, ya están en boca de todos. Cuando uno habla de “narco fosa” ya sabe que no es un hoyo con drogas, sino una fosa clandestina con cadáveres destrozados. Los puentes peatonales no han cambiado de nombre pero sí de significado. Ahora implica hablar de un lugar macabro donde cuelgan cadáveres, donde cuelgan mantas. Esto ha cambiado nuestro imaginario y la manera de relacionarnos con cosas que eran normales. Lo que a mí me preocupa sobre todo, es la clase de acuerdo a la que se va a llegar para terminar con esto, porque se va a llegar a un acuerdo. Ésta no es una guerra donde pueda haber una derrota definitiva, porque las drogas no van a desaparecer. Eso es la gran manipulación de esta guerra, creer que es una guerra en la que se puede derrotar a un contrincante con el que todos contribuimos. Tienes un momento en el que los narcos viven del dinero de Estados Unidos, lo lavan allá, tienen armas de Estados Unidos y el problema es mexicano, en teoría. Hay una serie de complicidades que en algún momento se van a normalizar. Los que solían ser los hombres más perseguidos y presentados por televisión no fueron a la cárcel, responsables de una gran cantidad de muertes, sino que empezaron a incorporarse a las élites económicas y políticas, los Kennedy eran de ésos, por ejemplo. Creo que eso eventualmente va a ir sucediendo formalmente pero ya está sucediendo informalmente. Muchos de estos narcos tienen relación con grandes empresarios, políticos, abogados. Los narcos no son como un tumor extraño. Los narcos han crecido gracias a ciertas dinámicas de nuestra sociedad. Es un negocio que sabe aprovechar cómo funcionan las cosas en nuestra época y eso es aterrador porque implica que no van a ser derrotados. No importa que agarres a uno, a diez de ellos, su manera de operar es la que está triunfando. Eso es lo que me parece desesperanzador. Una de las cosas que se puede hacer, desde el periodismo, desde las artes, por lo menos, es cuestionar el lenguaje que utilizamos y la normalidad con la que nos acostumbramos a convivir con ello. // RT

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