Más paceño que el chuño

Entrevista a Wilmer Urrelo Zárate

Por Lucía Fortunati // luciafortunati@gmail.com

 

Wilmer Urrelo Zárate es un escritor boliviano nacido en 1975, autor de las novelas Mundo negro (2001) y Fantasmas asesinos (2003), que lo hicieron merecedor del IX Premio Nacional de Novela de Bolivia. También escribió Hablar con los perros (2011), participó en diversas antologías, y fue uno de los nueve escritores latinoamericanos convocados a las jornadas de La ciudad contada realizadas en Buenos Aires.

 

¿Escribir te produce placer?

Escribir me produce angustia. Habitualmente son dos, tres años por cada novela. Mucho sufrimiento, siempre acabo mal, enfermo en el hospital. Es algo que no me da mucho orgullo, no debiera ser así, pero pasa. Hablar con los perros es una novela que he leído unas treinta, cuarenta veces. Todavía tengo los manuscritos. Terminaba de leerla y hacía las correcciones, volvía a imprimir la novela. Tengo dos tanques llenos de manuscritos porque los guardo. Y las correcciones eran dramáticas, meter las correcciones era dramático.

 

¿Sentís que es difícil el ámbito literario?

Me costó entender algunas cosas del mundo de la literatura. Uno piensa luego de escribir la primera novela: ahora sí al mundo del estrellato, pero no es así. En el mundo literario, el trabajo es más fregado que otros, como el de la música, por ejemplo. Ves en la música chicos de veinte y veintidós años que dicen “al fin he logrado mi sueño”, y son millonarios. Yo tengo casi cuarenta y me cuesta mucho vivir de mis novelas. En la literatura es más complicado acceder.

 

Hablás de los jóvenes en el universo musical, pero ¿cómo los percibís en la literatura?

Los jóvenes tienen que tener mucho cuidado con lo que leen. Porque está de moda Murakami agarran y se friegan la cabeza leyendo Murakami. Lo mismo me pasa con Bolaño. Son autores que salvo pasarla bien no crean nada más. Luego salen antologías de jóvenes escritores, y tú los lees y son Bolañitos. Creo que no hay una actitud crítica de los lectores más jóvenes.

 

¿Cuáles son esos autores que sentís que la juventud se está olvidando?

Se olvidan de cuates como Thomas Mann, Víctor Hugo, o Manuel Mujica Láinez. Los ven como antiguos, cuando son quienes han formado. Todos los años me pongo la misión de releer Los miserables, esa historia de folletín que tiene sus propias reglas, donde la suerte y la coincidencia están bien manejadas. Es una de las novelas que más quiero.

 

¿Qué te atrapa en una novela como Los miserables?

Soy de los convencidos de que una novela tiene que gustarte porque te exige mucho. Esa recompensa que tiene el lector al terminar una obra larga y exigente me parece genial. Por supuesto que hay novelas breves que son una maravilla, pero nos hemos acostumbrado en los últimos años a las novelas breves y rápidas. Yo soy de los lectores de novelas largas y complicadas; si son dos tomos, mejor. Tengo la impresión de que esa literatura es la que me trae más grandes beneficios.

 

¿Lamentás ese imaginario social del escritor bohemio?

Por supuesto que sí, yo he perdido muchas amistades por eso. Ahora tengo un cierto orden. Me levanto a las seis de la mañana, tomo el desayuno, me baño, y a las ocho estoy, indefectiblemente, sentado a la computadora. Escribo toda la mañana y pues a la tarde hago algunas cosas para sobrevivir. A las siete o nueve estoy de nuevo en mi casa. No me voy de fiesta. Esa rutina de tipo disciplinado, que trabaja, me dicen algunos colegas que me crea una imagen de vago, el vago que solamente se dedica a escribir y que es aburrido, que no hace fiesta. Para mí eso de irse de bar te perjudica un montón al momento de crear. Yo necesito estar concentrado, necesito una vida ordenada, con disciplina. Eso de la inspiración no funciona. Tiene que ser más trabajo. Eso es algo que he aprendido de Vargas Llosa, que es un hombre extremadamente disciplinado. A mí eso de escribir con método, todos los días, me ha servido mucho, aunque me tilden de aburrido. De hecho no tengo muchos amigos del ámbito literario, serán dos o tres. Estoy como aislado de ese mundillo de la literatura, no sé qué hacer cuando estoy en una fiesta, me siento fuera de lugar, empiezo a dar vueltas, y la gente viene y me habla.

 

Pero, por lo que pudimos apreciar en las conferencias y charlas de La ciudad contada, no parecías estar sintiendo esa incomodidad.

Ahí me siento cómodo. Pero en el trato personal soy muy tímido. Es otra de las taras de los paceños. Nosotros no somos como los colombianos. Para conseguir una dirección, por ejemplo, tengo que esperar que pasen dos o tres personas antes de animarme a preguntar. En La Paz somos trágicos. Andamos con la tristeza siempre encima. No con la amargura, pero sí con las tragedias. Eso se plasma en la literatura, y se nos critica mucho, que no haya en las novelas paceñas nada de humor, salvo humor negro, o chistes de esos durísimos, de mala onda.

 

Y ese mundo tormentoso aparece en tus novelas.

Sí. Ese es el mundo que manejo desde Fantasmas asesinos. De hecho, suelen decirme que esa novela –que fue mi segunda novela– es la más violenta y cruda. En Hablar con los perros tuve la necesidad de explorar un poco más la soledad. La gente que ha leído las dos novelas me dice eso y me alegra mucho. Con Fantasmas asesinos me costaba que me sacaran de la categoría de escritor de policiales violentos. Para explorar esto me ha servido mucho descubrir los diarios de John Cheever. Él era un personaje que sufría mucho su alcoholismo y su homosexualidad no aceptada. Uno va leyendo el libro y dice: este cuate se mata en cualquier momento. Y al final se muere de cáncer. Nunca se mata, pero te da la sensación de pesimismo y tristeza.

 

En el caso de Hablar con los perros, ¿de dónde te surge el tema?

Al principio la novela iba a transcurrir en la Batalla de Boquerón, la primera batalla en la Guerra del Chaco; en ella el ejército boliviano fue sitiado por el ejército paraguayo a lo largo de veinte días entre el 9 y el 29 de septiembre de 1932. Pero a los seis meses me di cuenta de que no podía. Si bien tenía toda la investigación hecha, había leído cantidad de diarios íntimos, libros sobre Boquerón, las memorias de Marzana, y los periódicos, no me terminaba de ubicar en la época. Yo nunca fui a una guerra, ni siquiera hice el servicio militar. Entonces sentí que no podía. Ahí surgió la idea de trasladar algunas cosas a la época actual. El proceso de investigación siempre ha sido así. La imagen de la Guerra del Chaco siempre me ha resultado contradictoria. Por supuesto que perdimos la guerra, y se rescata en Bolivia el esfuerzo de los combatientes, pero no podía sacarme la sensación de que algo me estaban escondiendo. Porque nunca vas a leer en la literatura boliviana alguna crítica sobre la guerra, salvo dos o tres excepciones. Las batallas que se cuentan siempre son batallas heroicas, o se narra el engaño sufrido supuestamente por haber sido enviados a la guerra, y ese tipo de cosas. A mí me interesaba más investigar, aunque no tuve una idea clara hasta el 2010. A mí las historias me caen de pura suerte. No las busco. Las voy armando poco a poco, con las investigaciones que hago, porque lo que sí creo es que, para escribir una novela, tienes que basarte en algo real y conocer bien eso que ha pasado, investigarlo bien.

 

Mencionaste en otras oportunidades que te interesa encarar estos temas con ciertas “trampas”. ¿Qué significa eso?

Yo no podría escribir una novela lineal porque no sabría cómo hacerlo. Es como nadar. Necesito hacerlo con trampitas, con técnicas. Saltos de tiempo, monólogos internos, hablar en tercera persona. Necesito eso para sentirme cómodo, para ser feliz a la hora de escribir. Creo que todos los escritores tienen una trampita para lanzarse a escribir. Habitualmente la literatura boliviana, y quizás la latinoamericana, se dedican a hablar de política, dictaduras, persecuciones, desaparecidos. Yo no puedo hacer eso. Es mucho más interesante entrarles con trampa. Revisitar esos hechos con una excusa. ¿Cómo revisito la Guerra del Chaco? Lo hago con trampa. La excusa era Boquerón, y la excusa de la excusa era el canibalismo. Porque me sonaba raro. ¿Cómo pueden no haberse comido entre ellos en esos veinte días?

 

El único que no daña a nadie viene a ser el perro, que además cierra la novela.

El perro es el personaje más encantador porque no tiene esa maldad que tienen los otros. El Perro Loco no es malo, pero bueno, es un poco estúpido, un poco idiota. Este perro es el único espíritu de luminosidad en la novela. Es el que ve todo silenciosamente y reflexiona sobre eso. // RT

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