Ojos que no ven

Por Mariano Vespa // marianovespa@gmail.com

Sangre en el ojo, de Lina Meruane

Eterna Cadencia, 2012. 171 páginas. $ 72.

 

¿Cuál sería el destino del conocimiento si no existieran las metáforas? Si tomamos como referencia el clásico ejemplo de la analogía ojo – cámara de fotos, observamos que en algunos casilleros la correspondencia no es tal. Algunos manuales obviaron una sutil pero no menos importante diferencia entre ambos funcionamientos: una cámara que no anda queda relegada en un cajón o en un cesto, en cambio un ojo que no ve es parte de un todo. Sangre en el ojo, la última novela de la escritora chilena Luna Meruane, ganadora del premio Ana Seghers 2011, nos muestra con precisión los avatares de una persona que gradualmente va perdiendo la visión.

La historia se centra en Lucina, una periodista becada en Nueva York para escribir una novela. En una fiesta, mientras está por inyectarse insulina, una vena de su ojo estalla. Siente “un fuego artificial” que atraviesa su cabeza. A partir de ese hecho, predecible pero no esperable, comienza el calvario de Lucina (quien prefiere llamarse Lina en NY). Su visión se torna periférica: ve a través de los ojos de su cónyuge Ignacio y gracias a cierta memoria espacial puede rellenar los huecos geográficos que no puede observar. La eventual ceguera será una carga tanto para ella como para su alrededor. Lina está dispuesta a operarse pero Lekz, un meticuloso oftalmólogo soviético, prefiere aguardar para efectivizar la cirugía. Lina se ofusca; sabe que la espera puede ser una puerta al colapso, por lo que decide viajar a su Chile natal con la excusa de visitar a sus padres. En su estadía quedan al descubierto relaciones tensas que en su momento la distancia supo silenciar. Mientras tanto, el hilo de sangre crece, proyectando una imagen cada vez más difusa. Como si fuera poco, la relación con Ignacio pasa a ser meramente instrumental, con algunos destellos de morbo y desenfreno: “Empecé por poner mi lengua en una esquina de los parpados, despacio y a medida que mi boca se apropiaba de sus ojos experimenté un deseo despiadado de chuparlos enteros, intensamente”. Ignacio le pide casamiento pero no repara en el hecho de que ella está casada con su patología.

Sangre en el ojo es una novela contundente. Su linealidad hace que por momentos sea fatigosa. La recurrente postura extremista del personaje respecto a su enfermedad y todo lo que se genera alrededor torna previsible el final. De todas formas, no deja de ser una reflexión sobre la resignación, el egoísmo y la obsesión. Es un guiño a la premisa budista: el dolor es inevitable pero el sufrimiento es opcional. // RT

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