Kodama adelgazada

Por Juan Terranova // juanterranova@gmail.com

En agosto del 2010 le di hospedaje al periodista madrileño Antonio Jiménez Morato. Venía de un encuentro de escritores en Montevideo y pasó unos días conmigo y mi familia mientras visitaba la ciudad y se entrevistaba con amigos y críticos locales. Mi hija todavía no iba al colegio turno mañana así que yo me quedaba trabajando hasta bien entrada la noche y cuando me levantaba cerca de las diez, Morato ya había comprado sandwiches de jamón crudo con los que desayunábamos a la castellana. En ese momento yo escribía un largo ensayo sobre la trilogía argentina de Pablo Katchadjian. Una de esas mañanas comenté mis ideas sobre El Aleph engordado en voz alta. Morato se entusiasmó y quiso conocer al autor, así que arreglé para el sábado siguiente un encuentro en mi casa. Katchadjian llegó puntual. Hablamos un rato y Morato le compró veinte, sí, veinte ejemplares de El Aleph engordado. Tanto a Katchadjian como a mí nos pareció un gesto excéntrico. Casi tanto como engordar a Borges. Quizás todavía más desproporcionado. Morato nos contó que pensaba ir a una feria del libro que se hacía en Barcelona y regalarlo ahí a sus amigos. El proyecto nos divirtió. Después nos pusimos a ver un video en YouTube donde Fernando Arrabal, borracho o drogado, comparte un programa de televisión de la década del ’80 con otros intelectuales españoles. Morato y Katchadjian ya lo habían visto y comentaron con inteligencia la discusión –que Arrabal no dejaba de interrumpir todo el tiempo– sobre el milenarismo. Mientras tanto, el dramaturgo se sentaba arriba de una mesa de vidrio, hablaba a los gritos, se paraba y gesticulaba y se volvía a sentar. Pregunté por qué no se levantaban y se iban. Tanto Morato como Katchadjian me respondieron que el programa se había hecho durante la transición y los españoles habían decidido no reprimirse, mostrarse tolerantes. O algo así. Entonces a Morato le sonó el teléfono. Habló muy poco, fueron dos réplicas. “Sí, sí. Bueno. No lo puedo creer.” Colgó y dijo que Fogwill había muerto. Nos quedamos fríos. ¿Fogwill? Sí, había muerto. Morato lo había tratado en Montevideo y nos contó que se había quejado de que en su habitación hacía mucho frío y la calefacción no andaba. También que casi no comía y que fumaba medio cigarrillo y se pasaba cinco minutos tratando de respirar. Sabíamos que estaba internado desde hacía unos días. Pero no teníamos, al menos yo, más información. Para mí, Fogwill no se podía morir. No sé por qué. Siempre lo había visto y escuchado vital, duro como una piedra, agresivo, astuto. Pero se había muerto. Me acordé de Help a él. Era la relación obvia. El exceso, la reescritura. (“Vera esperando los llamados de algún hombre, en mi casa. Vera fumando, adelgazando.”) Morato estaba muy afectado. Yo, sorprendido. Katchadjian permanecía impasible. No recuerdo mucho más. Fue bueno recibir esa noticia en compañía de ellos. Al otro día salimos temprano con Morato para el velorio en la Biblioteca Nacional. En el camino pasamos a buscar a Sonia Budassi por Palermo. Estacioné a dos cuadras de Eterna Cadencia. Apenas arrimé el auto al cordón Morato abrió la puerta, chifló dos veces como si estuviera en el medio de la meseta castellana y salió corriendo. Hizo casi una cuadra y logró interceptar a un tipo más o menos alto que estaba con una mujer. A la distancia apenas se distinguían dos siluetas. Volvió enseguida. Me dijo que era César Aira, “no lo noté bien”. Sobre la calle Honduras estaba todo cerrado. Sonia venía atrasada así que esperamos tomando un café en Romario, que era lo único abierto. Morato usó mi cámara de fotos para filmarme y me hizo algunas preguntas sobre literatura argentina. No sé dónde está ese video. No era gran cosa. Llegó Sonia y fuimos al velorio.

Mucho después escribí una columna irónica riéndome de unas feministas amargadas. Las feministas presionaron a los auspiciantes de la revista que publicó la columna para que me echaran. Los auspiciantes levantaron sus publicidades. Los editores de la revista evaluaron la situación, aguantaron un poco y finalmente cedieron y dejé de trabajar ahí. Cuando comentamos lo que había pasado con Katchadjian le dije que la cosa era grave pero yo no podía parar de reírme, aunque a veces me salía una risa oscura, sardónica. Demasiados equívocos, demasiada gente ociosa y violenta, demasiadas ganas de censurar. Katchadjian me dijo ironizando al ironista: “Claro, no tenés idea de lo que escribiste”. Era verdad. Subestimar la idiotez ajena puede ser muy problemático. Sergio Piacetini puso en su Twitter una frase de Germán García. Cito de memoria: “Muy rápido me di cuenta de lo peligroso que era escribir en un país sin ironía”. La idea está buena pero el problema resultaba más complejo.

Bastante tiempo después, intercambiando ideas por mail con el piscoanalista, editor y poeta Luciano Lutereau, le comenté que había terminado mi ensayo sobre Katchadjian. Me lo pidió. Lo leyó enseguida y me hizo una devolución muy dura, de sesgo evolucionista. Según sus palabras, no había trabajado a fondo con el “engordado” y me había dejado cautivar por la idea. Había, según él, más tela para cortar. Parecía irritado. Y fue injusto cuando dijo que Katchadjian era como un escritor newyorkino de los años setenta, un anacrónico. Pero tenía razón con respecto a mi ensayo. Le había dedicado mucho espacio a El Martín Fierro ordenado alfabéticamente y a la novela recursiva Qué hacer. Mi hipótesis era que Qué hacer completaba la trilogía argentina de Katchadjian. Las derivaciones y posibles consecuencias críticas del “engordado” se me escaparon un poco. A mi favor puedo decir que se trata de un texto complejo, rico, fabuloso en varias acepciones de la palabra “fabuloso”.

Después de un tiempo, me enteré del juicio penal de Kodama. Para mí, la viuda de Borges siempre fue un agente nocivo. Otra vez: alguien ocioso y aburrido utiliza su poder para el mal. Llamé a Katchadjian. Hablamos de muchas cosas, citamos muchos nombres y también intentamos comprender mucho de lo que sigue en este segundo número de la Revista Tónica.

Ahora leo una vieja nota de octubre del año pasado. En Toronto, dieciséis actores vestidos y maquillados como zombies sufrieron heridas leves cuando se cayeron de una plataforma giratoria. El accidente ocurrió durante la filmación de la nueva película de Resident Evil. Según la nota, ninguna de las heridas que recibieron los extras era de gravedad, pero cuando los socorristas llegaron al lugar tardaron en diferenciar el maquillaje de la sangre. Imaginen la escena. No fue una catástrofe. Pero doce de los dieciséis zombies fueron llevados al hospital y todos sabemos que un zombie, incluso uno de utilería, puede meter miedo. Las películas Resident Evil están basadas en un videojuego. La actriz principal es Milla Jovovich y no estaba en el set cuando ocurrió el accidente.

Cuando termino de leer, trato de ponerme en el lugar de un paramédico canadiense. Entra un llamado por la radio. Enciendo el motor de la ambulancia. Manejo con precaución pero también con velocidad. Llego al lugar del accidente. Alguien grita algo. Veo mucha gente corriendo, pero tengo experiencia y me mantengo concentrado. Saco mi equipo de primeros auxilios y avanzo con dos camilleros. Lo que veo me hace decir “Dios mío” en voz alta. Carne desprendida, pieles laceradas, mandíbulas expuestas, mucha mugre. ¿Qué pasó acá? Hay un momento de profunda confusión hasta que alguien me explica que se trata de una película. Intento serenarme. Pero es difícil darse cuenta quién está lastimado y quién no. Se escuchan gritos de dolor y miedo y también algunos quejidos. ¿Eso también es parte de la película? Un pliegue, la muerte en vida, sobre otro pliegue, la ficción, ambos metidos adentro de un accidente. Supongo que los socorristas todavía cuentan la anécdota en algún bar de Toronto. (Ahora mismo estoy viendo una foto que Alejandro Soifer pegó en su muro de Facebook. Es un Piñón Fijo zombie de la última Zombie Walk que se hizo en Buenos Aires. Doble disfraz, de payaso y de zombie. Lo trágico y lo cómico. Hay un payaso similar en el final de Zombieland de Ruben Fleischer. Pero este me gusta más. En la foto le cae una baba verde del labio inferior.)

Los extras disfrazados de zombies y lastimados por una caída accidental me hacen pensar en Kodama, me devuelven su fisonomía. En sus últimas fotos la vi muy flaca, con la piel pegada a los huesos. Wikipedia dice que nació en 1937. Es una mujer vieja. Sus rasgos pseudo-japoneses se desdibujan entre sus arrugas. // RT2

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