¿Un libro para obesos o para cortos de vista?

Presentación del libro “Obesidad, otra mirada” en el Hospital Italiano

Por Francisco Dalmasso // fran.dalmasso@hotmail.com

 

El equipo interdisciplinario de PROSAHI (Programa Saludable para el Tratamiento de la Obesidad del Hospital Italiano) presentó su libro con tamaño de letra 14. Fue anunciado como una obra “emblemática”. A la directora del proyecto le costó decir “nutrición”. Y un ex gordo exigió que comer pasta sea un derecho humano.

A veces a uno le cuesta aceptar el rol que otros le asignan. Carlos García es así. Es de esos tipos que se quedan detrás de los atriles al costado del escenario, pero frente al micrófono. Oscila y todo el peso de su cuerpo cae hacia delante, suspira y se inclina para atrás como la torre de Pisa. Es un médico inseguro, pero cuando desea expresar algo incómodo su rostro se llena de sangre, se cruza de brazos y lanza la espina atragantada al micrófono: “Pido un aplauso para mí, porque yo también participé en el proyecto. Cuando no andaba el calefón o hacía falta algo, yo lo solucionaba”. Todos ríen. La sala está colmada de personas mayores de 35 años, con predominio de peladas, permanentes y panzas. A la izquierda de García, hay una larga mesa estilo medieval donde está sentado parte del equipo multidisciplinario que integra el Programa Saludable, que está por presentar el libro “Obesidad, otra mirada”, en Salón del Consejo del Hospital Italiano. Ellos también ríen, aplauden y toman de sus aguas minerales, expertos en aconsejar obesos.

La editorial del libro se llama delHospital Ediciones; su director se llama Esteban Rubinstein y tiene la mandíbula cuadrada. Su dedo pulgar parece pegado con la gotita al mentón. Se esfuerza por explicar que el libro sirve para algo más que para nivelar la pata de una mesa: “Este es un libro emblemático que puede servirle a alguien…. yo escribí el prólogo”. Lee casi seis minutos de su prólogo. Algunos en la mesa parecen atentos, otros no pueden evitar mirarse las uñas. Rubinstein se ataja por si a algún gordito se queja de la ineficiencia del libro: “La riqueza verdadera está en lo filosófico que transmite el texto”, dice, y brinda una clave magistral para bajar de peso: “Es cuestión de cerrar la boca”. Expone que “cambiar de hábito es un proceso doloroso” y lo expresa con tanta pena que parece que habla de una ex novia. “Es necesario desterrar la palabra ‘dieta’ y comprender la relación con los alimentos. El libro es filosófico y creativo”, repite. “¿Ser obeso es una enfermedad? ¿No llegó la hora de ser?”, se pregunta y muchos en el público se miran la panza; me incluyo y deseo escaparme.

El párpado de su ojo izquierdo se cierra con más precisión que el derecho. Digamos que su ojo derecho puede procesar más información. Karin Kopitowski es la Jefa del Servicio de Medicina Familiar del Hospital Italiano. En su cabello florecen las raíces negras. Comienza con un consejo que serviría también para las mujeres que toman yogurt Activia: “En el programa se disminuye lo  que entra y aumenta lo que sale”. Al instante habla de lo “fabuloso” que es un cuadro comparativo de la página 29. El cuadro mide 9,5 por 10 centímetros y “evidencia” las diferencias de abordaje entre la “medicina hegemónica” (¿Acá entraría Cormillot?) y los “profesionales terapéuticos de PROSAHI”. Olvida decir que les sirve además para subirse un poco el ego. Kopitowski finaliza: “El paciente tiene la voz en este libro”, y en la página 181 está el anexo con “la mirada de los pacientes” (ocupa siete páginas, el libro tiene 195). Hay una carta de una paciente que cuenta su horrible experiencia psicológica al buscar un poco de chocolate después de una caminata para obesos: “Llego a la meta y hay un stand. Voy con curiosidad. ¿Alfajores? ¡No! ¡Barritas de cereales!”.

Alejandro Romero está envuelto en una campera verde y parece un repollo. Tiene barba marxista y lleva una camisa a cuadritos. Atento, aguarda que García termine de resaltar la cantidad de títulos y honores que acumuló como filósofo en estos años y se avergüenza: “Ahora después de todo ese currículum nosé si me voy a animar a hablar”. Su promesa dura poco, y entonces su lengua se retuerce citando a Hegel: “A la verdad sólo se accede en el seno del más profundo desgarramiento”. Todos creemos que el hambre excesivo es producto de la ansiedad. Pero Romero ve más allá: “La obesidad es un tema de pensamiento complejo”. Tan complicado es, que en la página 82 hay un cuadro comparativo circular que explica el “recorrido de la dependencia” y de izquierda a derecha hay círculos con las palabras “culpa”, “pasividad”, “fracaso” y “frustración”. Busca entre sus papeles preocupado y confiesa: “Hice una anotación de algo que dijo Kopitowski, pero no sé si la voy a encontrar”. Encuentra y exclama: “Acá lo encontré, dice: ‘disminuir lo que entra y aumentar lo que sale’. La sociedad propone lo contrario, por eso hacer dieta es contracultural”. Imagino a un editor de Para Ti leyendo a Spengler.

El taco de su zapato se asoma detrás de la pata de la mesa y su cara sonríe como si tuviera puesta una careta con el rostro de la periodista Any Ventura. “Yo escribí en mi casa lo que iba a decir y ya lo dijeron todo. Por eso no se aburran si lo repito”, dice la antropóloga Patricia Aguirre y sus manos se tornan inconclusas. Reflexiona: “Estamos formateados por estructuras sociales. Nosotros los sujetos las actualizamos y las transmitimos….”. Repite lo mismo que los demás. Un guardia de seguridad con cara de “susano” filma con una cámara digital pequeña, la agarra como si estuviera caliente. Segundos atrás estaba apoyado contra la pared durmiéndose. Aguirre retoma: “El mundo social seduce a los obesos y luego los castiga con modelos físicos imposibles”. Acto seguido revela que “el sobrepeso es un negocio”, que hay “1500 millones de desnutridos en el mundo”, que “ser flaco es caro” y que el modelo ideal son “pre-púberes escuálidos”. Una señora se reprime la risa con un pañuelo. La antropóloga cierra: “Somos lo que comemos… pero también somos lo que vestimos y lo que votamos”.

Lleva una remera con redondelitos verde tibio. Está cruzado de piernas y un pañuelo protege su cuello del frío. Se acomoda sobre la silla, moviéndose muy sutilmente y sus labios salen para afuera, las manos muy juntas y las cejas como signos de admiración. Sonríe y achina los ojos. Podría ser modelo de Levi´s, pero hace un tiempo era gordo. Gabriel Baggio es un paciente recuperado. “Me robaron el chiste de que ya se había dicho todo”, explica con su voz suave. “Me re enojé con vos por el prólogo que escribiste. Igual ahora te perdoné. ¡Je! ¡Je!”,  rié falsamente mientras mira a Esteban Rubinstein. Luego cuenta que reconectar con su cuerpo fue “muy lindo”, pero que le costó romper el hábito de “clavarse un alfajor Vauquita” de postre. “A mí me encanta comer pastas y no me dejaban. Un día apareció mi doctora de cabecera, Irene Ventiglia, y me dijo: ‘¿Cómo no te dejan comer? Comer pastas no es una recompensa… ¡es un derecho para vos! “. Entonces, se aplaude solo, sonríe y grita efusivo: “¡Aguanten los derechos humanos! ¡Je! ¡Je!”.

Irene Ventriglia escucha todo lo que dice Baggio. Si bien no se ríe, es especialista en inclinar la cabeza y asentir. Ella es la directora de PROSAHI. Rumiando, abre la boca. “Yo sí tengo para decir cosas que los demás no dijeron” y explica: “Yo fui la que traje el programa interdisciplinario al Hospital Italiano. Fue tomado de una clínica de… (cinco segundos de silencio penoso) ¡No me sale el nombre…!”, dice y se queda pensativa. “¡Nutrición! ¡No me salía!”. Después revela que el director médico del Hospital le pidió “que se cortara el pelo” para entrevistarse con la primer nutricionista del proyecto. Elogia al equipo interno y los califica de “sensibles”. Cuando se aburre de ella misma exclama: “Agradezco a todo el mundo”. Carlos García da golpecitos al atril como a un tambor. Se prepara ceremoniosamente para hablar y dice ocomo si fuera su fiesta: “Les agradezco muchísimo a todos. El acto ha llegado a su fin”. García apaga el micrófono, se descuelga el estetoscopio de su cuello y baila como si pesara cinco kilos menos, mientras una musiquita instrumental de flautas dulces se apodera del lugar.

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Categorías:Crónicas

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