Nuevos nombres a lo que entendemos por realidad

Por Victoria Cotino // vicutina@gmail.com

 Mauricio Murillo (La Paz, 1982) es boliviano y escribe sobre el mar. La Editorial El Cuervo editó este año Los abismos posibles, su primera novela. Allí narra los viajes de Tariq, el personaje principal, pero también de Natalie Wood, James Bond, Sam Spade y hasta Alf. Por su relato “El torturador” (Editorial Gente Común, 2011) ganó el Premio de Cuento Franz Tamayo.

¿Cómo fue el proceso de creación de Los abismos posibles?

La primera idea que tuve fue la de escribir un cuento de un personaje que le tiene miedo a lo oscuro del fondo del mar. Por algo azaroso pensé en la ciudad española de Santoña, y fue este espacio el que me reveló por donde seguir y hasta dónde extenderme, o sea, que de cuento se convirtió en una novela corta. Por lo azaroso fueron apareciendo figuras y temas que completaban de a poco la trama y las imágenes que quería construir. Santoña, por ejemplo, me dio el personaje de Juan de la Cosa. No me acuerdo cómo llegó la ciudad de Tánger, pero también a partir de ésta, e insisto en lo fortuito, aparecieron otras líneas que seguir. Mientras pensaba en la novela y en estos espacios navegaba mucho por Internet y veía mucha tele; ahí también encontré ideas que me atraían. El proceso de escritura fue rutinario, ya que trabajé de la misma manera que trabajo al escribir todo tipo de textos: bastante desordenado, a intervalos muy cortos, copiando y pegando información, leyendo todo lo que creo que me va a servir a la hora de escribir, realizando esquemas largos y complejos que me permitían ver hacia donde iba la novela. La elaboración de estos últimos, los esquemas, es uno de los procesos que más disfruto de la escritura. Luego la redacte más o menos en un tiempo breve. Meses después hablando con mi buen amigo Fernando Barrientos, editor de la Editorial El Cuervo, planeamos la publicación. La corregí (no tanto como hubiera querido), le cambié el título, a instancias de mi editor, y listo.

¿Cómo se iba a llamar?

El título original era Los rumores salvajes. Pero por un tema de repetición (“salvajes” en Bolaño, Oloixarac, Di Giorgio) mi editor me sugirió cambiarlo. Pensé durante un tiempo sin encontrar algo que me ganara; le puse Los abismos posibles y se publico con este título.

Además de los personajes principales, en tu novela aparecen Natalie Wood, James Bond y Sam Spade. ¿Qué rol juegan?

Cada figura que aparece creo que juega roles distintos y ambiguos. Tal vez la figura que une toda la novela es Tariq, el personaje que se podría denominar como principal, aunque no sé si esto sea tan así. De las figuras que me nombras creo que la más importante es Natalie. Hubo algo que me cautivó en su historia y que me dieron ganas de contar desde mi propia mirada. Pero la aparición de Natalie también tuvo algo de azar. Sabía del misterio de su muerte y de las versiones que habían en torno a ésta, pero recién cuando vi en Biography Channel, creo, que era hidrófoba me di cuenta que el personaje casaba perfecto con lo que quería escribir. Otros personajes aparecen porque representan tal vez ciertos deseos, por ejemplo el de la valentía en Bond. Pero creo que las distintas figuras que están en la novela, y que muchas pasan casi ocultas o muy sutilmente mostradas, no se podrían encasillar en un solo objetivo. Influencian de distintas maneras la escritura, y la mayoría de las veces no cierran nada, sino que proyectan líneas que el lector seguirá y que no concluirán. Por ejemplo la figura de Alf, que creo que aparece de manera muy ambigua y que no resuelve ninguna idea o escena. Hay también otras figuras que no son personas en sí pero que tal vez funcionan como personajes, el fútbol por ejemplo, o el azar, o la literatura misma (en un copy-paste que se marca tipográficamente). Entre estos últimos espacios creo que es importante el del alcohol. A partir de éste se tienden relaciones complejas entre personajes, pero también de éstos con su entorno y con el mundo. La borrachera representa un espacio privilegiado en la novela.

En tu tesis La villa es sueño le das otra visión a los conceptos de “parodia”, “intertextualidad” y “plagio” en la novela. ¿Cuáles de ellos encontrás en Los abismos posibles?

Varias veces intenté pensar qué relaciones había entre mis escritos “académicos” y ficcionales. Creo que van cada uno por su lado, pero no podría ser tajante con esto. Varias cosas que pensé y reflexioné y leí al momento de hacer mi tesis de licenciatura (que es de 2006) se me quedaron hasta ahora; en realidad fueron intereses que cargué por años y que muté o completé con el tiempo y con otras lecturas. La parodia y la intertextualidad son dos conceptos centrales para la literatura de todas las épocas, pero creo que también, a veces, se los ve como algo estático o fácil de definir. En mi tesis traté de darle una vuelta a esta seriedad, en vez de dar respuestas cerradas me parecía más divertido y productivo volver indeterminado esto y ponerlo en crisis. Surgió de esta manera el concepto del plagio, que en todo caso no es mío y se lo robé a Piglia. Siguiendo a Tarantino, un escritor se vuelve más interesante cuando roba, no cuando hace homenajes o pastiches sosos que no se alejan del texto original. Lo que la mejor literatura, o la que me interesa más, ha hecho es tomar algo escrito y darle una vuelta y reescribirlo. Pero habría que diferenciar el robo vago de la búsqueda de una escritura propia que vuelve a nombrar el mundo y el universo de manera distinta. Creo que en mi idea del plagio la actualización y reformulación de un lenguaje son centrales. El copy-paste del que hablo no me interesaría si en esta experiencia no se cargara de nuevos sentidos lo que se escribe. La literatura que vale la pena en el fondo intenta darle nuevos nombres a lo que entendemos por realidad; proyecta el mundo y lo hace menos aburrido y menos definido.

En tu cuento “El torturador” escribís sobre Argentina: sobre Leopoldo Lugones (hijo y padre), la última dictadura. ¿De dónde nació tu interés por nuestro país?

En realidad en Bolivia se consume mucho lo que se produce en Argentina (no sólo libros, también programas de televisión, fútbol, música, carne, etc.). Para ser más claro, en Bolivia se consume mucho de todo el mundo. Como nadie nos tira nada de bola, nosotros tenemos que mirar hacia afuera para no desconectarnos de lo que pasa. En mi vida he debido leer casi tanta literatura argentina (o francesa o estadounidense) como boliviana. No sé si esto sea lo óptimo o no, pero sé que mientras un escritor argentino ha leído Borges, Arlt, Fresán, los escritores bolivianos leemos eso y también a Saenz, Cerruto, Camargo, Wiethüchter, que son escritores de mi país. No sé si esto es bueno o malo, es nomás, y no habría que tratar de darle más vueltas. Es por esto que la literatura argentina es una influencia muy importante en mi escritura. Aparte creo que en Latinoamérica compartimos rasgos comunes de los cuales nos podemos apropiar como queramos. Mi cuento nace, de nuevo, de encontrar azarosamente un tema que me cautivó en Internet: el mito urbano de que Leopoldo Lugones hijo inventó la picana. Luego imaginé al personaje y su relación con la tortura. Así inventé la trama y traté de construir un personaje sórdido y complejo, que disfrutaba experimentar y conocer el cuerpo. También me sirvió la lectura de Las fuerzas extrañas. No es la historia ni de un país ni de una época, sino de un personaje y su búsqueda oscura. // RT2

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