Kodama no está sola

Por Luz Marus // luzmarus@hotmail.com

Entrevista a Miguel Ángel Villafañe

Miguel Ángel Villafañe, director del sellor editorial Santiago Arcos, se anima a decir en voz alta lo que la mayoría de los editores prefiere callar.

 

¿Qué conclusión sacás del tema Kodama ahora que está el fallo?

Es curioso que te refieras al “tema Kodama” cuando el tema fue la intervención que realizó Pablo Katchadjian sobre el cuento de Borges “El Aleph” que dio como resultado El Aleph engordado. Que focalices en María Kodama y su derecho a defender su patrimonio ante la justicia (un supuesto escándalo) y no en la creación de un texto susceptible de ser considerado una mercancía cuyo valor agregado está dado por el texto que se intervino. Lo que Kodama lleva a la justicia es la sospecha de si Katchadjian ganó dinero o no con El Aleph engordado. Por lo visto al juez le importó un bledo las operaciones artísticas o las consideraciones estéticas; ni siquiera las consideró. Todos los avales académicos y citas de autoridad no hubiesen aportado nada en este caso, confirmando, una vez más que el “arte” no sirve para nada. El fallo me parece inapelable y justo: el juez consideró que Katchadjian no lucró con El Aleph engordado, lo cual seguramente es cierto. Doscientos ejemplares de una plaquette autoeditada no pueden mellar la fortuna que Kodama recibe de la suma de regalías de todos los libros que se venden de Borges en todo el mundo.

¿Por qué te pareció oportuno participar del debate que se dio en las redes sociales?

Mis comentarios sobre el caso Kodama vs. Katchadjian se focalizaron en un aspecto muy preciso: el entorno que rodeó a Katchadjian y que actuó como hinchada fervorosa y grosera, apoyando la intervención artística de Katchadjian con consignas como “Borges también lo hizo”, “lo que hizo Katchadjian está en la base de todo el arte, desde las cuevas de Altamira”, “Kodama es una bruta”, “Kodama es avara y ambiciosa”, “Kodama no entiende nada”, “el ‘arte’ no se vincula con el dinero” etc. Los lugares comunes y leitmotivs que conducen a una afiliación emotiva a partir del desprestigio del otro, en este caso la señora Kodama, es propia del comportamiento de los hinchas de fútbol. Yo, en cambio, intenté provocar una acción reflexiva en torno al acontecimiento argumentando a favor de Kodama, como lo hubiese hecho su abogado, aunque en este caso sin cobrar un peso. La falta de jovialidad de algunos lectores me convirtió en una especie de patético defensor de Kodama, y no me costó mucho parecerlo, habiendo tantos “enemigos”. Naturalmente yo tendría que haber apoyado desde un primer momento a Katchadjian, a quien conozco hace años, de la misma manera que conozco a Ricardo Straface, su abogado. Pero decidí probar lo que es la traición al grupo, a las consignas que lo cohesionan; me pareció un buen ejercicio. No me arrepiento ni de una línea, ni de una errata de lo que escribí y publiqué en la web.

¿Qué pensás de la posición de los demás autores y editores?

En perspectiva, esta rencilla puso de manifiesto la pobreza de los debates en el campo cultural, cuyos integrantes se aferran al espíritu corporativo como afiliados de un sindicato soviético. Lo más desesperante fue encontrarse con editores, periodistas, “autores”, escribiendo en contra de, como dice Damián Tabarovsky, “la sacrosanta ley de propiedad intelectual” que en este caso limitaría la creatividad de los artistas, cuando ellos mismos cobran adelantos o regalías por libro vendido; o sus editores, que de ahí pagan sueldos y demás gastos. Me gustaría saber en qué lugar se enrolaría Tabarovsky si se hiciera una edición de alguno de los textos de la editorial para la que él trabaja, Mardulce, por ejemplo de un libro del “escritor de izquierda” Alejandro Rozitchner. ¿Mardulce firmó contrato con los herederos de Silvina Bullrich para reeditar Teléfono descompuesto o lo hizo sin autorización? O Juan Terranova, con obra diseminada en varias editoriales, ¿qué debería hacer su esposa si Terranova un día desapareciera como el personaje de El escritor comido, la novela de Bizzio? ¿Terranova juzgaría moralmente a su esposa por tratar de ganar algún dinerillo extra de regalías para pagar expensas y algunas vituallas para su hija? Son cosas para pensar. Tal vez mi pereza o cierto barullo natural de las redes sociales impidió hacerlo de otra forma que no pareciera reaccionaria o retrógrada.

¿Qué pensás de los peritos que se eligieron?

Elegir “peritos” sólo da lugar a la risa. No lo digo por los convocados, todos ellos profesores intachables, especialistas en ese saber de la crítica, el análisis literario, las  letras. Lo gracioso es que se pensó en llevarlos a Tribunales para que justificaran desde la Academia la operación artística de vanguardia de un escritor “experimental”, que por definición no debería buscar ningún aval. Esto refuerza mi idea de que este caso fue pensado para agitar en los suplementos culturales, armar una escena, provocar y generar polémica. Todo ello válido, interesante para los estudiosos del mercado, cómo se genera interés y público. Me imagino a Beatriz Sarlo explicando conceptos de parodia y carnavalización según Bajtin, o a Jorge Panesi, educando a burócratas de la justicia en los vericuetos de la intertextualidad según Kristeva. Estuvimos a un palmo de presenciar cómo la crítica literaria, que se sostiene en un argot casi ilegible propio de iniciados, se convertía en prueba y sostén de legalidad. Lo que más siento del fallo del juez es que nos privó de ese espectáculo: la cátedra en el juzgado, bajo el oficio de Ricardo Straface con toga y demás ornamentos, releyendo los apuntes de clases de la fotocopiadora SIM.

¿Alguna vez viste un libro tuyo subido a la web sin permiso? ¿Qué harías si encontraras alguno?

Santiago Arcos publica libros, o sea, contenido impreso sobre papel; con eso estoy conforme. Si algún contenido está en la web, yo no muevo un dedo para evitarlo o reprimirlo, siempre que no melle los ingresos de nuestro emprendimiento. Si el autor me pide que cuide que su texto no se difunda libremente, lo tengo que hacer porque corresponde. Si no, se rompe un pacto sutil que mantiene ligados a los que intervienen en el intercambio: autor, editor (y todo el universo de trabajadores implicados en esa tarea) y lector, vinculados a través de una mercancía. El problema es que subyace la creencia de que comprar un libro o un disco es claudicar la libertad de entretenerse libremente y de acceder al arte. Están dispuestos a pagar cualquier cosa por lo que no vale, menos por un libro o una película, escudándose en el derecho a la educación. Es la revancha del consumidor, esa nueva figura democrática que sustituyó a la del ciudadano.

¿Cuál es tu opinión con respecto a la piratería, no sólo en el ámbito de la literatura?

La piratería fue un pilar del capitalismo, una profesión noble de aventureros y valientes: exploradores sanguinarios que se jugaban la vida en cada atraco de ultramar. Llamar piratería a una práctica burda como la falsificación es demasiado; sin duda éstos son delincuentes menores y como tales merecen ser respetados. La falsificación permite que ciertos contenidos se difundan, crucen los estratos sociales y lleguen a quien a veces no puede pagar por una mercancía original. La idea de liberar absolutamente todos los contenidos, que atenta contra la práctica de la falsificación, es conservadora, legalista, bien de clase media mediocre.

¿Cuáles son los próximos libros que tenés pensado editar? ¿En qué se basa tu proceso de selección?

Este año trabajaremos en reediciones de títulos agotados de nuestro catálogo: Indios, ejército y fronteras de David Viñas, Cine, arte del presente de Serge Daney, Ji-Do (antología de la narrativa coreana contemporánea). Además vamos a publicar la primera novela de Javier Ragau, El ataque de los moscovitas y una antología de narradores bolivianos contemporáneos. Tal vez lleguemos a publicar diez títulos. // RT2

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