Paraguay en armas

Por Ana Vicini // anavicini@hotmail.com

¿De qué hablamos cuando hablamos de Los chongos de Roa Bastos?

 

Dar cuenta en una antología del panorama de la literatura de cualquier país es, en sí misma, una tarea imposible. No por esto deja  de ser valioso el aporte que genera como muestra o introducción. Los textos reunidos en Los chongos de Roa Bastos pretenden contar el panorama literario del Paraguay posterior a la caída, en 1989, de la dictadura de Alfredo Stroessner. Nicolás García Recoaro, Sergio Di Nucci y Alfredo Grieco y Bavio llevaron adelante la selección de autores que, en su mayoría, no supera los 40 años.

El libro toma el título de uno de los cuentos de Cristino Bogado, uno de los nueve autores convocados por los antologadores. Bogado señala: “Un libro es un recorte, una irrupción de las tantas versiones de una realidad dada. El lector argentino medio ahora sabe que hay una franja de escritores post-roabastianos, de 20 a 40 años, que están escribiendo pensando o no en el mundo internacional y sus tentaciones. Eso es un comienzo, para mejorar el intercambio entre los países merco sureños, conosureños, sudakas. Y necesitamos ese feedback.” Para Javier Viveros, otro de los autores que integran la antología, si bien la misma carece de al menos un par de nombres que no deberían faltar en una antología de narrativa paraguaya contemporánea, no se le puede negar el mérito de haber echado luz sobre los escritores y servir de muestra de lo que se está escribiendo en estos días en ese rincón del planeta, y agrega que en ese sentido, el trabajo de los antologadores es de capital importancia.

Ya desde el prólogo del libro se señala la importancia de las editoriales cartoneras y la web como plataformas para la circulación de la literatura. Esto se debe, principalmente, al poco espacio que se les da a  los autores más jóvenes en el mercado editorial o, como afirma Douglas Diegues, “los autores que están en esta antología, com una o dos escepciones, non tienen lugar en el system paraguayensis de la literatura y nel mercado editorial.” Bogado y Diegues, además de su trabajo como escritores, llevan adelante las editoriales independientes Felicita Cartonera, Jakembó y Yiyi Jambo. Para Javier Viveros, uno de los males endémicos de la industria editorial paraguaya es la paupérrima red de distribución. De allí, que considere importantísimo el “trabajo de hormiga” que encaran las editoriales cartoneras editando material que de otro modo quedaría inédito y que, además, por los contactos que tienen entre ellas a nivel internacional, los textos llegan más allá de las fronteras paraguayas, y aunque el volumen es limitado, es un logro que la industria tradicional no puede ofrecer. El cuentista José Pérez Reyes agrega: “Todo se mueve muy lentamente, como aletargado por una siesta siempre calurosa. No hay un sitial, por decirlo así. Esto tiene consecuencias buenas y malas, depende el ángulo de observación. Lo underground sigue siendo más interesante.”

La cruza de lenguas es uno de los pilares en los que se asienta el libro, sobre todo en el caso de Douglas Diegues, nacido en Río de Janeiro, a través de su “portunhol selvagem”. Para él, el jopará, ese mix salvaje de castellano y guaraní, es una marca registrada del pueblo paraguayo. “El paraguayo del Mercado 4, por ejemplo, no habla ni castellano ni guaraní, habla en yopará, esa mezcla hermosa. En algunos de los textos de la antología se nota por momentos esa pluralidad cuasi esquizofrénica del hermoso yopará.”

Nicolás García Recoaro recuerda que en una de sus últimas visitas a Asunción, con un cocido hirviendo de por medio en un barcito del pleno centro asunceño, José Pérez Reyes le contó que los escritores paraguayos de su generación se miraban mucho en el espejo de lo que se escribe afuera, pero que ahora estaban dándose cuenta de que también pueden construir su propio espejo a medida. Un espejo que muchas veces parece sucio, roto o manchado; un espejo que de algún modo muestra una imagen borrosa y difusa, pero que construyen ellos mismos. Una imagen que recupera las herencias de Roa Bastos, Barrett, Pla o Casaccia, entre los pocos que fueron publicados fuera de Paraguay en la década del ´60, pero que también contrabandea otras lenguas, cruza territorios poco explorados y teje espacios y temáticas que, podría especularse, tienen mucho más que ver con la actualidad de uno de los países más jóvenes de América Latina.

¿Cómo surgió la idea de la antología?

Nicolás García Recoaro: En el mapa de la literatura latinoamericana, a la de Paraguay le toca un lugar incierto. La incógnita se vuelve más difícil de despejar por la rémora de estigmas y estereotipos como “el pozo cultural”, “la isla periférica” y hasta “el país misterioso lleno de naranjas, dictadores y bellos habitantes que hablan guaraní”, que ahondaron el aislamiento y la marginalidad de cuanto se escribía allí. Desde ese punto arrancamos con Alfredo y Sergio a leer muchos autores paraguayos contemporáneos, a conseguir sus libros, a desentrañar los presentes, las urgencias y las demoras del mundo editorial paraguayo y, por último, meta aun más compleja, del Paraguay del siglo XXI.

¿Cómo y con qué criterio realizaron el proceso de selección de autores y textos?

Nicolás García Recoaro: De alguna manera los textos de Los chongos de Roa Bastos representan el Paraguay del horizonte post 1989 y también al cierre de época que tuvo sus puntos más altos con la derrota presidencial del Partido Colorado, la llegada del Obispo católico Fernando Lugo al poder y los festejos del Bicentenario de 1811, cuando el país se independizó no de España, sino de lo que después sería Argentina o Kurepilandia. Los textos que finalmente elegimos remiten a diferentes espacios, fronteras, regiones, voces y tiempos que de alguna manera van construyendo una especie de ficción legal sobre la ficción del Mercosur. Esa es la cualidad que se puede apreciar en buena parte de los textos que integran la antología, sobre todo en los cuentos de Edgar Pou con su jopará asunceño o el portuñol salvagem de Douglas Diegues. Pero también hay autores que abordan espacios y temáticas más clásicas del Paraguay como lo es el mundo rural, pero resignificándolos. Por otra parte, el fin del stronismo acarreó un desarrollo urbano que se palpa a full en la mayoría de los escritores más jóvenes y que aparece en cuentos como los de Cristino Bogado, Domingo Aguilera, Nicolás Álvarez y Montserrat Álvarez que abordan la desestructuración social de mundo rural, las voces laterales del under asunceño y las mutaciones alucinógenas de la ex Tierra sin mal de los guaraníes y los shopping chinos de la Triple Frontera.

A partir del cuento “Los chongos de Roa Bastos”, se generó cierta polémica. ¿Cómo tomaron esta situación y el hecho que algunos –como en el caso del escritor y crítico francés Eric Courthès– vean en esto una provocación, una ofensa o una irreverencia?

Cristino Bogado: Me suena a déjà vu, a uno de los tantos delirios de arribeños desquiciados que atravesando el desierto de sus penas y culpas han terminado con las neuronas secas por esa insolación en pos de la tierra sin mal. Paraguay es un desencadenador de delirios para los desahuciados gringos que han recalado en sus pagos. Se encuadra dentro del contexto de la actitud talibán de un amor homo-adoratio incondicional hasta la muerte a esa especie de tótem que representa para ellos nuestro único Cervantes. Yo cuando escribo pienso en Murena o en Joyce, no en muertos. No hay mucho que decir al respecto. Su intento quijotesco de montar una plataforma de guerra, una maquinita de odio, iniciar una absurda fatwa sobre un texto literario, da su perfil tanatofílico y sus tendencias regresivas. En Argentina sacaron el año pasado dos libros con títulos interpelantes a Aira y ningún fanático airiano levantó el puño bolche contra “La última boludez del chanta Aira” o contra “El zapato peronista de César Aire”. Creo que Kodama es el único ejemplar de talibán, junto a Horacio González y su vargasllosismo a full, porque ha judicializado al Borges gordo. En mi caso, solo se trata de amenazas de cortar la calle que piso, patoterismo Alexander DeLargue envejecido, vagos susurros de control, sin GPS estatal a mis desplazamientos… nada original.

¿Cuál es su experiencia como escritores y editores independientes?

Cristian Bogado: El espíritu cartonero, su ayvu más que su geist, es de por sí la proliferación, la diseminación infinita y la eclosión múltiple y variopinta. No conoce centro fundante ni principio regulador, apenas la del material a reciclar e intervenir: el cartón, y depois como en el viejo punk, voluntad,  ganas, sin esperar que ningún maître de camp te diga que ostentas mayores virtudes y talentos. La experiencia ganada dentro del movimiento cartonero ha sido una línea de fuga al enrarecido aire insuflado por los trust que mandonean en América latina: autonomía y singularidad frente al mercado que se dedica a vegetar parasitando los clichés o los grandes nombres, feedback entre los escritores de casi todos los azimuts –impensable en el esquema tradicional– y prioridad al texto antes que al canon o beneficio.

Douglas Diegues: La experiencia cartonera sigue siendo um estímulo hermoso para seguir escribiendo y publicando sin pedir permiso, para escribir como quieras y publicar libros com tapas que nunca se repiten. Y también publicar textos que nos gusten y generar de esa manera um circuito paralelo al circulo literario oficialista paraguayensis.

Casi todo el libro se destaca por una pluralidad idiomática muy marcada y amalgamada. ¿Este es el reflejo fiel de la sociedad? ¿Allí la mixtura es tan armónica como en el libro?

Nicolás Pérez Reyes: La pluralidad idiomática es una de las claves de acceso. No reflejará a toda la sociedad, eso sería tan complejo como pretender entender un país con solo mirar su mapa, pero refleja el peculiar modo en que los autores percibimos lo que hay en este caldero humano. En las calles las conversaciones conviven con una vivacidad llamativa, sacando chispa de cada mezcla volátil que a veces se da con vocablos de donde fuere, castellano, guaraní, inglés, portugués, y es bueno que la coctelera se agite, así salen los mejores tragos.

Javier Viveros: Me ha tocado vivir un año de mi infancia en Ciudad del Este, que en aquella época llevaba el nombre del dictador “Puerto Stroessner” y puedo dar fe que allí convivían con alegría las tres lenguas, el castellano, el portugués y el guaraní. En el interior impera el guaraní. El jopará, que mezcla el español y guaraní, creo que es un fenómeno más urbano. Finalmente, de uno u otro modo, es el guaraní el que está siempre presente; por más que uno escriba en español lo que está haciendo es escribir en castellano paraguayo y detrás de esa lengua está siempre el guaraní rudimentario y dulce, con sus giros, préstamos léxicos, su sintaxis y calcos semánticos, con el poder de su gravedad alterando órbitas, controlando desde el fondo lo que sale a la superficie. Camuflado, pero siempre presente.

¿Cómo surge la necesidad o a qué se debe la búsqueda de un nuevo lenguaje para contar las historias?

Douglas Diegues: El portunhol selvagem es uma lengua neoantigua que utilizo para escribir mis cosas, sean relatos, sean poesía. Desde mi primer libro, de sonetos salvajes, Da gusto andar desnudo por estas selvas (2002) vengo escribiendo solamente en em portunhol selvagem, que es un mix de castellano paraguayo o curepí, portugués brasileño e guaraní. Decidí escribir en portunhol selvagem porque mio portugués siempre me ha parecido una cosa falsa, así como mio castellano argentino o paraguayensis. El portunhol es mio teko eté (modo de ser auténtico verdadero) de mi escritura. Es una lengua hermosa porque no existe como idioma, apenas como lengua o escritura. Quero seguir escribiendo en portunhol selvagem hasta donde pueda, creo que nunca mais escreverei em portugues brasileiro ou em espanhol ofizialista. Es un riesgo que decidí asumir, sacrificando todas las regalías que te rodean cuando escribís nel contexto de una lengua ofizial. // RT

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