El fin del amor y de las certezas

Por Mariano Bello // marianoandresbe@gmail.com

El miedo, de Gonzalo Garcés.

Mondadori, 2012, 256 páginas. $ 89.

 

Si, como señala Gonzalo Garcés en un reciente ensayo, “durante meses, durante años, a veces durante toda una vida, nos contamos a nosotros mismos la historia de lo que somos”, su última novela se sitúa ante el desmoronamiento mismo de esa historia. ¿Qué queda de la identidad personal cuando aquello que la sostenía ha llegado a su fin? En El miedo, Garcés relata la historia de un amor ya concluido que en su transcurso atraviesa mutaciones varias. Cambian las ciudades, los medios de subsistencia, los amigos y los amantes a medida que la relación de Gonzalo y Cora se reinventa a sí misma para sobreponerse a las dificultades.

Asistimos así a la narración de la intimidad de una pareja: a su intimidad sentimental, sexual y familiar, a través de una prosa cruda, sin rodeos. Esta intimidad se entreteje con las distintas ciudades que la enmarcan definiendo distintas etapas en la relación, diferentes “máscaras”. El viaje acompaña entonces los movimientos de la trama: la ida de una ciudad a otra, de un país a otro y hasta de un continente a otro aparece como la posibilidad de un nuevo comienzo o de una nueva evasión del fin.

No encontramos en El miedo una tematización de la obra de Garcés, pese a que Gonzalo, narrador y límpido alter-ego del autor, es escritor de un modo atento a la trama. Lo que Garcés ha concretado en su libro no es, pese a las evidentes marcas autorreferenciales, un relato autobiográfico entendido en términos convencionales. Ha procurado menos narrar su propia historia que contar la verdad de una relación y “la verdad no son menos los hechos que la marca o el fantasma que dejaron los hechos”. La novela se distancia también del relato autobiográfico puesto que carece del punto de llegada que por lo general sostiene ese tipo de narración. Lo que se describe no es el camino recorrido para llegar a una meta deseada, sino la carencia absoluta y ubicua de certezas, la interrupción de un movimiento cuya continuidad garantizaba un sentido.

La distancia que separa literatura y vida se anula, en cambio, para que los análisis y postulados literarios del narrador aparezcan como una herramienta con la cual intentar reconstruir de modo crítico la historia personal después del derrumbe. La ficción ocupa así un lugar preciso en la realidad de la novela, como un arma contra el desasosiego de una realidad inesperada y temida. “Todo esto, por supuesto, es ficción; todo lo que yo pueda escribir sobre Cora nunca será otra cosa que especulaciones, ya que la única historia que puedo contar, y ni siquiera con certeza, ahora que mi propia identidad aparece como nunca dudosa tras el paso arrasador del amor, pero digamos con alguna legitimidad, es la historia de mi propio derrumbe, quiero decir el derrumbe de la historia que había imaginado cuando conocí a Cora, y la desintegración del personaje que esa historia había vuelto posible.” // RT

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