Kodama no es nada

Por Martín Felipe Castagnet y Adela Salzmann // martinfelipecastagnet@gmail.com adelablew@gmail.com

Entrevista a Ricardo Strafac(c)e

 

En el bar Varela Varelita, Ricardo Straface (o Strafacce, según quién pregunte) toma un trago bautizado “agua atómica”: tres medidas de Fernet, un hielo rolito y una gota de agua tónica. Escritor y abogado de Pablo Katchadjian, Straface nos comenta los vericuetos de la demanda que hizo María Kodama por la publicación de El Aleph engordado.

Una colaboradora de la Fundación Borges dijo en una carta a La Nación que Kodama “esperó dos años para iniciar la demanda, agotando primero otras instancias de diálogo”.

Ni a palos. Pablo Katchadjian se enteró cuando le llegó la notificación judicial, a mediados de diciembre. Yo lo conocía de haberlo leído y de habernos cruzado; él me llamó y le dije “vení, me solidarizo con vos”. Pablo es un amigo, un escritor que yo admiro muchísimo: no se pierdan las novelas de Katchadjian. A mí El Aleph engordado y El Martín Fierro ordenado alfabéticamente no me interesaban mucho, pero sus novelas, Qué hacer y Gracias sobre todo, son celestiales.

¿Cuál fue la normativa que esgrimió Kodama para establecer la demanda?

Kodama funda la demanda en los artículos 72 y 73 de la ley 11.723: defraudación a los derechos de propiedad intelectual, que establece la pena de uno a seis meses de prisión. Los derechos de Borges se acaban de pasar de Emecé a Random House Mondadori por dos millones de euros. Katchadjian hizo 200 ejemplares que valían 15 pesos; la mayoría los regaló a amigos y colegas. Es una locura pensar que Kodama quiere sacarle plata a Katchadjian. También es una locura pensar que ella pueda sentir que Katchadjian ha ofendido a Borges. Mi conjetura es que ella busca que alguien le lleve el apunte porque la verdad es que se le lleva bastante poco el apunte en el campo literario. De hecho, a los quince o veinte días de que fue notificado Katchadjian a ella le hicieron una entrevista de tres páginas en Perfil, a cargo del amigo Genovese. Todo bien con Genovese, pero no son muchos los reportajes de tres páginas en un suplemento cultural que tiene ocho [La entrevista de Omar Genovese fue publicada el 11 de febrero de este año].

¿Qué indica la ley sobre la defraudación a los derechos intelectuales?

La culpabilidad se divide en el dolo y la culpa. El dolo es la intención de cometer el hecho; la culpa es hacerlo por imprudencia o negligencia. El homicidio, por ejemplo, es un delito que puede ser tanto doloso como culposo. Hay delitos (y la defraudación es uno de ellos) que sólo admiten la forma dolosa; nadie defrauda por imprudencia o negligencia. En el caso de la defraudación en general y la estafa genérica, el dolo es desplegar un ardid o un engaño para obtener un beneficio económico. En el caso de la defraudación a los derechos de la propiedad intelectual, hay dos situaciones que el imputado puede intentar: una es poder beneficiarse económicamente. Pasó en la década del ‘90 con todas las ediciones piratas; por ejemplo, todas las ediciones que había de Puig eran piratas. La otra es que yo me atribuya falsamente un libro que no es mío, para ganar plata o también para, no sé, levantarme minas.

¿Qué pasó una vez que la demanda llegó al juzgado?

En el derecho procesal hay una institución que se llama “hecho público y notorio”: cuando afirmás un hecho en un juicio lo tenés que probar, salvo los hechos públicos y notorios; por ejemplo, yo no tendría que probar que hoy es lunes, o que Buenos Aires es la capital de la Argentina. Kodama se presenta en el juzgado en junio de 2011 y el juez le dice “A mí no me consta ni usted me acredita que Borges es el autor de El Aleph”. La fiscal le responde: “Señoría, déjese de hinchar las pelotas; que Borges es el escritor de El Aleph es un hecho público y notorio”, claro que en otros términos. Al juez no le consta y entonces le tienen que traer la constancia de la inscripción en el Registro de la Sociedad Intelectual del año ‘40. Por las dudas, el abogado le agrega el ejemplar de la revista Sur donde salió publicado por primera vez y le dice: “Pero ojo, guárdenlo en la caja fuerte del juzgado que vale una fortuna”. A pesar de sostener seis meses antes que era un hecho público y notorio que Borges es el autor de El Aleph, Kodama argumenta en la querella que “Katchadjian no dice en ningún lado que Borges es el escritor de El Aleph”. Por otra parte, esto ostensiblemente sí se indica en un posfacio, por lo cual nosotros hacemos la defensa planteando la falta de dolo: no hubo intención ni de obtener un beneficio económico ni de engañar a nadie. Yo le pedí a Pablo que escribiera un pequeño ensayo de siete páginas explicándole al juez y a la fiscal lo que es el readymade, Genette, la intertextualidad, Duchamp, la vanguardia histórica, con un montón de ejemplos en los que Borges era el primero. A todos los testigos de autoridad en teoría literaria y artística propuestos les preguntamos si querían ir a declarar. Respondieron afirmativamente desde el principio. Todos conocían El Aleph engordado.

¿Recuperar los costos de la edición se considera lucrativo en términos legales?

Lo que tendría importancia es si la edición de El Aleph engordado perjudicó económicamente a María Kodama. Pero en Internet hay como cincuenta sitios donde está colgado El Aleph. Desde el punto de vista que nosotros planteamos, el libro de Pablo es una operación de vanguardia que sigue una tradición del arte contemporáneo, como la Gioconda con bigotes de Duchamp. Es otro libro, nuevo y distinto, y donde Pablo aclara la procedencia. La fiscal dijo: “Sí, pero por qué no destacó con otra letra cuáles son las partes que le agrega”; yo respondo: “Es que ahí está el chiste, el juego era que el lector viera dónde estaba”. Cuando la fiscal dice “una moderna forma de experimentación literaria”, con Pablo decimos que viene desde la Edad Media, porque en los centones se tomaban versos de la Eneida y se los distribuía distinto para hacerlos rimar, hacerlos resonar.

Continuás con la tradición de Macedonio Fernández de la doble profesión del abogado escritor.

¡Pero la puta…! (se ríe). Macedonio era un abogado que trabajaba. Girondo también era abogado pero se la pasaba al huevo todo el día porque era rico. Yo tengo un Código Civil que fue de Macedonio, junto a una tarjetita que dice “Macedonio Fernández. Abogado. Otamendi 822”. Le pedí a la nieta que me la regalara, a quien atendí como abogado. Ambas profesiones son totalmente compatibles, si bien nunca se me cruzaron tan cabalmente. Treinta años de profesión de abogado; de escritor no tengo un título que diga cuándo empecé. Dice la leyenda que Flaubert, que era un tipo muy metódico, leía todas las noches un capítulo del Código Civil francés por la economía y la concisión que tienen los preceptos jurídicos. La herramienta de la literatura y el derecho es la misma: el lenguaje. Creo que en mis libros, tanto en las biografías como en las novelas, alguien que tuviera las dos profesiones podría percibir dónde se mete una adentro de la otra. Pero habría que ser abogado y escritor para eso.

Otro antecedente de abogado y escritor es Luis Varela, que publicaba bajo el pseudónimo de Raul Waleis. En tu caso, tus libros están firmados como “Ricardo Strafacce”.

Mi nombre verídico es Straface, pero se pronuncia igual. Es la différance de Derrida. Hay dos razones y yo no sé cuál darme a mí. La primera razón es macedoniana: no quería que se me mezclara la clientela judicial con la literaria; no quiero que mis clientes lean mis libros y no quiero que mis lectores me pidan que los represente en juicio. La segunda razón es que mi viejo se llama igual que yo. Tengo un segundo nombre, pero no puedo poner en el título de un libro “Ricardo Alejandro Straface” porque es un ripio que nadie soporta. Entonces le agregué la doble c, lo cual me ha generado un montón de problemas y me los va a seguir generando. Me acuerdo que un día le dejé un sobre a Héctor Libertella, con quien éramos muy amigos y nos reuníamos siempre acá, y lo puse con una sola “c”. Héctor se volvió loco: “Pero boludo, ¡vos no sabés escribir tu apellido!” (risas).

¿Hay un límite para los experimentos literarios? ¿Un escritor puede prescindir de pedir autorización?

Hubo un caso bastante famoso con Bolivia construcciones, pero ése es un caso totalmente distinto porque Di Nucci ocultó que estaba copiando de otro lado. Pablo lo muestra, e insisto: si El Aleph está colgado en internet en todos lados, ¿por qué él no va a poder hacer lo que hizo? No sólo desde el punto de vista legal, sino desde el punto de vista de la legalidad del procedimiento de una broma vanguardista.

¿Qué pensás de la difusión gratuita de libros online?

¿Pero quién los sube? ¿Los escanean y suben como hacen con las canciones en Youtube? Hay libros míos que están colgados en la web, cada cien páginas hay una que no está, y a mí nadie me consultó nada. Ellos tienen plata y yo no tengo. Creo que hay que fijarse quién está haciendo eso. A mí no me agradó sobre todo por mi editor [Francisco Garamona, de Mansalva], que hizo un esfuerzo económico muy grande para una editorial chica de publicar mi libro de 900 páginas; son menos libros que él vende. Por esta doble profesión que tengo, no espero ganar guita con mis libros; en realidad tampoco gano guita con la profesión de abogado porque la dejé hace diez años para escribir libros. Nunca lo pensé, pero no me parece legítimo, sobre todo cuando el editor es independiente; mi editor es un editor esforzado, no es Planeta. Por otro lado hay tantos libros clásicos para subir a la web. ¿Por qué no se ponen a subir a Balzac, a Flaubert, a Joyce, a Kafka, que los derechos ya están en dominio público?

Joyce entró recién este año.

¿Este año empezó?

¿Cuál es el estado actual de la demanda a Katchadjian?

El argumento jurídico del sobreseimiento, que en la etapa oral se llama absolución, es “falta de dolo”: no se quiso engañar a nadie y nadie puede confundirse. Si no hay dolo no hay delito. La fiscalía no apeló, lo cual es raro y bueno. Kodama sí apeló, e hizo reserva de ir a Casación y Corte Suprema. También puede hacer un reclamo civil, pero yo no creo que quiera pasar otro papelón al reclamarle 1300 pesos a un pibe que se va hasta Moreno para trabajar de profesor. Sería una cosa insólita. Si apeló es que quiere seguir; hay que ver si tiene amistades muy poderosas. Kodama no es nada. No es escritora, ni siquiera es japonesa. Todo el tiempo está hablando sobre sus libros que nadie vio, nunca se publicaron, nunca se subieron. Nunca perdí un minuto de mi vida hablando de Kodama hasta esto. Pienso que nadie pierde un minuto de su vida hablando de Kodama y siento que por eso hace los juicios. Parece una jugada de TEG: Japón ataca Armenia.

Por ahora los dados favorecen a quien tiene menos ejércitos.

Vamos a ver. Creo que sería una locura judicial, y cerebral, que alguien pueda ser sancionado penalmente por lo que hizo Katchadjian.

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5 replies »

  1. Por que no le hace una demanda a Paulo Cohelo por titular dos de sus libros con el nombre de dos cuentos de Borges??? El Zahir y El Aleph… Que se deje de joder, ya bastante que curra con las reediciones de las Obras Completas y todos esos refritos de libros.

  2. Qué bueno que la justicia haga oídos sordos a esos supuestos expertos en teorías literarias que primero defendieron al lamentable Di Nucci y a sus secuaces y ahora pretendían lo mismo con Pablito KK. Viva la ley, abajo los truchos leguleyos.

  3. Jorge Luis Borges acaba de publicar “El Aleph engordado devuelto a su peso normal”, donde reduce en 5600 palabras el famoso texto de Pablo Katchadjian. Este último comentó elogiosamente el trabajo y la asombrosa idea que lo sustenta.

  4. Jorge Luis Borges acaba de publicar “El Aleph engordado devuelto a su peso normal”, donde reduce en 5600 palabras el famoso texto de Pablo Katchadjian. Este último comentó elogiosamente el trabajo y la asombrosa idea que lo sustenta.
    Roberto Cignoni

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