El descubrimiento Mavrakis

Descubrí a Nicolás Valdés Mavrakis en octubre de 2011 por casualidad. Me crucé con un ensayo suyo online llamado #findelperiodismo y otras autopsias en la morgue digital. Descargué y leí el pdf, y lo busqué a Mavrakis en Facebook. Fascinada por el relato de cómo lo digital arrasa con todo, lo elogié y al segundo mensaje ya le estaba diciendo que quería publicar un cuento y una novela en forma digital. Al quinto mensaje le pedía que me enseñe a viralizar. A principios de este año me lo crucé en el CEC. Pero cuando realmente descubrí a Mavrakis fue esta noche, en la presentación de su libro No alimenten al troll, editado por Tamarisco.

Voy a hacer abuso de la “aristocracia de la subjetividad” y voy a empezar probando un nuevo género: la crónica epistolar (aunque supongo que ya debe existir). Es que después de leer a Mavrakis sentís que ya todo está inventado, que todo es viejo y repetido. ¿Cómo escribir una crónica sobre el detractor de la crónica tradicional?, me preguntaba antes el evento. Mejor escribirte un mail, Mavrakis.

Llego y estás saludando gente. Te dije que vendrían muchos. Tu modestia es verdadera, pienso. No se puede fingir en eso. No se puede fingir tan bien, así que decidí que no mentís. Que es cierta tu humildad. Eso hace que querramos comprarte todos los libros, Mavrakis. En mi reciente transitar por presentaciones, descubrí y llegué a aceptar el narcisismo como un ingrediente necesario, y hasta encantador de un escritor. Mavrakis no lo tiene. ¿No lo tenés? ¿Cómo puede ser eso? Me acerco a saludarte y escucho tu disfonía. Es por los nervios, pienso. Te psicologizo un rato y decido: “Es que te da pudor, y por eso te quedaste afónico, para no tener la obligación de hablar en público”. No hace falta que hables porque tus libros lo hacen por vos, y lo hacen muy bien.

Los presentadores comienzan a contarnos de qué va No alimenten al troll. No sé si todos y todas saben qué es un troll. Yo lo aprendí hace poco, gracias a Mavrakis. Desde que me enteré del título empecé a tratar de definir quiénes de todos los que yo conocía eran trolls. ¿Todos somos troll a veces? ¿Tenemos días troll? ¿El troll era troll antes de ser nombrado como tal? “La palabra mata la cosa” dice Lacan. Desde que se definió qué es un troll, nadie más pareciera animarse a ser catalogado como tal. ¿Qué se viene ahora, Mavrakis? ¿Cómo se hace para documentar la propia época, mientras está sucediendo? ¿Hay que poseer una inteligencia superior? Hay que tener algo y vos lo tenés. Por eso ahora te da pudor y te quedas sin voz.

Te presentan Pablo Mancini y Diego Rojas. Lo primero que dice Rojas es una frase de Pasolini: “Hay que ser más moderno que los modernos”. Sigue hablando de un “manifiesto” y nos cuenta que Mavrakis sale de la textualidad para intentar intervenir en la realidad. “¿Qué esta pasando por afuera del texto?”, pregunta Rojas. Mavrakis se sonríe y se sonroja. Dada su disfonía no puede agregar nada entonces hace gestos muy elocuentes. En un momento lo mira a Rojas y abre las manos en un gesto que suscita muchas interpretaciones posibles. La mía es que piensa: “¿Qué estas diciendo Rojas”? Pero pueden ser infinitas. Mavrakis genera eso con su libro y con sus gestos, múltiples interpretaciones. Es el momento donde toma el micrófono Mancini, de traje y anteojos, muy elegante. El chico que me convidó un cigarrillo afuera y que fuma Marlboro Lights como yo y al que le dije: “Nunca encontré un hombre que fume Marlboro light”. Me acerco para grabar lo que dice. Se define como un amigo y como un lector. Dice algo de lo que yo pensé sobre la Disfonía de Mavrakis. “Que esté afónico, que no pueda hablar hoy, suma a la leyenda”. Habla de tecnología y legitima al autor sobre sus conocimientos tecnológicos. Que mientras están ellos hablando de ese libro, Mavrakis seguramente “ya está en otra cosa”. Hace ¿chistes? respecto del libro impreso: “Al fin publicaste un libro en papel” (Lo levanta y lo muestra orgulloso).

Vuelve a tomar el micrófono Rojas y dice “Mavrakis es molesto”. Mavrakis hace señas como diciendo “Pará, Diego”. Rojas dice que Mavrakis está aprendiendo lenguaje de señas. Recuerda el personaje hiper homosexual, hiper menemista de los primeros cuentos de Mavrakis, y cómo cambió ese personaje quedó atrás pero lo nuevo sigue siendo “molesto”. Mancini vio en el cuento “Hay que matar a Tinelli” una crítica a la izquierda, y no a la sociedad del espectáculo, y Rojas responde. Cuando dice que está convencido de que algún día habrá un gobierno obrero, Mavrakis levanta el puño silencioso. La gente se ríe. Llega el turno en que Mavrakis agarra el micrófono. Se hace un silencio. Yo no lo miro, estoy anotando en mi libreta, y siento la voz de Vito Corleone diciendo: “Estoy muy afónico”. También me imagino a Perón. Agradece al grupo detrás de Editorial Tamarisco y elogia a sus presentadores. Dice haberlos elegido por ser personas inteligentes. En una frase simple y asertiva dice “Compren y lean el libro, en ese orden”.

Termina la charla. Me acerco a Pablo Mancini y me cuenta  que es amigo de Mavrakis, que lo conoció escribiendo para Perfil, que él también escribe, que es periodista. Sale Mavrakis de la charla. Saluda a los que parecen ser su padres y se dirige a una chica de tez muy blanca y labios muy rojos y pelo muy negro con sonrisa de Rita Hayworth y le da un beso tierno, despacio como para no correrle el maquillaje. Capturo esa mirada pero no con la cámara. Un señor que pareciera ser su padre le pregunta “¿Pero tomaste algo?”. Me acerco a Mavrakis y le pregunto: “¿Puedo poner el beso que le diste recién a tu novia?”. “Ponelo, ponelo”, me responde. Te juro que pensé que me ibas a decir que no, que cómo vas a poner eso. Tenía razón Mancini cuando dijo “Mavrakis quiere ser él mismo”. Mavrakis, sos muy moderno, sos más moderno que Pasolini, pero tu novia es una actriz de cine mudo de los años veinte. Es una Rita Hayworth, es una belleza clásica impecable. Ese contraste me parece maravilloso. El chico más moderno de la literatura argentina, el que es “más moderno que los modernos”, está enamorado de Rita Hayworth. Ese beso me da una sensación liviana. Algo verdadero dentro de un mundo un toque impostado. Ya no me intimida escribir una crónica sobre el detractor de la crónica.

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