“El libro en papel es objeto del sistema excluyente de las elites culturales”

Por Natalia Gauna // naty_gauna3@yahoo.com.ar

Entrevista a Diego Vecino

 

Diego Vecino es autor de Flema es una mierda, un ensayo sociológico sobre la cultura popular y masiva, el plebeyismo, la cultura punk que marcó la década de los noventa y las venideras. La biografía de Ricky Espinosa es la excusa de Flema…, y Flema… la excusa de esta entrevista para conversar no sólo sobre el libro sino también sobre la industria editorial que “se va fundiendo”, el libro en papel como objeto obsoleto “de prestigio residual”, el rock actual y sobre los años 2000, “década de avance” y “recuperación de los noventa”.

¿Por qué Flema?

La primera respuesta sería que el rock argentino tiene una larga y muy desarrollada tradición de compositores lúmpenes desde Tanguito como momento fundacional, pasando por Luca Prodan, hasta Reno y Los Castores Cósmicos; incluso más desarrolladas que muchas otras grandes corrientes musicales de otros países. Otra cosa que tiene Ricky Espinosa es que es el único compositor lumpen que no escribe canciones conmovedoras o hermosas. Otros escritores, además de ser muy marginales, tienen una sensibilidad superior y esa paradoja evidente hace que sean interesantes. En el caso de Ricky Espinosa, esa sensibilidad es muy rústica y eso lo vuelve interesante. Hace canciones chotas que él reconoce como una mierda. Esto es una cuestión de autenticidad, valor supremo del rock. Si tocás música, lo peor que te puede pasar es ser una banda careta o un compositor careta. En ese sentido, Ricky Espinosa radicaliza algunas tendencias de lo que es la idealización del rock.

Vos decís en un momento que su vida fue inexplicable y su muerte inentendible.

Su vida fue un hecho absurdo, una pasión inútil. Ricky Espinosa refleja el clima cultural de los noventa. Desde una mirada sociológica muy estricta, todo lo que se produjo en los noventa reproduce el clima cultural de esos años. Algunas bandas lo reproducen y lo articulan de manera más acabada y perfecta que otras. Ricky Espinosa reproduce ese clima porque encarna una tensión fundamental en los noventa que se genera entre la vida pública y la vida privada. Esa tensión la reproduce también la política: mientras que Ricky Espinosa lo hace de forma romántica mediante el suicidio y como un hecho simbólico fuerte, el menemismo lo resuelve a través del cinismo.

¿Crees que es más fuerte hacer la crítica sociológica y política de una época determinada basándose en un personaje? ¿Por qué tomaste una banda como excusa?

Creo que hay muchos libros escritos sobre los noventa y un discurso muy cristalizado sobre esa época. Por eso no me interesó hacer un repudio a esos años sino hablar sobre las tendencias culturales que se dieron en esa década y que emergieron en determinados fenómenos.

Cito una frase de tu libro: “En los noventa todos fuimos punk”. ¿Cuánto hay de cierto y cuánto de ficcionalización?

Hay mucho de exageración. Hay una cosa cierta y es que algunas décadas construyen una especie de clima cultural muy hegemónico que obtura y asfixia a las alternativas. Acorde con esto, los noventa tuvieron claramente una identidad muy fuerte. Esto no significa que la vida se desarrollaba pura y exclusivamente bajo el paraguas de ese clima cultural –existían algunas alternativas por las que transitar– pero sí significa que en algún punto durante estos años la sociedad se organizó y jerarquizó en torno a determinados contenidos simbólicos característicos de la época. En ese sentido, el punk fue una especie de identidad fuerte por esa “barrialidad cabeza”, un punto de resistencia al discurso hegemónico. En los noventa podías ser un cheto, vivir en San Isidro pero si fuiste joven posta, fuiste punk, rolinga o alguna otra cosa.  Por otro lado, quise reconstruir el traslado de lo cultural y lo político a la música. Así como “en los setenta todos fuimos montoneros”, según la frase –exagerada– de Arico, en los noventa todos fuimos punk.

¿Dónde ubicas hoy la resistencia, si es que la hay?

Hoy no hay resistencia, estamos todos avanzando. Se puede decir que esta década es de avance, de reivindicaciones largamente pospuestas y de reincorporación de los sectores que fueron marginados.

¿Hay una música combativa o que se rebela?

Hoy hay una escena musical en que se recuperan tradiciones musicales de larga duración. Esas que en los noventa alimentaron el punk, el rock chabón, el heavy metal son reconvertidas como un discurso que vuelve a cantarle a la integración. Todos los pibes que están cantando son pibes integrados, no necesariamente desde lo económico, pero sí desde la pertenencia a un ethos colectivo del cual sentirse parte. Además, Flema es una banda que dejó mucha descendencia, una banda que en su momento no fue masiva pero que hoy es influencia de todas las bandas llamadas a redefinir el rock nacional. Flema no pudo llegar al gran público, no pudo institucionalizarse y formar parte del canon del rock nacional a pesar de que tuvo las condiciones para dar ese salto. No lo pudo hacer porque Ricky Espinosa insistió en bardear y rechazar esa posibilidad.

Tu libro circuló primero por Internet y después salió impreso.

La razón es que no lo quería llevar a ninguna editorial por prejuicio. Creía que no me lo iban a editar y no había ninguna editorial que me interesara particularmente. Todas las editoriales que conozco tienen un criterio de edición con el que no concuerdo. Flema es una mierda no es un libro pulcro, prolijo, sino que habla de punk y putea. No es un libro para una gran editorial porque no responde a los criterios de formalidad y tampoco al criterio de mercado. Lo mejor entonces fue subirlo a Internet. Además, creo que progresivamente hay que sacar el prestigio que te da el libro en papel.

¿Cuál sería ese prestigio y por qué quitarlo?

El prestigio que te da el papel es muy residual, es propio del sistema excluyente y de cierre social de otorgamiento de méritos, construcción de grandes elites culturales. El objeto en papel todavía es una cristalización de todos esos sentidos. Uno supone que cuando llega al libro en papel tiene el aval de todo el sistema gráfico y el prestigio que le confiere otros escritores que eligen tu obra, fundado en la acumulación de capital simbólico. Con la llegada de Internet las editoriales se van fundiendo y la industria editorial, tal como existió en su época de oro, ya no existe más. Pensar en el libro como objeto que te transfiere prestigio no me interesa, entonces dije “ya fue, lo subo a Internet”. Después Walter [editor de Macha de Aceite] lo leyó en Internet y me dijo “che, yo te lo edito” y le dije que sí. No hay más misterio.

¿Cambió en algo la recepción del libro una vez impreso?

No. Pero me estás entrevistando vos, me llamaron de la Rolling Stone. En ese sentido sí funciona porque esos son los circuitos en los que todavía el papel funciona como credencial de prestigio residual, ya que los medios son muy conservadores. Es lo único para lo que sirve el libro impreso: para darte más difusión fuera de los círculos de consumo de Internet.

¿En qué sentido decís que los medios son conservadores?

La literatura está muy institucionalizada: tiene una universidad, una carrera y una tradición, y es obvio que esa institución va a ser conservadora. Esto decanta en la cristalización de ciertas barreras de acceso. Sin embargo, el rock funciona de la misma manera sin la institución. Lo que te hace entrar o salir son en parte los pares y en parte el tipo conocido que te legaliza. Pero, indudablemente, son los medios los que terminan por institucionalizar. Aunque ya no son masivos, porque en relación con la cantidad de gente que escucha música tienen muy pocos lectores, sí llegan a las personas correctas, a los líderes de opinión. El rock aspira a ser la literatura o por lo menos las instituciones del rock aspiran a ser las instituciones de la literatura.

¿Qué pasa con los sellos discográficos?

Hay dos niveles. El de las grandes discográficas que trabajan a nivel del mercado y que se alimentan de prestigio aunque no organizan su edición basándose en este valor simbólico. Después hay otros sellos discográficos pequeños y medianos que fundamentalmente son sellos que pierden plata pero que funcionan con la lógica de seleccionar el gran caos de música y legalizar esa música seleccionada. Hoy la verdad que si no es con este último criterio no tiene sentido un sello discográfico porque van todos a pérdida.

Hoy se compran menos discos originales. ¿El libro va por el mismo camino?

Yo creo que sí. Justo ahora estoy leyendo el libro Retromanía de Simon Reynolds. Es un libro que me sorprendió porque es muy conservador y nostálgico. Deplora la proliferación de información y la capacidad de acceso a la misma. Es re positivo que estén todos los libros a disposición. Igual, no va a desaparecer la industria editorial sino que va reconfigurarse y, de alguna manera, va a convivir el libro en papel, como un consumo más de nicho y de elite, con el libro que circula en Internet como un consumo más pirata cuando todos tengamos nuestros e-reader. Los libros van a circular como circula hoy la música. Todo esto si las grandes corporaciones no avanzan. En la medida en que Internet sea incontrolable es positivo y democratizador. // RT2

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