Evita vive

Por Marisol Córdoba // marisol.cordoba.10@gmail.com

 “Una actriz –así dicen–
que se fue de Los Toldos con un cantor de tangos
conoce en un temblor al General, y lo seduce
>ella con sus maneras de princesa ordinaria
por un largo pasillo
muerta ya.”

Néstor Perlongher

El 26 de julio se cumplen sesenta años del fallecimiento de María Eva Duarte. La segunda esposa de Juan Domingo Perón necesitó vivir sólo treinta y tres años, de los cuales permaneció sólo siete en la esfera pública, para convertirse en la figura icónica del movimiento de masas más importante de la historia argentina. Su trascendencia ha sido tal que se la conoce simplemente como “Evita”, a secas, sin necesidad de aclarar de quién estamos hablando. Un nombre de pila que se transformó en marca registrada y se resemantizó en múltiples direcciones.

Amada y odiada sin medias tintas, el maniqueísmo en torno a su figura no aporta mucho para esclarecer cuestiones en torno a su persona. Cuando parece que ya no puede decirse nada más acerca de ella, surgen nuevas preguntas y debates. Evita fue, es y será material inacabable de películas, entretenimiento, discusión, investigación, interpretación, escritura, degradación y veneración. Su imagen y sus palabras han sido manipuladas al extremo, tanto por quienes se han jactado de continuar su legado como por sus más acérrimos detractores.

La construcción del mito comenzó mucho antes de su muerte, quizás en la infancia, cuando a los seis años fue humillada en el velorio de su padre por ser hija no reconocida. Esta identidad bastarda fue una constante en su vida y un determinante de su carácter, la condición de “ilegítima” la acompañó siempre. Cuando de actriz de moderada fama devino en primera dama, fue acusada de ocupar un lugar que no le correspondía; cuando tuvo que tratar con las damas de la aristocracia y la oligarquía, experimentó un sentimiento de inadecuación que se diferenció de ellas dejando a un lado la Sociedad de Beneficencia para crear su propia Fundación. Inadecuación e ilegitimidad, dos que rasgos la unieron para siempre a los sectores más marginales de la población: descamisados, grasitas, cabecitas negras, obreros, viejos, enfermos, mujeres, homosexuales, peronistas. Todos ellos encontraron asidero en esta mujer que les dio entidad. Las minorías relegadas pudieron por fin encontrar a alguien que los comprendiera, los escuchara y los quisiera. Porque si hay algo en la vida de Eva, en el mito que ella misma ayudó a erigir mientras vivió, es el amor hacia el pueblo. Todo su sacrificio y hasta los jirones de vida que dejó, tienen como único destinatario al pueblo descamisado, y como motor el amor hacia él y Perón. La devoción nace del lenguaje y genera sus propias deidades. Santa y mártir, Eva ascendió a la categoría de deidad. Supo construir un discurso de amor y entrega a sus devotos, en contraposición al odio que generaban “los oligarcas”.

Si fue controversial mientras estaba viva, lo fue aún más una vez muerta. Víctima de un cáncer de útero su vida puso un punto final el 26 de julio de 1952 y tras el derrocamiento de Perón en 1955, su cadáver inició una epopeya que lo llevó a ser vejado, mutilado, enterrado en Milán bajo un nombre falso y utilizado como botín de guerra. El cuerpo inerte de Evita generó todo tipo de especulaciones y acciones, rayanas con el misticismo y la locura.

Con Evita muerta, Perón en el exilio y el peronismo proscripto no se podía nombrar ni al general ni a la dama. Pero si la literatura refleja una época y una manera de concebir el mundo, escritores como Walsh, Onetti y Viñas se las ingeniaron para eludir la censura publicando cuentos como “Esa mujer”, “Ella” y “La señora muerta”, dónde Eva aparece de forma elíptica, materializada a través de pronombres que se constituyen en  epítetos. Eva ya no es Evita, es un cuerpo objeto desprovisto de vida.

“Volveré y seré millones”, reza su más famosa y apócrifa frase. La falsa profecía se cumplió. Volvió una y otra vez. Como la Santa Evita de Tomás Eloy Martínez. Como la Eva cinematográfica que tuvo las facciones de Madonna y el cuerpo de Esther Goris. Como la Evita travesti de Copi o la Evita nacionalsocialista de Philip Kerr. Como la Evita que si viviera sería montonera. Sigue siendo la abanderada de los humildes. Regresó como lectura obligatoria de los niños en edad escolar a través de La razón de mi vida, texto fundacional de la construcción del mito. Como la que pregona a viva voz y en inglés: “Don’t cry for me, Argentina”. Permanece a través de la figura devenida en ícono pop que se ha resignificado hasta el infinito. Vive como la Evita blasfema de Perlongher. Como el espejo, dicen algunos, en el que se refleja Cristina Fernández de Kirchner a la hora de conducir los destinos del país y que se traduce en su capacidad de oratoria. Y en su condición femenina, claro. Los paralelismos son inevitables. Como la mujer trepadora, fría, demagoga y calculadora que vieron sus detractores. Como el estandarte de varias agrupaciones políticas. Como la actriz frívola que renegó de sus orígenes. El cadáver. La malvada. La representación de la representación. El imaginario colectivo es pródigo en esta clase de representaciones.

¿Quién fue Eva Perón? ¿Quién es Eva Perón? No tenemos respuestas. Pero una vez más invocamos su nombre y lo traemos al presente, porque este aniversario es una ocasión insoslayable para tratar de comprender a una mujer que después de muerta ha sido infinita.//RT3

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Indice RT3. Dossier Evita. Mito negro, intelectuales y melodrama nacional. Entrevistas a Pablo VásquezCarlos BenítezMarcelo Luján y Daniel Guebel: “El peronismo sigue dando para todo”  /3/  Libros & Reseñas  /26/  Ariel Idez discute La última de César Aira  /41/  Pablo Giordano responde desde Las Varillas  /46/  Luciano Lamberti y el loro siniestro  /50/  Ana Llurba sorprende a Barcelona  /52/  Kenneth Slawenski nos habla de J.D. Salinger  /55/  Sección #CopiaOculta: Javier Ragau echa RAID  /61/  Sección #Matraca: Felipe Pigna y los viejos  /66//.

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