“El peronismo suele asumir estructura de tragedia clásica”

Por Mariano Vespa // marianovespa@gmail.com

Entrevista a Marcelo Luján

 

Marcelo Luján nació en Buenos Aires en 1973. Desde 2001 está radicado en Madrid. Publicó las novelas Flores para Irene, En algún cielo, El desvío, La mala espera, Arder en el invierno y este año Moravia. Participó en la antología de cuentos sobre boxeo Doce Rounds próxima a editarse. El relato “Reyes del cincuenta y uno” retrata la pelea de Gatica vs. Williams y el comienzo de los síntomas de la enfermedad de Eva Perón.

¿Cómo surgió el relato “Reyes del cincuenta y uno”?

El cuento es, ante todo, un homenaje a la derrota. Cuando Marcos Almada me propuso participar en 12 rounds, cuando me senté a pensar qué historia podía escribir en torno al boxeo, enseguida me vino a la cabeza la pelea en el Madison Square Garden de José María Gatica con Ike Williams. Mi padre me la había contado varias veces, y aunque él tenía ocho años en 1951, la desazón de tanta gente ante la caída del ídolo le quedó grabada en la memoria de un modo muy curioso. Creo que ese combate excedió mucho lo estrictamente deportivo y siempre tuve la sensación, la loca creencia, de que Perón, en la intimidad, debió haberse puesto furioso. Dos minutos duró la pelea. Si lo equiparáramos con el fútbol, sería como perder una final diez a cero. Ahí ya hay una historia, que en el cuento podríamos decir que es la historia de superficie. La contradicción climática es una cola de color interesante pero la verdadera historia se está cocinando en ese oyente misterioso y algo disperso que no termina de meterse en el clímax de la pelea porque cierta cuestión clínica lo perturba minuto a minuto. Gatica fue un elemento inherente al primer peronismo, al de los planes quinquenales, al origen de un movimiento que cambiaría para siempre a nuestro país. No es extraño, entonces, que al ficcionar la derrota de aquel enero de 1951, al intentar crear esa atmósfera donde medio país se quedó con la boca abierta, evoque de modo casi inevitable la tríada Perón-Gatica-Eva. La coincidencia de fechas, en relación con la enfermedad de Eva Perón, le otorgó la cuota de credibilidad necesaria para cualquier relato más o menos histórico.

Aunque parezca una casualidad el primer film en el que participó Evita fue Segundos Afuera. En tu cuento, hay un marcado paralelismo entre Gatica grogui y Eva en la cama, ya enferma. ¿Se puede pensar un paralelismo entre la vida de Evita y la carrera de un boxeador?

Sí, podría pensarse de esa manera, sobre todo por el modo aguerrido y brioso en que ambos enfrentan a sus oponentes, a la realidad que les toca en suerte; también por la prematura y hasta dramática salida de escena. No sé qué deporte deja tantas secuelas físicas y psíquicas en quienes lo practican, tanto desgaste. Mantener el título de campeón del mundo es algo dificilísimo y que exige una constancia impresionante. A Eva Perón le pasó algo parecido: se le fue la vida por no abandonar jamás su estandarte, su compromiso y su militancia. Después tenemos el recuerdo de la gloria, del ascenso vertiginoso y del final, generalmente también vertiginoso.

Contanos un poco la relación que puede entablarse con tu última novela, Moravia, enmarcada en los inicios del peronismo.

Los sucesos centrales de Moravia ocurren en febrero de 1950, en una Argentina floreciente y alucinadamente peronista. Ese es el escenario del aquí y ahora, el espacio. Por varias razones, todas voluntarias, Juan Kosic y Lidia Míclav van a protagonizar una historia con final no feliz en ese marco tan singular. Es Lidia, una joven checoslovaca, de familia algo aristócrata, quien mejor nos resume, con su visión extranjera, esa sociedad eufórica que volvió a nacer el día que miles de personas, de modo espontáneo, fueron a la Plaza de Mayo a pedir la libertad de un coronel del ejército. Como era de esperar, la tríada Perón-Gatica-Eva goza de un protagonismo casi inevitable, aun sin que la novela tengas tintes políticos. Gatica todavía no había caído en la lona del Madison Square Garden, por lo que la famosa frase del Tigre puntano “dos potencias se saludan” continuaba bastante en vigor. En Moravia, hay una escena en donde Juan Kosic lee el diario en un bar de Constitución. Lleva quince años viviendo en Nueva Orleans, ajeno a la vida social argentina. Mientras espera la salida del tren que lo llevará a su pueblo natal, se deja lustrar los zapatos por un chiquilín. El chiquilín imagina que ese señor lee las noticias deportivas, y le dice: “Mañana pelea el más grande, don. Y el Luna Park va a estar a reventar. Mañana pelea Gatica, don, ¡y no va a caber un alma!”. Como Juan Kosic no le lleva mucho el apunte, el chico le dice que hasta el mismísimo General va a presenciar el combate, el General y la Señora, dice. Ese chiquilín representa el sentimiento peronista de base casi mejor que cualquier militante. Por lo demás, creo que sería imposible escribir una obra de ficción que ocurra en Argentina, en ese momento histórico, ignorando el hecho extraordinario que significó el peronismo.

En Mi mensaje Eva decía: “El fanatismo que convierte a la vida en un morir permanente y heroico es el único camino que tiene la vida para vencer a la muerte”. ¿Cuál es el legado que Eva dejó a sus “fanáticos”?

El legado de Eva Perón es su espíritu de lucha, su fervor, su compromiso y su militancia. Creo que el concepto de militancia debería ser revisado por las nuevas generaciones porque durante varias décadas ha sido bastardeado y convertido en un sinónimo de repartir panfletos, de acudir a un recital, o de ponerse una remera con la cara de un ídolo. Hace unos días, en la Semana Negra de Gijón, tuve la suerte de compartir mesa con Mono González, el muralista de Salvador Allende. Pasaron cuarenta años y cuando hablás con el tipo parece como si te metieras en la máquina del tiempo: de pronto es 1973. Digo esto porque ése es el concepto de militancia, ése es el compromiso al que Eva Perón se refería no sólo en Mi mensaje sino en la mayoría de sus exposiciones. Se laburó mucho en Argentina para hacer desaparecer el compromiso ideológico, para desmitificarlo, para que los jóvenes y los no tan jóvenes sólo pusieran sus energías, sus esperanzas y su razón de ser en el próximo Boca-River. La llave, a mi juicio, está en intentar salirse, al menos un poquito, del individualismo asqueroso que propone la sociedad occidental. “Yo no quise ni quiero nada para mí…”, dijo Eva Perón en aquella inolvidable despedida.

¿Por qué crees que el peronismo, a nivel literario, tiene una riqueza mayor que otros movimientos políticos?

Sinceramente porque el radicalismo no hizo nunca nada extraordinario, ni siquiera cuando se recuperó la democracia después de la noche negra de Videla y sus colaboracionistas. A la sazón, y muy a nuestro pesar, el período 1976-1983 tiene mil veces más riqueza literaria que los ciento veinte años de existencia de la UCR. Con el socialismo ocurre algo diferente porque no tuvo ni tiempo ni espacio para desarrollarse como sí lo hizo en otros países: las masas obreras argentinas siempre respiraron aire peronista. En Mi mensaje, texto al que hiciste referencia al comienzo, Eva Perón escribe: “a mi pueblo, a mis obreros, a mis mujeres, a mis pobres ‘grasitas’, a quienes nadie defendió jamás con más sinceridad que Perón y con más ardor que Evita”. Con el peronismo, con el movimiento pero también con los individuos que lo conforman, se pueden escribir grandes ficciones porque es su parte más vulnerable, el sentimiento, lo que permite sustraerlo del ámbito político. El peronismo en sí mismo suele asumir una estructura de tragedia clásica, y eso es mucho decir para un autor. Incluso después de 1955, sobre todo en los años de la resistencia: Operación Masacre, de Walsh o Los muertos de Piedra Negra, maravilloso cuento de Abelardo Castillo, dan prueba de ello. A mi entender, la historia de la Argentina, sus doscientos dos años de vida, tienen una única bisagra, un único momento en donde la vida política y por lo tanto social de la república da un giro irreversible que replanteó de tomo a lomo el razonamiento ideológico de la nación. Nunca nada fue igual después del 17 de octubre de 1945. No hubo, y no sé si habrá, acontecimiento más importante para la nación que lo que generaría ese día. La ficción sueña un poco con cosas como esa.//RT3

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