“Pero esa señorona no era Evita”

Por Natalia Gauna // naty_gauna3@yahoo.com.ar

En la vereda de Radio Nacional hay al menos unas cincuenta personas haciéndole frente al frío intenso y a un viento que cuando sopla hiela el cuerpo. Esperan ansiosos e impacientes entrar al auditorio de la radio para participar de la presentación del libro Evita: Jirones de su vida del historiador argentino Felipe Pigna. Algunos corajudos deciden por un instante abandonar la fila y observar a los otros que hacen cola con él. Los transeúntes miran y vuelven a mirar. Quizás sea extraño que casi a las siete de la tarde esa calle esté aún tan concurrida. A esta hora microcentro empieza a enmudecer y los ruidos que convulsionaron la zona en horas más tempranas de a poco desaparecen. De repente, un señor que promedia los setenta, al límite del grito increpa a la señora que se ubica delante de él: “ESCUCHEME SEÑORA ¿podría adelantarse un poco? Es que ahí no pega tanto el viento y acá sí”. La señora, que lleva saco rojo y que también promedia los setenta, lo mira y asiente. El señor que está delante de la señora mira hacia atrás, luego hacia adelante, golpea sus palmas mirando hacia arriba y reflexiona: “hay gente molesta en todos lados”. También es setentón aunque la calvicie lo rejuvenece un poco. De repente, con una velocidad inusitada la fila comienza a avanzar mientras que el señor detrás de la señora sigue quedándose esgrimiendo que le resulta irrespetuoso tener que esperar con “este frío galopante”. El calvo, por mirarlo tropieza y la señora setentona de saco rojo refunfuñe ya cansada de estos dos compañeros de fila. A paso lento suben todos por las escaleras, demasiado lento aunque suficientemente rápido para los huesos atrofiados de la mayoría.

“Todo lo que hice no lo hice nunca por ocupar una posición política en mi país. Es que estando el general Perón en el gobierno, el puesto de vicepresidenta no es más que un honor y yo aspiro nada más que al honor y al cariño de los humildes de mi Patria…”. Se escucha de fondo la voz de Eva Duarte de Perón en algunos de sus discursos históricos. El escenario está aun vacío, sólo dos copas y dos botellas de agua mineral sobre la mesa. El sonidista hace un ruido tosco al probar los micrófonos mientras el auditorio de cabecitas blancas se acomoda en sillas plásticas. Otra voz femenina interrumpe: “Buenas noches. Lamento hablar encima de la voz de Evita. Quería avisarles que Felipe ya está por llegar”.

El auditorio ya está en silencio y espera la llegada del escritor que para  entonces y después de haber sido nombrado por la locutora tantas veces es, simple y amigablemente, Felipe. El único niño en la sala es el primero en advertir la llegada, todos giran hacia la puerta. Pregunta a quien debe ser su abuela: “es él, ¿no?”. Felipe llega a tiempo para evitar que los presentes concilien el sueño. Sin embargo, su voz suave y tranquila lejos está de poder despabilar al auditorio. La locutora sonríe y avisa que vamos a ver un documental que Felipe gustosamente ha traído para compartir. Un compilado de fotos y videos sobre la vida de Evita se proyectan en cuatro pantallas distribuidas por la sala. “Conmovedor”, cierra la locutora para abrir paso entonces a lo que será finalmente la presentación del libro de Felipe.

“¿Cuándo fue que Evita entró en tu vida?”, la primera pregunta para el escritor. “Bueno, en mi familia la primera que me habló bien de Evita fue mi hermana Mabel, estamos hablando de los años setenta […] Era bueno poder discutir en torno a esta mujer porque a nosotros no nos identificaba más que Perón en ese momento. Nos parecía un personaje menos polémico, Evita aparecía como un personaje menos incuestionable. Perón era distinto, había sido milico. En ese clima de ideas, Evita aparecía como la revolucionaria”, explica Felipe mientras su mirada se clava en un punto fijo cerca de la entrada de la sala. Con un ritmo monocorde y pausado contesta cada una de las preguntas de su interlocutor. De repente, baja la vista, se quita los anteojos, refriega sus ojos y mira al público.

A media hora de empezar la presentación son tres los dormidos que se pueden observar desde el fondo. El primero mueve su cabeza de izquierda a derecha y de derecha cae al centro y vuelve a empezar. El segundo tambalea de atrás hacia adelante y ahí se queda. El tercero ya hace rato que se quedó dormido. “De Evita se dice que es mito y los mitos son populares, no hay mitos de la oligarquía. Está el de Perón, Gardel, Maradona pero la verdad es que también hay mitos de la oligarquía. Que el General Mitre nunca haya ganado una batalla eso sí que es un mito”, ironiza Felipe y el público se despierta, ríe y aplaude la ocurrencia. “No, no, no. No era Galán con el que hizo esa obra de teatro”, corrige a Felipe una señora un tanto más joven que sus compañeros que, al no ser registrada por el escritor, intima a la mujer sentada a su izquierda y le dice: “no era Galán”. La otra mujer la mira desconcertada, no sabe de qué le habla. Algunos se dan vuelta para mirarla. Felipe continúa, no la escucha. “Las vicisitudes del cadáver de Evita es algo increíble, muy impresionante”, comenta el interlocutor. “Hasta que se recuperó estuvo en distintos lugares hasta que va a parar aquí cerca en Viamonte y Callao”. Otra vez interrumpe la señora: “Sí, sí, sobre la calle Viamonte”. Felipe continúa. Otro chiste y el auditorio se despierta con risas y aplausos. Los tres dormidos despiertan, levantan la cabeza y aplauden siguiendo a la mayoría. El tercero bosteza, se acomoda en la silla plástica un tanto peligrosa para alguien cercano a los ochenta. Mira hacia el frente y su cabeza vuelve a caer. De repente, despierta sobresaltado, mira hacia al frente y reflexiona: “que bárbaro, este tipo no paró de hablar”. Vuelve a dormir.

“El encargado de devolver el cuerpo de Evita a Perón fue Cabanillas, un personaje de novela. Resulta que de toda esa operación del traslado del cuerpo en un camión con un nombre falso, el destino quiso que llegue a la puerta de Perón a las 20.25”. El público sorprendido entona al unísono onomatopeyas  como “ah” “mmm” por lo misteriosa que resulta la anécdota. Felipe continúa: “Entonces este hombre demora para no darle el gusto a Perón…”. Mira a su público y aclara: “…de que llegue a la misma hora que la muerte de Evita. Este señor lo quería matar a Perón, lo odiaba como nadie y le toca a él devolverle el cuerpo”. Silencio profundo, todos observan atónitos. Felipe continúa y remata con un chiste para recibir otro aplauso que demuestre que su público aún vive. Sin embargo, está vez no resulta tan efectivo y el aplauso rápidamente se pierde. El primer hombre dormido no se mueve. El segundo atina a levantar la cabeza pero ésta cae rendida hacia delante. El tercero se sobresalta de su silla plástica que peligrosamente tambalea: “que bárbaro, este tipo no paró de hablar”, repite y vuelve a dormir.

Un silencio absoluto invade la sala. Los tres durmientes siguen dormidos. Felipe habla. La locutora sonríe. El niño descansa la cabeza en el hombro de quien debe ser su abuela. Dos fotógrafos caminan lentamente haciendo un chasquido en el piso al pegarse la goma de sus zapatos. Sacan fotos sin flash buscando la escena que cuente algo nuevo en medio de tanta tranquilidad. La señora no tan mayor decidió dejar de comentar y corregir a Felipe para asentir o negar con la cabeza y, de ese modo, evitar que parte del auditorio la observe con vehemencia en cada una de sus intervenciones. Inesperadamente, un hombre se levanta. Tropieza con la silla plástica. Se queda quieto un instante, mira a su alrededor esperando la mirada aniquilante del resto por el ruido causado. Sin embargo, nadie lo observa. Es el calvo que con un diario bajo el brazo camina apurado hacia la puerta. De repente, retrocede en sus pasos como si algo hubiera olvidado en su asiento pero antes de llegar retoma el caminar y se acerca a la puerta. Ahí se queda parado.

“Bueno yo voy a hacer la última pregunta y todas las que ustedes tengan están ahí, en ese libro que estamos presentando hoy”. Risas. “¿Cómo la juventud peronista toma la imagen de Eva Perón en los setenta?” Felipe explica: “yo creo que la izquierda a la que se refería Evita era una izquierda muy particular…”. “PERO QUE BARBARO. ESTE TIPO NO PARÓ DE HABLAR”, repite, está vez más eufórico, el tercer durmiente. “Que bárbaro… Me llamo César. Yo la conocí a Evita. También a Perón, bueno, con Perón fuimos compañeros. Una vez”, se ríe, “me dice: ‘¿cómo le va Don?’ Ja. Yo me reí. Era él, el presidente, y me preguntaba cómo me iba a mí”, comenta sonriente aun con los ojos cerrados el señor que todavía no despierta.

Se escucha de fondo Muchachos Peronistas. El señor durmiente que conoció a Evita y a Perón mueve su cabeza marcando el ritmo de la marcha, mira hacia al frente y canta: “Viva Perón, viva Perón”. Mientras tanto, el auditorio aplaude. Felipe agradece. Cuatro se levantan y aplauden de pie. La locutora sonríe y se asoma presurosamente al micrófono para comentar que Felipe firmará los libros que quieran “así que no se vayan”. Entonces, la multitud de agolpa en el escenario hasta que de a poco organizan una fila. La señora setentona de saco rojo se ubica promediando la mita de la fila. Mira hacia adelante y mira hacia atrás, quizás espera que los dos hombres, el molesto y el calvo, no estén cerca. El señor calvo reniega casi al final de la fila, de no haberse parado tanto tiempo antes podría haber conseguido una mejor posición en esta fila, improvisada y mal organizada. El señor que hace casi ya dos horas pedía impetuosamente a la señora del saco rojo que se moviera hacia adelante en la fila de la calle conversa con otra señora más joven que la anterior con un saco menos llamativo. El único niño de la sala permanece sentado mientras que su supuesta abuela lo observa ya ubicada en la fila, libro de Felipe en mano. Un grupo de cuatro mujeres con perfume intenso a vainilla taconean presurosas hacia el hall del auditorio donde está ubicado un improvisado stand de la editorial Planeta en el que se puede comprar el libro de Felipe y aprovechar la ocasión para llevárselo autografiado. El perfume a vainilla regresa, es que vuelven las cuatro señoras sonrientes y, aunque a paso más lento, no detienen la marcha hacia la fila que para entonces es más zigzagueante que recta.

“QUÉ BÁRBARO. Cómo habló ¿no? Yo tengo un libro de Perón, del plan quinquenal. También tengo un montón de fotos y un video que un día cuando vino la revolución me trajo mi papá para que guardara. Yo no sabía qué era. Nunca pregunté, no lo miré porque sabía que lo tenía que guardar y nada más. Creo que era una película, como es… una filmación ¡claro! del día en que Evita pasaba en el coche por la Avenida de Mayo. Bueno… es una anécdota que uno tiene ¿no?”, reflexiona sonriente el tercer hombre durmiente que ya despertó mientras se acomoda en la silla plástica y peligrosa. “Pero yo la conocí a Evita y no era así como ésa que mostraron ahí. Era más delgada, más delgada la cara… más bonita. Sí. Mucho más linda. Hoy vine porque me dijeron que iban a hablar de ella pero esa señorona que estaba ahí no era Evita”.//RT3

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Categorías:Crónicas

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