Mucha mezcla

Entrevista a Javier Ragau
Por Ana Vicini // anavicini@hotmail.com

Javier Ragau nació en 1976. Buenos Aires, vivió en España e Inglaterra. Publicó cinco libros de manera independiente y autogestionada. En pocos días, la editorial Santiago Arcos pondrá en las librerías El ataque de los moscovitas, su última novela editada.

El ataque de los moscovitas narra de manera cruda la vida de José Ortega, un tipo de 36 años solitario, desencajado y por momentos irracional. A partir de un relato fantástico plagado brutalmente de ironía y su choque permanente con la realidad, se pone de manifiesto la violencia, la intolerancia, el inconformismo y la locura que operan de manera inconciente en la sociedad.

El protagonista, cercado por la disconformidad y la rabia que le produce su propia existencia, desanda una serie de mecanismos para alivianar su realidad. Hace de la pelea y el maltrato hacia los que rodean una rutina casi obsesiva, lleva una lista de enemigos públicos encabezada por los policías, los porteros, los quiosqueros “con piercing y cara de fumetas” y los colectiveros. Lo fantástico y el horror llegan a la novela de la mano de los moscovitas, una extraña mutación de moscas que se da por errores naturales. Monstruos asesinos en cualquiera de sus variantes, carnívoros o vegetarianos, y cuyo cuartel general se encuentra debajo del edificio en el cual José es inquilino. Cuando uno lee El ataque de los moscovitas puede imaginarse a los personajes en un piso en cualquier barrio de Madrid y en el párrafo siguiente convencerse que, claramente, están librando sus batallas en un séptimo piso contrafrente de Once. En algún punto del relato, hasta puede sospechar que se trata de una traducción al español de una novela que transcurre en cualquier parte del planeta. Es un paseo que resulta divertido. Ragau tiene, además de éste, cuatro libros más editados por él en forma artesanal: Escritor y otros cuentos, El día que reinaron los niños, Sociedad de consumo y La metamorfosis de Narciso.

¿Escribís mucho?

No estoy encerrado todos los días escribiendo; digamos que escribo cuando tengo un motivo, un tema y una especie de necesidad o motivación para contar la historia y la manera que la quiero contar. Hay días que no siento nada para escribir y forzarme a hacerlo no me lleva a ningún lado. Tengo que hacerlo en un momento de ebullición interior. Por ejemplo, agarro algo que me interesa contar, trato de ver si tiene pies y cabeza, y va saliendo como me viene la idea, todo esto tengo que ponerlo en una hoja y empiezo a ver cómo lo hago.

¿Cuál fue la idea o la necesidad de Los moscovitas?

La destrucción de todo: la violencia del odio, de la rabia, de salir a pegar a todo el mundo. Tenía ganas de salir a la calle a pegarle a todo el mundo una piña, y como no podía me encerré en mi casa a escribir la historia. Fue la necesidad de expurgar la violencia y conté la historia real de lo que me pasaba también, porque yo estaba viviendo en un apartamento, yo también tenía moscas de mierda; también, como casi todos, peleaba con el administrador, cuando venía le hablaba mal entonces él me levantaba la voz. Era una época de mi vida jodida, vamos a decir así, y cuando yo tenía que sacar toda mi rabia me sostenía en las hojas y contaba la historia de los moscovitas. Lo de la ficción de los monstruos está por el hecho de que todo libro es una ficción. Simplemente agarraba elementos de mi vida real, cotidiana y los convertía en ficción; ese método se me dio bien, le empecé a agarrar el gustito a hacer eso, encontré el recreo, el patio de juegos donde yo puedo jugar. Cuando yo no podía darle una piña al administrador, cuando no podía salir a pelear a la calle, escribía un capítulo de Los moscovitas y ahí ganaba yo. Una época fea, pero en lo creativo salió buena.

¿A qué se debe ese uso del lenguaje, ese juego con las palabras?

No tengo un dialecto nativo: viví muchos años en España, los últimos los vengo viviendo en Argentina. Tengo una mezcla idiomática por haber vivido en Andalucía, Madrid y después en Argentina. Yo dije: tengo todas estas palabras para usar, y las usé. Eso que vos notás de la traducción es porque yo leí principalmente traducciones al español de escritores norteamericanos, esas traducciones quedan a veces con frases que no se usan en el dialecto pero sí para escribir. La mayor parte de la literatura que he leído en mi vida han sido traducciones de autores extranjeros, no leí muchos escritores latinoamericanos, no leí a Rubén Darío, por ejemplo, a Roa Bastos o Carlos Fuentes. Hay frases que a mí siempre me gustaron, me gustaba cómo estaban construidas y las quería en mi libro, entonces las ponía.

¿Pero vos sos argentino?

Sí, yo soy argentino, emigré a España en 1988, muy pequeñito y empecé a escribir con 20 años, 21, cuando estaba viviendo en Madrid, entonces lo que es el habla española todavía la tengo. Después me vine a Argentina, en 2004, cuando vengo acá comienzo a conocer todo esto que es la cultura independiente, gente con una mesa que vendía libros armados a mano y digo: yo también escribo, me voy a poner a hacer lo mismo. Así empezó la locura, una cosa llevo a la otra. Yo ya tenía un librillo, un libro que venía escribiendo desde España. Era de esos libros que uno lo tiene ahí para escribir, para justificar que uno es escritor. Años lo tuve encima: lo retocaba, viví pensando qué otra palabra le podía poner a una frase. Lo llamé Patíbulo, un libro muy boludo en realidad; también quería que tuviera mucha mezcla de lenguaje, de palabras españolas, argentinas, después una vez me volví loco y dije: no, ahora quiero que sea todo argentino, me encerré y cambié todas las palabras por argentinas, los acentos, los vos. No se podía. Con El ataque de los moscovitas no me puse a pensar si escribía a lo español o a lo argentino. A veces José esta hablando como español, otras como argentino, a veces habla de usted, de vos, de tú, es porque yo tengo una mezcla de diferentes registros idiomáticos, lingüísticos, de alguien que vivió en los dos países y a todos les pasa que al vivir en dos países no está ni en uno ni en otro y al no estar en ninguno de los dos, está en los dos.

También, aunque la historia es fuerte, pesada y muy oscura, hacés mucho uso de la ironía, del humor…

Siempre con un doble sentido a todo. Tiene un humor irónico en todo momento, tanto se ríe de la desgracia de José como que lo festeja. Como diciendo: ¡vamos José que estás viviendo una vida de puta madre, le estás rompiendo la cara a todo el mundo! Al mismo tiempo sos un infeliz y sos un campeón. En ese sentido hay un doble juego, pero me salió natural, no lo pensé. A mí me gusta pensar que el libro me llamó a mí para que yo lo escriba; eso es, entre comillas, una técnica: no decir qué es lo que voy a escribir, sino más bien qué es lo que hay para escribir. Creo que las cosas están ya para contarse y uno elige si lo hace o no.

¿Cómo fue el paso de autoeditarte a hacerlo con una editorial ya establecida como Santiago Arcos?

Yo empecé a armar mis libros cuando estaba juntado con la gente de la Feria del Libro Independiente (FLIA). Hoy en día ya no estoy mucho en esa onda, pero ahí fue cuando yo empecé a hacer mis propios libros, la mayoría a mano. Tenía un método: hojas oficio que doblaba en cuatro y quedaba un libro de bolsillo. Me habían prestado una guillotina, tenía una prensa y mandaba a imprimir las tapas. Así fue como empecé a editar, a pensar que podía editar, antes era escritor, escribía, pero pasaron años hasta que empecé a creer que lo que yo escribía se podía editar y si lo hacía era así, de manera independiente, autogestante. Nunca yendo a golpear las puertas de una editorial, para mí eso era algo que nunca iba a pasar. En la FLIA fue donde Miguel Villafañe, de Santiago Arcos, me compró El ataque a los moscovitas y Sociedad de consumo.

En algunas entrevistas tanto Miguel Villafañe como Fabián Casas hablaron de tus libros. Villafañe ya hace un tiempo había dicho que le gustaría editarte pero no podía contactarse, que no le contestabas los mails…

(Risas) Él me compró los libros en la FLIA, me mandó mails, “soy Miguel de Santiago Arcos, quiero editar tu obra”. Fue un tema de tiempos personales. La anécdota es que Miguel me mandó mails y yo no le contesté y quedé como desaparecido. Después volví y le contesté. Hoy estamos en este presente que es la edición del libro. No puedo estar más feliz hoy en día que verme admirado por Fabián Casas, que hable de mis libros Garamona, director de editorial Mansalva, Cucurto también habló de mis libros. En esa época que yo desaparecí se hizo como una especie de mito. ¿Qué pasó? ¡Se lo tragó la tierra! Ahora la realidad es que yo ya no estoy más desaparecido, soy un escritor que quiere editarse, y esta vez en serio. Ahora no tanto como en la FLIA, porque ahí a veces era un poco en joda, aunque yo sabía que estaba vendiendo un libro que estaba bien escrito, no era ningún tonto, porque si no, no lo hubiera editado. Yo venía en este proceso de crecimiento, sigue siendo un reto, siempre que escribo algo, que eso sea convertido en libro. A mí me alegró mucho leer lo que Casas escribió de mí, me ayudó a creer en lo que hago. Recibí muchos mails diciéndome que me quieren leer, que escucharon hablar de mí y están interesados en mis libros; en parte fue todo gracias a él, un poco a ese mito que se generó cuando yo desaparecí, hizo crecer un poco todo.

Mi trabajo continúa, mi proceso sigue adelante; esto ya es parte del pasado porque tengo que centrarme en cosas nuevas. Que El ataque de los moscovitas lo edite Santiago Arcos es buenísimo, estoy más que feliz con eso, de hecho estoy trabajando en una distribuidora donde lo van a distribuir. Cuando traigan los libros los voy a ingresar yo en la base de datos de la distribuidora, yo lo escribí, lo edité por primera vez, y hasta lo voy a distribuir, o sea: hice todo.//RT3

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