J.D. Salinger: una obra oculta

Por Martín Felipe Castagnet // martinfelipecastagnet@gmail.com

 

¿Qué preferiría Salinger: una mala lectura de su obra o una buena lectura de su vida? Seguramente ninguna de las dos. Eso es, no obstante, lo que nos llega sobre Salinger estas semanas a Buenos Aires. Por un lado, la traducción al castellano de la última biografía del eremita de Cornish, J.D. Salinger: Una vida oculta, a cargo de Kenneth Slawenski; por el otro, una adaptación de la obra Sallinger de Bernard-Marie Koltès en el Teatro San Martín.

La biografía, publicada en Inglaterra a comienzos de 2010, levantó un estante que hasta entonces estaba en un nivel más bien bajo. Como hagiografías invertidas, las pocas biografías previas estuvieron centradas en la escatología y defectos personales del autor. Hasta finales de los ‘80, la información disponible sobre Salinger podía resumirse en catorce páginas, las incluidas en el estudio de Warren French.

El primer intento fue el de Ian Hamilton, quien confiesó que ante el hermetismo del autor empezó el libro ya sabiendo que se iba a dedicar a la búsqueda de Salinger y no a Salinger mismo, y si lo continuó fue porque ya se había gastado el dinero del adelanto. Salinger sí apareció, pero para demandarlo: al enterarse que la biografía estaba sustentada sobre todo en cartas suyas donadas por los destinatarios, las registró como propiedad intelectual. La Corte falló a favor del derecho de Salinger de publicar sus cartas, aún cuando no tuviera la intención de hacerlo. Luego de perder la demanda, Hamilton se vio obligado a volver a su proyecto inicial, por lo que no hay propiamente biografía sino el recuento de la investigación sobre un sujeto renuente a ser biografiado, que no quiere ser ni rico ni famoso pero resulta ser ambas cosas. Su libro es hoy una de las obras de referencias del género, por la jurisprudencia que asentó pero también por la sinceridad de sus preguntas y los arbitrarios códigos que defiende: ¿cuáles son los límites que debe respetar un biógrafo, si los hay? Es imposible no partir desde Hamilton, e incluso tiene sus aciertos, quizás inadvertidos por el propio autor, como aquel que señala el interés del joven Salinger por los peces tropicales. El segundo intento corresponde a las memorias publicadas en 1999 de Joyce Maynard, una universitaria con la que Salinger convivió diez meses a comienzos de los ‘70. Ese mismo año Maynard subastó las cartas que se enviaron; dijo que lo hizo por el dinero. Una vez más, las cartas no vieron la luz: un desarrollador de software las compró por una fortuna y se las devolvió al escritor. El tercer intento provino de la primogénita de Salinger, Margaret, en sus memorias Dream Catcher, en las cuales se horroriza porque su padre llegó a beber pis con fines medicinales y de las cuales se despegaron de forma vehemente tanto su hermano Matthew como la madre de ambos.

Ante esta lista de dudosa honorabilidad, sólo corría como excepción el trabajo de Paul Alexander, quizás la única biografía propiamente dicha hasta entonces, limitada por la exigua cantidad de información disponible hasta el momento. “Hasta entonces” en este caso tiene doble entrada: la publicación de la biografía a cargo de Kenneth Slawenski se produjo apenas semanas después de la muerte de Salinger, de modo tan conveniente como casual. Slawenski ya era reconocido desde hace varios años por mantener Dead Caufields, la mejor página sobre Salinger en la red ante la previsible inexistencia de un salinger.com oficial. Buen equilibrista, su biografía une respeto por el biografiado, distancia crítica y un impecable trabajo de investigación. Descendiente de polacos al igual que el escritor, entre los aportes de Slawenski se destacan la confirmación de la procedencia familiar y el seguimiento del sargento Salinger durante la Segunda Guerra Mundial: en el desembarco en Normandía y en la liberación de París, como uno de los primeros soldados norteamericanos en entrar a un campo de concentración, y también como parte de los interrogatorios a antiguos miembros de la Gestapo. La guerra es la gran bisagra en la vida de Salinger, según la historia que trazan sus escritos. Si bien ya había publicado antes y durante la Segunda Guerra, el relato más temprano de Nueve cuentos es “Un día perfecto para el pez banana”, que apareció en el New Yorker a comienzos de 1948. Al igual que la otra obra magna de ese libro, “Para Esmé, con amor y sordidez”, se discute la imposibilidad del soldado de comunicar la experiencia del campo de batalla. Ya lo había señalado Walter Benjamin, pero la respuesta de Salinger proviene de otro canon, el oriental, mediante la inclusión de un koan zen como epígrafe de la colección de cuentos: ¿qué sonido hace el aplauso de una sola mano? La posibilidad de un silencio activo, fértil, es la clave tanto de la vida reclusiva de Salinger como de su obra: narrar lo inasible; escribir, pero no publicar.

Estos principios son los opuestos a los exhibidos en la escena de Sallinger. Estrenada originalmente en Francia durante la temporada ‘77-78, Koltès escribió que su intención no fue hacer una adaptación de Salinger sino de su tono; de ahí la diferencia derrideana en su título. Fue escrita en colaboración con los actores, lo cual se nota. Los personajes monologan; peor aún, monologan a los gritos. En Salinger los protagonistas se esfuerzan por comunicarse, pese a ellos mismos; las interacciones son breves y por lo general mediatizadas, más gesto que palabra, más aplauso que sonido, y los niños son el material conductor de esa electricidad comunicativa. En Sallinger no hay interacción posible; tampoco hay niños. Un féretro y un falso tono tanguero subrayan la pérdida, por las dudas. Son tan pocas las reverberaciones con el corpus de Salinger que cuando aparece una se tiende a pensar que fue por casualidad. Al menos la obra sí sirve para exhibir el recorte que a grosso modo se hace de Salinger en la actualidad: el resentimiento adolescente por todo y contra todo de El guardián entre el centeno y el remanente fantasmagórico de Seymour Glass. El Colo, su mediocre remake sobre las tablas, es representado como genio porque sabe calcular la raíz cuadrada; de esta manera se cercena la resbaladiza sabiduría oriental que articula a los Glass, un par de décadas antes de que fuera banalizada por la New Age.

De la mano de la nueva biografía y la adaptación teatral, ¿qué falta, entonces, por descubrir de Salinger? Al día de hoy, sus nouvelles más tardías, Franny y Zooey y Levantad, carpinteros, la viga del tejado, que por lo general quedan por fuera del recorte típico, como sucede en la adaptación teatral. En el día de mañana, quizás sea posible recibir nuevos textos: en sus memorias, Margaret Salinger describió el sistema que tenía su padre para clasificar sus manuscritos inéditos; la decisión de publicarlos queda en el criterio de su hermano Matthew y la viuda del autor. Pero hay más opciones: los cuentos que no fueron compilados junto con los nueve famosos, disponibles en internet, a los que Salinger les deseaba que “murieran de una muerte perfectamente natural”. También nuevas traducciones, necesarias. El cazador oculto no es más que una mala traducción del título The catcher in the rye para Latinoamérica. Al día de hoy es posible encontrar muchos lectores que prefieren el título erróneo, por razones puramente nostálgicas, pero no están tan errados: en el texto es más fiel El cazador oculto que El guardián entre el centeno. Al igual que con Nueve cuentos, las traducciones de Alianza Editorial son ilegibles por su español peninsular, muy diferente a la de Marcelo Berri para Editorial Sudamericana. Si en el índice figura “plátano” en vez de “banana”, no compre.

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