“El cronista siempre fue el tipo mirado con cierta sospecha”

Entrevista a Leila Guerriero

Por Victoria Cotino // vicutina@gmail.com

 

A Leila Guerriero (Junín, 1967) le gusta definirse como periodista, no como cronista, pero cuando se habla de los cronistas latinoamericanos más destacados siempre aparece su nombre. Este año llegó a Argentina Los malditos, que editó para la Universidad Diego Portales (UDP) de Chile, y que reúne diecisiete perfiles de escritores con vidas trágicas. En esta entrevista nos habla sobre la labor de editora y cronista, un posible auge de la crónica latinoamericana y cierta compulsión a las miserias humanas del periodismo narrativo.

¿Cómo se materializa Los malditos?

Matías Rivas [director de publicaciones de la UDP] tenía la idea de hacer una antología de perfiles de escritores malditos latinoamericanos y me lo propuso en uno de mis viajes a Santiago de Chile. Esa noche, en una conversación que tuvimos entre el auto de Matías y una hamburguesería empezamos a pensar en cómo estaría constituido el libro. Lo primero que quedó claro es que la lista de los malditos la iba a proponer yo. A través de una investigación de muchos meses, con lectores y editores y periodistas y amigos de distintos países del continente y de España, cuyo criterio respeto, empecé a averiguar acerca de la vida y la obra de diversos escritores y escritoras que pudieran entrar dentro de esta categoría. Una vez que tuve la lista, conversando mucho con Matías, hice una lista de posibles autores a quienes encargarles cada uno de estos perfiles. Cuando los autores recibieron la convocatoria no eligieron ellos el maldito sobre el que tenían que escribir sino que les fue consultado, digamos, comunicado: “Va a ser así y nos gustaría en tu caso que escribieras sobre tal persona”. En algunos casos había una contrapropuesta de algún otro escritor maldito, pero en general siempre se aceptó el escritor propuesto. A partir de ahí fue un trabajo muy largo de investigación de ellos, de escritura. Algunos de los autores tenían una presencia más cotidiana, más constante a través del mail y otros simplemente partieron a investigar y entregaron el texto en la fecha acordada. Después empezó el trabajo de edición que fue muy largo porque tenía claro que los textos tenían que respirar una atmósfera mas o menos parecida, había cosas que yo tenía claro que tenían que estar en todos los textos, como citas a las obras de los autores, cosa que se viera cómo era la prosa o el poema o la dramaturgia o la obra crítica de esa persona, además de la vida; dentro lo posible hablar con gente que estuviera viva y que lo hubiera conocido. Después el proceso del libro implica un orden lógico, que todo funcionara como un texto en sí mismo, con distintos momentos, distintos climas, etc.

 

“Un perfil no es un ensayo ni una crítica ni un análisis literarios”, escribe Guerriero en el prólogo a Los malditos. ¿Pero un perfil puede ser una biografía? De los diecisiete textos del libro, hay al menos uno que hace un recorrido biográfico: “Jorge Cuesta, dos veces suicidado”, de Rafael Lemus. Tanto es así que el autor comienza con el nacimiento de Cuesta y hace un punteo de los años y eventos más destacados de su existencia para terminar, claro, con su tumba. Aun si se concede que los acontecimientos son aquellos que de alguna manera lo marcaron, una vez concluido el texto es poco lo que conocimos del mexicano. Se podría pensar que roza el ensayo. No es tanto lo que Lemus logra averiguar de su maldito; en una suerte de gesto poético confiesa que se va a basar en conjeturas: “Al final parecería que no hay un solo Cuesta y que no tiene sentido afanarse en descubrir al Cuesta verdadero. De hecho, más que de encontrarlo, se trata de inventarlo”.

Varios de los perfiles tienen ciertas marcas tuyas; por ejemplo, el uso de un asterisco para separar “escenas”. ¿Hasta dónde llegó tu rol como editora?

Jamás me metería a decirle a un autor que pusiera un asterisco ni cosas por el estilo. Simplemente son textos muy largos; a veces tienen 50, 40, 30 mil caracteres y allí donde cada uno supone que hay un hiato, una pausa en la narración, un cambio de tema, de clima o de recurso establecen un silencio, un blanco en la página. Más allá de eso, en los últimos años hay algunos textos que se parecen un poco más a los textos periodísticos; Daniel Titinger, Marco Avilés, ellos tienen un estilo como más fragmentario, o Alejandra Costamagna, por ejemplo. Es un estilo de varios escritores y periodistas de esta época, una marca bastante usual. El rol del editor no está en meterse en el texto del otro y hacerle escribir a otro como lo hubiera escrito uno. Al contrario, es entrar en el ritmo del estilo del otro. Creo que el libro en general tiene estilos como muy, muy marcadamente diferentes. En periodismo hay un abuso de estos espacios en blanco: quebrar el texto en cualquier parte y pasar a otra cosa. Cuando eso está mal hecho hace muchísimo ruido, pero no es el caso de Los malditos. Son narradores muy profesionales.

 

Es cierto: en muchos de los perfiles esas pausas narrativas a las que se refiere Guerriero aparecen y funcionan. Pero nada tiene que ver el estilo fragmentario de Titinger, por ejemplo, con la historia mutilada que cuenta. En su texto sobre Martín Adán el foco parece ser su dificultad y luego su aparente éxito en averiguar algo sobre el escritor: “El inicio de esta investigación era un fracaso (…) ¿Por dónde empiezo? (…) ¿Pero acaso he venido hasta Pacasmayo para oír lo mismo que leí en las biografías y en las leyendas por internet?” Una pregunta similar podrían hacerse los lectores. También Alejandra Costamagna se sumerge en la búsqueda de los rastros que dejó su perfilada, Teresa Wilms Montt, pero no necesita recurrir a la primera persona ni a su anecdotario personal para hacernos escuchar su voz. Su texto empieza con un retrato de la casa de Wilms Montt en Viña del Mar y desde ese lugar va reconstruyendo los caminos de la escritora chilena: “Los primeros peldaños de una mujer de belleza fatal que desacató los códigos sociales de su época y pagó cara, carísima su falta”. Salvo algunos términos que hacen al lector salir del registro formal, como “facha” o “se borra”, y un par de verbos de los llamados “fuertes” que remiten más a una nota informativa que a un perfil –“dispara” y “remata”– su texto es elegante, fluido y bello. Y, sobre todo, logra hacer una semblanza que nos muestra “el hueso” de Teresa Wilms Montt.

¿Por qué la elección de Alan Pauls y Mariana Enríquez, quizás los nombres menos asociados a la crónica de los diecisiete autores convocados?

Creo que hay otros autores que tampoco están tan relacionados con la crónica, Edmundo Paz Soldán o Juan Gabriel Vásquez, que hace mucho periodismo cultural pero no ha hecho tanta crónica. El libro es una mixtura entre escritores y periodistas, pero cuando era el caso de escritores, me refiero a escritores cuya apuesta está más dentro de la ficción que de la no ficción, para mí hubo algo que fue fundamental. Elegí, además de autores que me parecían muy buenos, siempre autores que tuvieran un trato muy cercano con el periodismo, que supieran hacer una investigación. Necesitaba gente que saliera de su estudio, que se fuera a la calle, que pudiera hacer entrevistas, que supiera como buscar un dato. Tanto Alan como Mariana la verdad que escriben terriblemente bien y han trabajado en redacciones. Alan trabajó en Página/30, escribe constantemente en los medios, ha hecho diversos registros. De hecho la UDP acaba de sacar –yo seleccioné los textos– un libro que se llama Temas lentos que reúne su obra de no ficción que tiene como 400 páginas. Que se lo ubique más como escritor tal vez es un error de percepción. Mariana Enríquez trabaja como editora en Radar; me encanta cómo trabaja, cómo escribe, cómo investiga. Yo le he leído muchas cosas de periodismo cultural que si desarmás un poco la nota te das cuenta de la enorme investigación que tuvo que hacer, búsquedas bibliográficas, etc. Si bien, de pronto, son más conocidos como autores de ficción, en algunos casos, todos los autores del libro tienen un camino recorrido periodístico sólido. Yo lo que necesitaba era gente que supiera cómo hacer un trabajo periodístico, no un ensayo académico.

 

Más allá de sus credenciales periodísticas, Pauls construye un perfil de Jorge Barón Biza cool, en el que no tiene el menor problema en usar todas las palabras en inglés o francés que le plazcan, tengan o no su traducción al español: spleen, prêt-à-porter, dandy, chic, smokings, far west, coup de théâtre, bon vivants, sólo en las primeras tres páginas. Su texto es deudor del de Cristian Ferrer, Barón Biza, el inmoralista, que no habla de Jorge sino de Raúl, su padre. Enríquez, por su parte, también tuvo una herencia pesada: su “maldita” es Alejandra Pizarnik, poetisa con la que se identificaron adolescentes, niñas-mujeres que experimentan con su sexualidad, con la posibilidad de suicidarse, que escriben en diarios íntimos y se quejan de sus padres. Enríquez no se preocupa por evitar el lugar común y su relato muestra admiración. La autora dijo que su perfilada generaba terror, pero lo que escribe en Alejandra Pizarnik, vestida de cenizas va más allá: justamente al mostrarla como enfant sauvage, como la definió el escritor Arturo Carrera, refuerza la imagen de una Pizarnik idolatrada.

Más de una vez criticaste que los cronistas (y te incluiste a vos) “tienen cierto déficit a la hora de contar historias que no rimen con catástrofe y tragedia”. ¿Por qué insistir con lo trágico y hacer un libro sobre “malditos”?

Una cosa es que falten crónicas de un tipo y otra cosa es no hacer nunca más crónicas del tipo que se vienen haciendo. Creo que además el libro ocupa un lugar que claramente estaba desocupado. El malditismo se veía como una especie de fenómeno pasado de moda, y sin embargo cuando empezás a avanzar en el siglo pasado y en este siglo ves que el tema del malditismo, etc., se repite. La gente sigue pasándola mal porque todos estos escritores tienen un grado de fragilidad importante. Desde Los raros de Rubén Darío quizás no se había vuelto a armar como una especie de corpus, y esto sigue pasando y probablemente mientras exista la literatura va a seguir pasando. No creo que eso tenga que ver con el hecho de lo que sostengo, que las historias tienen que ver casi siempre con la parte como más miserable de nuestras realidades, por lo menos en lo que se refiere a la crónica latinoamericana. Me parece que son dos temas distintos; también hay que ver que esto es un libro y yo estoy hablando de las crónicas que uno puede leer en las revistas, en los diarios. Me parece que es una parte noble del oficio y la verdad es que empezaba diciendo eso precisamente en esa conferencia que citás, que di en Ecuador y se llama De qué habla la crónica latinoamericana: es muy noble darle voz a los que no tienen voz, ocuparse de los temas que nadie habla, pero todo eso otro falta. El hecho de que falte un tema no quiere decir que del otro tema no nos vamos a ocupar más.

¿Creés que los cronistas tienen mayor estatus o representan cierta “élite” dentro del periodismo?

Me parece un disparate la sola idea. Al contrario, creo que el cronista siempre fue el tipo más mirado con cierta sospecha: el tipo que escribe esos textos largos, que aparece poco por la redacción, que nadie sabe bien donde está. Sí me parece que se habla demasiado del asunto ahora. Me parece que no, que toda idea de estatus o lo que sea está reñida por la base, con el laburo del cronista. Pensá que el laburo la verdad es mucho y en general la compensación… Todos los periodistas que yo conozco que hacen periodismo narrativo tienen veinte laburos. Con unos laburos terminan pagando las otras cosas. No hay una compensación ni siquiera económica directa que pudiera marcar “Ah, no bueno, lo que pasa es que les pagan muchísimo dinero”.

No son tantos los periodistas que se dedican solo a escribir crónicas.

Por ahí eso funciona más aceitado en el periodismo yanqui, desde hace muchos años; entonces te mandan a Afganistán y te pagan dinero muy importante y de pronto vivís de hacer diez notas al año para el New Yorker o menos, pero la verdad que en Latinoamérica… Como dice mi amigo Cristian Alarcón: “Los caminos de la compensación son misteriosos”. Terminás haciendo 500 millones de cosas. La palabra “cronistas” a mí no me gusta nada. Para mí somos todos periodistas y ya. La gente que hace periodismo de diario me da como mucha admiración: es un laburo infernal, estresante, súper difícil de hacer: hay que tener cancha, escribir bien, manejar una agenda importante, tener buenos contactos, chequear las fuentes. Por supuesto en todos los rubros hay gente que lo hace mal, en periodismo narrativo también, pero hay gente que lo hace muy bien al periodismo de periódico. No me parece para nada que haya diferentes castas de periodistas. Sería como la peor noticia del mundo.

Con la aparición de la revista digital Anfibia, por ejemplo, ¿ves que haya más lugares donde publicar crónicas?

La verdad es que no sé. Sigo pensando que las revistas en las que se publican los textos más largos o con un buen proceso de elaboración son pocas. Siguen siendo las mismas y más o menos poquitas. Pero si mirás el panorama de hace quince años me parece que sí, que muchas cosas han cambiado y por ejemplo la revista El Domingo del Diario Universal de México, el suplemento semanal del diario La Tercera de Chile, la revista Anfibia que está haciendo Cristian, la aparición de Orsai han sido importantes para esto, también las editoriales de libros, que mal que bien está cada una preocupada por tener su propia colección de crónicas, y a su vez recopilan textos publicados en los medios. Hoy me acaban de llamar de una revista de Alemania, por ejemplo, en la que están empezando a traducir a periodistas latinoamericanos que se dedican al periodismo narrativo. Pareciera que hay algunos lugares. Fijate que los talleres de periodismo narrativo tienen mucha convocatoria. Entonces es difícil pensar que toda esta gente que está escribiendo y estudiando, que escribe en Anfibia, se está preparando para nada. Sigue siendo poco en relación con la cantidad de gente que tiene ganas de hacerlo, o de publicar, pero pareciera que hay algunos movimientos que indicarían que hay algunos sitios más. A mi criterio sigue habiendo poco espacio. Depende también de los países: Colombia tiene una cultura de revistas tradicionalmente más importante; en otros países como Argentina, que la tenía, la tradición se ha perdido un poco. Me sigue pareciendo un intríngulis un poco irresoluble, que por un lado se hable del estallido de la crónica, pero tampoco es que estemos inundados hasta el cuello de revistas que publican crónica. Yo no veo a mi vecina corriendo al kiosco a comprar la última Gatopardo. Me parece que es un fenómeno de nicho. La verdad es que me parecía más raro hace nueve años, que ya se hablaba del boom de la crónica y yo decía: ¿cuál es el boom de la crónica si las revistas que las publican son cinco?

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