Contra la literatura de los amigos

Entrevista a Fernando Lozano
Por Luz Marus // luzmarus@hotmail.com

Fernando Lozano nació en 1981 y vive en Castelar. Si bien hace años ya que escribe reseñas y ficción, no se siente conforme con los encasillamientos. No se siente ni escritor ni baterista: se proclama orgulloso de ser un joven “normal” pero despierto y con una capacidad de asombro que lo mueve a generar algo nuevo. Es estudiante de Letras en la UBA. Está escribiendo una novela en la página www.undiadevida.com y empapelando la ciudad con afiches.

¿Cómo surgió la idea de tu novela Un día de vida y empapelar la ciudad con afiches?

La idea de Un día de vida como hecho artístico surge ante una necesidad muy personal: la de demostrar que aún la literatura puede ser un acto cultural consumible por las masas, que puede ser nuevamente divertido, un entretenimiento, un escape placentero de la realidad. Eso sí, debe presentarse en otro formato que no sea pura y exclusivamente el libro impreso y debe ser lo más económico posible para el receptor, ya que hoy día me parece una falta de respeto cobrar lo que se cobra por un libro. Lo único que se debe poseer para leer Un día de vida es conexión a la red. Nada más. Ni siquiera una computadora propia: por unos pocos pesos se puede pagar el servicio en algún locutorio. Punto. Parece que la propuesta resulta para bien: más de 800 personas diferentes entraron a la página y leyeron más de un capítulo; eso es un éxito. Subir un capítulo por semana a una web propia (no blog), titular cada capítulo con la frase de algún tema de rock & roll nacional, empapelar CABA una vez por semana con afiches personalizados para cada capítulo (o cada quince días, todo depende de varios factores, entre ellos el clima, los tiempos de los artistas, mi propio tiempo, etc.), colocar un video con la entrevista al artista plástico joven que acompañe al texto con su arte; la mixtura de artes en el proyecto tiene una génesis que data de muchos años. Es un arrastre de sedimentos que están en mi inconsciente hace muchísimo tiempo. Es un monstruo de dos cabezas: por un lado, la influencia de mis padres; por otro lado, la admiración que tengo sobre las figuras de ciertos amigos.

Dijiste que ya habría que dejar de leer a algunos escritores. ¿A quiénes te referías?

Me cansé que todo sea barrio o suburbio, de las zapatillas rotas y embarradas, del sufrimiento del joven obrero oriundo de alguna localidad del profundo Oeste del Gran Buenos Aires (por situar un punto), del todo pasado fue mejor. No va más. O sí, pero que se le deje espacio a eso otro, a esas vidas que también pueden ejemplificar los sabores y los sinsabores de la cotidianidad. Hace falta el glamour de lo presente y ordinario. Es interesante que ahora lo “otro” sea lo que en algún momento era lo preponderante. Los extremos son malos. Hace falta un poco de cada cosa para que haya equilibrio; no enfrentar, sí mezclar. Se me aparecen imágenes de algunos autores contemporáneos y, por defecto, debo enfrentarlos: de un lado, Juan Diego Incardona, Washington Cucurto, Luis Mey y Marcelo Cohen; del otro, el primer Charles Palahniuk, mucho de Irvine Welsh, todo John King y todo Harmony Korine. Frente a la poco consistente y caduca angustia del pasado exacerbado, el presente más rapaz; frente a descripciones un tanto abigarradas, la llaneza de lo instantáneo; frente a la localía como eje, el ser humano o la sociedad occidental como base. Creo que se puede reflejar ese sentido de pertenencia pero desde lo bajo, desde lo oscuro, lo apagado. Los sedimentos siempre están, hay que taparlos un poco para ver qué puede y qué debe salir a la luz. En Buenos Aires hay algunos autores que van, según mis gustos, bien encaminados: Juan Terranova, Leonardo Oyola, Alejandro Soifer y Nicolás Correa. De a poco se está enderezando la nave hacia buen puerto. Falta un largo trecho, pero ya se llegará.

¿Qué crees que le falta a la literatura argentina?

Lo que le falta a la literatura argentina (nuevamente, más de Buenos Aires y sus alrededores, que es lo que conozco) es libertad, seriedad y sinceridad. Me cansó un poco la literatura de la compasión, la literatura de los amigos y la literatura de la pose. Son tres nuevos subgéneros. Se lee más por la biografía del autor que por la calidad de lo escrito. “Uh, este chico fue adicto a varios estupefacientes duros hace dos años, se rehabilitó y ahora trabaja de acomodador en el cine de un centro comercial de no sé dónde y en sus ratos libres escribe sobre los vasos de gaseosa vacíos que se encuentra luego de cada función, es un genio” o “Vamos a la presentación del libro de X, edita sólo 500 ejemplares para nosotros, los elegidos… es amigo de J, que a su vez fue amante de W, que a su vez tiene dos hijos, uno es compañero de grado del nene de H” o “Mirá qué geniales que son estos pibes que hacen una feria del libro alternativa, la mayoría se viste con ropa que fabrican en su casa a mano (jamás máquina), editan en papel reciclado de envoltorio de manzana y todos sus libros están personalizados con la huella dactilar del dedo meñique de cada autor”. Estos ejemplos son pocos: no nombré los acomodados políticamente o los que llamo políticamente correctos, los que escriben por enrosque o porque queda bien decir tal o cual cosa sobre tal o cual período histórico. Ninguno de estos modelos que nombré convence a futuro.

¿Qué pensás del ámbito académico?

Hablar de ámbito académico ya te da la pauta de todo: gueto. Solucionado el tema: haga lo que se haga, va a quedar entre pocos, como siempre. Sirve para conocer una de  las miradas, la que al fin y al cabo prevalece, pero que hay que renovarla, llevar nuevas ideas, alterarla. Los pocos intentos que se llevan a cabo siempre caen en lo mismo: formar parte de la academia. Seamos realistas: todo orden se anula en la esfera de un caos para generar luego un nuevo orden, con las mismas bases metodológicas que el anterior. Casos de compañeros míos que eran los paladines de la justicia poética, contra el viejo sistema universitario, hoy son profesores y bajan línea a diestra y siniestra. No hay compromiso, no hay palabra. Los avances generalmente se hicieron desde otros espacios. El último muy buen ejemplo fue el programa “Ver para Leer”, conducido por Juan Sasturian. ¿Quién lo organizó? Una empresa privada. ¿Por qué? Porque generaba dinero. ¿Qué pensó la academia? Nada, ni atención. Tendrían que haber regalado videos de esos capítulos, estaban muy bien hechos. Tuvo muy buena repercusión en la gente que no está empapada en el tema. ¿Sabés la de personas que conocieron a Galeano por ese programa? ¿Sabés la de público que se enteró que Sarmiento era escritor?

¿Qué lugar ocupa la duda en la sociedad actual?

El personaje principal de Un día de vida duda todo el tiempo. Es una duda efímera, no muy hostil: duda de 23 capítulos cortos, duda de un día, duda de unas horas en realidad. El hombre duda mucho más seguido de lo que pensamos, pero no deja de actuar. El pasado no existe, desaparece, ya está: todo es presente porque es necesario que sea así en un mundo como el de hoy, que no te deja ni cinco metros para acomodarte y analizar la situación: todo está en constante movimiento. Eso, finalmente, es lo que da vida.

¿Sentís que estás armando una revolución cultural digital?

Creo estar dando una mano a algunos intentos muy interesantes de digitalización de la cultura. Desde los libros, hasta la música y las películas, todos hechos artísticos independientes y de descarga muy económica: los ensayos son muchos en realidad. Hay un solo error: la falta de masividad, la falta de gancho. Eso lo estoy trabajando: entregar un producto ameno y diferente, que atrape por lo audiovisual y por lo novedoso, que esté presente tanto en la calle como en la computadora, que trate de unir más que de separar. La equidad sobre la moda.

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