“Las orgías eran costumbre en Japón”

Conferencia de violencia de sexo-género en la Universidad de La Plata
Por Francisco Dalmasso // fran.dalmasso@hotmail.com

 

La charla iba a ser dictada por dos japonesas especialistas en acoso sexual y violación en el trabajo. Pero faltó una. Sólo asistió la Dra. Chisato Kitanaka, la creadora de una red contra el acoso sexual en la Universidad. El evento empezó media hora tarde y la directora del proyecto entró irritada. Durante la charla se culpabilizó a los hombres, pero en el final se demostró que son víctimas. Sólo había mujeres.

Hace frío. Un hombre de bigote entra preocupado y revisa una estufa. Lo sigue su “asistente” detrás. Ambos son canosos y llevan bufandas de colores desacordes a su edad. Utilizando tecnicismos complejos uno de ellos señala la estufa que está encendida y pregunta con aires de experto: “¿Está prendida?”. Arriba de la estufa hay una ventana donde uno puede observar los edificios húmedos como trapos rejilla. Los “expertos” se retiran de la sala y a los cinco minutos hay un leve olor a plástico quemado. Hay 10 sillas de madera, 13 sillas negras alrededor de la mesa y 30 sillas desparramadas en los laterales como si fuera un depósito de una mueblería. Hasta el momento no contabilizo más de seis mujeres presentes. Una está parada al lado de una foto del Colegio Nacional de la Plata enmarcada bajo un vidrio lleno de polvo. El cuadro es parte de la decoración de la sala del Consejo Académico del 6to piso; si bien el nombre suena espacioso no mide más que un living pequeño. Pertenece a la Facultad de Humanidades de la Universidad de La Plata, donde está por comenzar una charla sobre “Sexual Harassment at the university”. ¿Qué significa eso? El mail que me trajo hasta acá explicaba: “Conferencia de académicas japonesas especialistas en acoso sexual en la Universidad de La Plata”.

La charla empezaba a las 17 en punto. Pasan 25 minutos y las conferencistas no llegan. Observo cómo una mujer con una permanente perfecta se arrima a la puerta del Consejo Académico y pregunta a dos jovencitas: “¿Disculpen… (las reconoce) Ah… ¡Ustedes son las que estaban en la charla de Dora Barrancos! ¡Es acá!”. La razón por la cuál las feministas se reconocen es simple: son pocas. Otras mujeres reunidas en círculo están hablando sobre desarrollo social y una de ellas les comenta: “Estoy tomando un taller en Lanús, es una especialización comunitaria… de no sé qué… ¡pero está bueno, re ayudás a la gente!”. Todas se preocupan por hablar de sus vidas, sus hijos y lo bien que la están pasando, aunque en realidad no pase nada. Una de las mujeres interroga: “¿Hay que anotarse?”. La secretaria veinteañera, vestida íntegramente de rosa, del Centro Interdisciplinario de Investigaciones en Género (CINIG) y otra joven, de pulóver bolche, le contestan al unísono: “¡No!”. Luego una rubia de jean ajustado reflexiona en voz alta: “Sí, no somos muchas… ¿No?”. Nadie contesta, pero todas escuchan. Esa frase me hace sentir solo. “¡Qué lluviecita!… ¡eh!”, dice una japonesa que entra hablando japuñol. No es la conferencista. Pide prestado algo para anotar. Amago a sacar una lapicera, pero termina agarrando otra. Me siento invisible.

Las seis mujeres de golpe son siete y luego quince. Se sientan alrededor de la mesa. Apuradísima e irritada entra una mujer de canas blancas que se llama María Luisa Femenías y es la directora del CINIG. Detrás entra la Dra. Chisato Kitanaka, oriunda de Japón. Se comunican en inglés. Femenías le habla y le habla y Kitanaka se pierde y exclama la primera frase en español: “¿Cómo?”. La directora, harta, le agarra la mano a Kitanaka y la abandona en la palma de la mano de otra mujer que está a su lado y le ruega: “¡Che, hablá un poco vos con ella…!”. Kitanaka sonríe y esconde las manos en su espalda. Femenías aprovecha para sacarse la campera y suelta: “Gracias a todas por venir, a pesar de este día horrible. El ascensor no funciona, esperemos a las demás chicas que suben por escalera”. Son las 17:32. Femenías saca de una bolsa un paquete envuelto con dibujitos de globos y letras japonesas: “Trajo galletitas de Japón”. Recuerdo que el CONICET auspicia esta charla. La japonesa se sienta en la punta porque a su derecha hay una silla ocupada por una cartera. Explica: “Vamos a repartir un resumen de la charla”. Una mujer hace oídos sordos y se concentra en abrir el paquete. Anuncia que hay sabores de “ensalada” y “salsa de soja”. Empiezan a discutir de qué estára hecho el papel que las envuelve. “Lo que pasa es que es papel de arroz”, arriesga una mujer. “Son muy ricas”, acotan, “están buenísimas, Yoko”. Me ofrecen una y finjo que no sentí el sabor agrio a nafta. Pero ahora sí, me siento parte. Solo faltan mis tías.

La que nunca llega es la Dra. Mieko Yokoyama, es la otra conferencista anunciada para la charla. La Dra. Chisato Kitanaka lleva pelo corto, una mirada tranquila y fue la creadora de una “red contra el acoso sexual en la Universidad”. La encargada de la traducción es Carla Di Biase, que traduce exactamente mientras baja la mirada. “¿Podemos comenzar?”, pregunta Femenías y duda: “¿O esperamos el vaso de agua? Si Kitanaka me lo permite, comenzamos…”. “Voy a hablar de acoso sexual y acoso académico”, le traduce Biase. Cuando era estudiante y comenzó a dar charlas la “amenazaron” y le dijeron que “no iba a conseguir ningún cargo universitario”. Ella se resistía y ponía avisos detrás de las puertas de los baños para que las mujeres que “necesitaran contar  sus abusos” llamen telefónicamente o manden mails. En esa época recibieron miles de mensajes que certificaban que “las violaciones de mujeres ocurren todos los días”. En 1997 crearon una página web. En Japón el tema es confuso y es necesario que haya “penetración” para validar la violación. La mayoría de las mujeres acosadas son doctoras y maestras. Los agresores son conocidos por sus víctimas. “El acoso sexual y la violencia doméstica se ejercen a través de relaciones de poder y manipulación psicológica”. Recién en el año 1999 el acoso sexual laboral empezó a condenarse con demandas civiles.

A los pocos minutos de la charla me doy cuenta de que Kitanaka no está improvisando, sino que repite lo que tiene impreso en un papel. Resulta tan evidente que la traductora directamente mira el mismo papel que Kitanaka. “En Japón el estatus de la mujer es inferior. Nunca tuvimos un ministro mujer”, explica la doctora, y casi todas las mujeres abren sus bocas de asombro. “Antes la sexualidad japonesa en Japón era libre. Ahora se volvió ortodoxa. Existió un caso donde una mujer violó en un restaurant a cinco estudiantes varones”, y todas cierran sus bocas. La traductora se traba y se queda atónita y la japonesa lo repite. Di Biase asiente con la cabeza y confundida certifica: “Sí, dijo eso”. Parece que no es un tema de género porque “el 40 de las víctimas son varones”, explica Kitanaka. “En Japón hace 200 años las orgías eran costumbre. Los hombres y mujeres vivían desnudos y en verano todos se juntaban en una aldea especial y tenían sexo libre. Esto sucedía en el antiguo Japón y proliferaban las parejas sexuales”. Hoy en día la gente de Japón se aguanta los impulsos sexuales. “Con la modernidad, las prácticas sexuales entraron en el código penal y todo cambio”, sintetiza Kitanaka.

“¡TUMMMM PACCC!”, se escucha seco contra la ventana y todos giran sus cabezas y observan a dos palomas pegadas como fotocopias en el vidrio. Kitanaka aprovecha que todas se dan vuelta y mira su reloj y anuncia rápidamente que “llegó el final y pueden preguntar”. Una mujer con exceso de maquillaje se ríe: “Me olvidé de grabar, qué boluda”. Es María Marta Herrera, profesora ayudante de introducción a la filosofía y la coordinadora de la charla que no abrió la boca. Ella es quien le da indicaciones a la traductora mientras controla la hora en su Blackberry y dice: “Hacé la traducción en general, traducí rápido porque te van a enloquecer”. Una morocha con una blusa roja interroga: “¿Hay poca denuncia de abusos, no?” y Kitanaka repregunta: “¿Cómo sabe usted eso?”. “No sé, lo supongo”, dice mirándose las uñas y exclama en voz baja: “Ya a esta hora no me sale ni la pregunta…”. La doctora contesta: “Nosotros no suponemos, nos manejamos por datos estadísticos. Hay 100 casos de denuncia por acoso por año, pero sigue siendo poco”. Yo pregunto por la Dra. Mieko Yokoyama, pero Di Biase me traduce que “está ocupada en asuntos académicos”. Sin dejar que termine de hablar y para esquivar el mal momento, Femenías se levanta de su silla e interrumpe: “¡Gracias Kitanaka! ¿La aplaudimos?”.  Y exige: “Hay que tirar papeles que dejaron ¡Eh! ¿No me van a dejar todo sucio?”. Kitanaka se retira y desaparece en un ascensor. Femenías se encarga de repartir las últimas galletitas a las mujeres presentes. A mí no me ofrece ni una.

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Categorías:Crónicas

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