Público estable

Entrevista a Claudio Benzecry
Por Marcela Zena //  marcela.zena@gmail.com

Claudio Benzecry habla de su libro El Fanático de la Ópera (XXI Editores), donde reflexiona acerca de la ópera en Buenos Aires como consumo cultural, pero sobre todo analiza la relación que mantienen con ella los amantes del género. Benzecry es argentino y actualmente vive en Nueva York, estudió Ciencia Política en la UBA y es Doctor en Sociología de la NYU (Universidad de Nueva York). De su paso por Buenos Aires, Revista Tónica lo entrevistó en Libros del Pasaje en el barrio de Palermo.

La ópera en tu familia viene de larga data, tu padre Mario Benzecry es Director de Orquesta y tu hermano Esteban es compositor. ¿Cómo fue  separarte de esos recuerdos para adentrarte a la ópera desde los fanáticos?

¿Te acordás de Asterix y Obelix?. Siempre digo que era como Obelix, en el sentido que me caí de chico en la marmita de la poción mágica y que eso me parecía lo más natural del mundo. Era un mundo que habité en mi infancia, pero extrañamente del que intenté deshacerme durante años. El tema de una carrera propia que tenía poco que ver con la música. Creo que fue de super casualidad, en Nueva York surgió lo de la cultura. Empecé a leer mucho sobre estatus, alta cultura, cultura popular; y me empezó a hacer mucho ruido todo lo que leía. Ahí me empezaron a aparecer esos recuerdos, como una forma de entrada más o menos interesante.

¿Qué recuerdos vienen de tu infancia?

Cuando yo era chico mi viejo era director musical del ballet, siempre director invitado de la Filarmónica y la orquesta de él tocaba en el Teatro Colón. Tengo entre eso y que me vieja era representante de artistas también.

En El Fanático de la Ópera vas contando lo que les pasa a los fanáticos. ¿Existe alguna historia que te haya conmovido más?

En realidad todas. Hacer el libro, más allá de lo bueno de decir ciertas cosas. Me dejo un regalo super para mí, que es aprender cómo se disfruta. Yo sé que es gente más extrema que uno, cómo arma su gusto y más enfocada. Pero creo que casi todos tienen una  necesidad fuertísima de contar esto a alguien. En casi todas las historias se mezclaba lo biográfico, lo sentimental y quiénes eran ellos. En algunos casos era gente que estaba casada, que tenía hijos, nietos. Sin embargo, la vida les pasaba por contarte su relación con la ópera.

¿Cómo fue el trabajo del etnógrafo y estar con los fanáticos?

En el 2005 fui casi toda la temporada; de hecho como que me mude a vivir a Buenos Aires. Desde el 2002, yo venía siempre de mayo a julio o de junio a agosto. Ahí fui más a mirar y tomar notas y tener idea de que hacia la gente. No tenía un enganche tan fuerte con la gente. En el 2005 iba cuatro, cinco veces por semana. Había algo de ópera y yo estaba ahí. En parte para ver quiénes iban, quiénes iban todo el tiempo.

¿A cuánta gente entrevistaste?

No sé, es una mezcla de las entrevistas formales y estar ahí todo el tiempo con ellos. Ellos te hablan todo el tiempo, había una cosa muy fuerte de ellos querer darte la definición. Yo iba con una libretita anotaba y no me conocían. Todo el mundo me decía “¿Usted quién es?”, “¿Por qué está anotando?”. Yo les decía estoy haciendo un estudio sobre el público. “¿Y vos dónde vivís?”. “En Nueva York”. Inmediatamente, había una fantasía cómo se comparaba esto con New York, y por otro lado, “esto es lo que tenés que escribir, pibe: viste eso que hay un coro estable, un cuerpo estable, nosotros somos el público estable”. Esto fue la tercera vez que fui en el 2005. Después de diez y seis meses de estar viendo cosas, la mejor definición lejos fue esa.

¿Ahí te involucraste más con las historias?

Te diría que lo que empezó a pasar fue un camino de ida y vuelta. Hacer central las historias. Hacer central lo que es el amor. En el sentido de que yo hablo mucho de la ópera, y capaz por cuestiones biográficas era un libro acerca de qué significaba enamorarse, sostener una relación, cargar un objeto con afecto.

¿Una definición de amor por la ópera?

El personaje de Luis dijo que “era como ir a la casa de la madre”. En ese sentido era como ir a la casa, todos lo conocen pero como lugar de protección. Para mí siempre gana Franco, que tiene la anécdota de que él olía jazmines en el escenario, no había nada pero tenía una inmersión sensorial.

¿Qué fue lo mejor y lo peor?

Marco que hay algo siempre medio cruel: lo que reconstruís son vidas reales. Obviamente te importa lo que decís, y uno juega un poco en analista reconstruir sentidos, cruzar trayectorias y objetivarlas. Eso siempre es medio cruel con la persona que te confío su historia, en algún punto hay algo de deshumanización. Son personas reales, pero al mismo tiempo como objetos de estudio y procesos de individuación. Es como cuando vas al psicoanalista: el que hablas sos vos, pero que el te devuelve tu palabra hablada es el psicoanalista; algunas veces la pasás mal con eso.

“La fuerza está en la música”, señalan los fanáticos.

Ellos te dicen que hay una conexión física de diafragma a diafragma. Todos decían “yo siento acá” (marcándose el diafragma). Ahí es donde sale la voz de la otra persona. Es una conexión. Creo que hay algo de escucharlo en la radio. Igual es muy loco, más allá que  escuchan obras enteras, pero también escuchan fragmentos que son los que les producen ese desdoblamiento.

¿Es verdad que los fanáticos tienen opiniones encontradas con Colón?

Sí, lo que pasa es que empieza a pagar algo raro. Siempre se ofende la gente cuando lo digo. Lo que empezó a pasar mucho de la mano de los otros lugares de ópera, sobre todo pensá en el Teatro Colón post 2001. El Colón se desinternalizó a lo bestia, tuvieron que salir a saquear el circuito alternativo para ver quiénes estaban ahí cantando porque no tenían a quien traer literalmente. Mucha gente iba al Colón por la fantasía de que ahí iba a encontrar algo increíble que después no encontraba. Entonces iba a los otros lugares (el circuito off), donde nadie te prometía algo increíble. Te prometían vocación, pasión. “El Colón había sido siempre distinto y separado de lo que pasaba afuera”, me decían, y ahora no lo es más, y en un punto esto no justificaba ir. Llegabas ahí y era lo mismo que los demás lugares: capaz que desafinaban, capaz estaba sucio, capaz que estaban de paro.

¿Cuándo aplaudir según los fanáticos?

Tenés cuestiones de etiqueta. Cuando va un público nuevo no importa, no abuchean porque no saben donde aplaudir. Ahí hay algo que está muy ritualizado en la ópera; de hecho el director ya lo respeta y ralenta el arranque del número musical siguiente, que es que hay arias donde están todos esperando porque es el momento de lucimiento de un dúo, un trío o un solo. Cuando termina eso, es el momento de aplaudir y generalmente la música no sigue a un ritmo natural. Hay veces que la gente no aplaude ahí, pero le gustó otra parte y aplaude; es un momento que vos decís “lo van a matar”. La ópera es una serie de actividades que van con eso. Mucho de lo que yo leí daba esto por dado. Hay una forma de ir, unos objetos culturales, una forma de que te guste, unos conocimientos a adquirir; acá te das cuenta de que en realidad se van tejiendo de a poco, con el paso del tiempo y de una forma muy particular.

En los pisos superiores abuchean cuando algo no les gusta. ¿Es políticamente aceptado por el resto del público del Colón?

Son dos argumentos en paralelo. Uno es que el Colón ha tenido como tres espacios semi separados, en un punto lo ves en la arquitectura. Si vos vas tenés tres entradas. Los que entran a las plateas, los palcos y palcos bajos; los que entran a la cazuela y tertulia; los que entran a galería y paraíso con tres filas distintas. Como estás arquitectónicamente aislado, no se cruzan nunca. Hay gente que dice “Estos locos, ¿cómo puede ser que alguien venga a insultar tres veces?”. Es un compromiso fuerte de repugnancia, decir “voy a ir de nuevo porque no me gustó la puesta”. Constitutivamente, la gracia no es ir de nuevo, sino te gustó. Hay algo de apropiación: “esto es nuestro”, “los artistas son nuestros invitados”. Mucha de esta gente te dice: “a cambio de haberle dado 40 años de mi vida a la ópera, soy el dueño de lo que pasa ahí”.

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