Cortos alientos del inframundo

Por Ezequiel Barbosa Vera // ebarbosavera@gmail.com

Los ingrávidos, de Valeria Luiselli.
Sexto piso. 143 páginas. $99

 

Fantasmas, subterráneos, desencuentros, puñaladas de aire: tiempo y espacio que se disuelven en la escritura de Los ingrávidos. Antes de esta primera novela y entre sus múltiples colaboraciones periodísticas en distintos medios de México y Estados Unidos, Valeria Luiselli había publicado en el 2010 una serie de ensayos reunidos bajo el nombre de Papeles falsos. En aquel entonces fue uno de los títulos más celebrados por la crítica mexicana, pasó desapercibido para los lectores argentinos porque jamás fue editado en nuestro país. Al año siguiente Los ingrávidos corrió una suerte distinta y logró colarse entre las novedades de las librerías locales.

Qué hay debajo del suelo narrativo de Los ingrávidos: ruido. En la superficie conviven ciudades y presentes múltiples, vivos que se creen muertos y muertos que hacen las veces de vivos para perderse en un tiempo diferente al suyo. Una madre escritora que da cuenta de su pasado en una novela de cortos alientos (“las novelas son de largo aliento. Eso quieren los novelistas. Yo tengo un bebe y un niño mediano. No me dejan respirar. Todo lo que escribo es de corto aliento”), exhalaciones breves que se traducen en fragmentos mínimos que alternan entre metaficciones personales, narraciones domésticas, experiencias de su juventud y la voz distintiva del poeta Gilberto Owen. Sitios, narradores y personajes permutan sus ubicaciones de forma aleatoria, puntos dispersos que tienden a enfrentarse en más de una ocasión y que constituyen la trama novelística.

En el subsuelo las partes no son tan confusas como aparentan, sino que responden a un esquema narrativo prototípico y casi obligatorio de la literatura contemporánea: segmentos abreviados y superposición de planos que desnudan el artificio de la novela, imágenes difusas e intensas, alusiones metaliterarias a la propia obra. Con la profusión de elementos la tensión tiende a desaparecer y termina por fundirse en un mecanismo más de la construcción literaria. En esta diversidad de recursos, sin embargo, destacan la voz decadente y melancólica de Gilberto Owen y sus tristes andanzas en una Nueva York de los treinta, así como también la claustrofóbica recreación de la intimidad de la escritora en el departamento familiar desde el que narra.

Muchas tonalidades componen Los ingrávidos y no siempre concuerdan entre sí. Debido a la distribución “de corto aliento” de las escenas, las palabras son llevadas a una condición límite en la que pueden perder peso y volverse flotantes, livianas, con el riesgo de ensombrecer algunos de los mayores aciertos de la novela.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s