Merienda con garbanzos

Por Natalia Gauna // naty_gauna3@yahoo.com.ar

 

Una “suerte de city-tour unplugged” me convoca el jueves a las cuatro de la tarde junto a otros nueve espectadores a la puerta de la Fundación Tomas Eloy Martínez. La propuesta de recorrer el barrio de Boedo junto al escritor suizo, Robert Walser, me despierta curiosidad. Llego temprano; son recién las cuatro menos cuarto cuando el director de la performance, Marc Caellas, me intercepta en las escaleras de ingreso a la Fundación y me pregunta si vengo al ensayo del paseo. “Sí”, le contesto. “Entonces nos encontramos en 15 minutos en la puerta, ¿sí?”.

Observo que una chica excéntrica vestida casi enteramente de un azul eléctrico, con algunos detalles en amarillo y unas botas texanas cruza apresuradamente la avenida. “Debe ser actriz”, pensé y si no es parte del elenco, va a ver el mismo espectáculo que yo. Desde la esquina observo un grupo de personas esperando. “La puta madre, al final llegué tarde”, pienso. “Declaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus, y bajé la escalera para salir a buen paso a la calle”, así comienza El paseo, la novela que Walser escribió en 1917 y así comienza a recitar el escritor y actor, Esteban Feune de Colombi.

Con un traje azul, sombrero y paragüas en la mano, el actor intenta recrear la apariencia del escritor que nació en 1878 en Biel, Suiza, y murió en 1956 mientras daba un paseo. Su vida resultó tan misteriosa y errática como sus personajes. Walser era fue un escritor sombrío y solitario al punto que pasa sus últimos años en un manicomio atormentado por las alucinaciones y los trastornos nerviosos. Su obra se destacó por su estilo casi autobiográfico, recreando personajes que transitaban de un lugar a otro, historias de vagabundos y convalecientes, sin rumbo ni destino. Caellas recupera este texto y lo transpola al barrio porteño de Boedo. Allí, encuentra las calles angostas, los pasajes, la arquitectura de principios de siglo XX que se mezcla con los edificios modernos, las librerías barriales y los comerciantes que mantienen intactas maquinarias de antaño. Si bien este parece ser el escenario perfecto para revivir las caminatas de Walser la relectura anclada en una visión melancólica del tiempo termina por imprimir a esta performance una única lectura: “todo tiempo pasado fue mejor”. Los elementos dramáticos presentes en la novela de Walser quedan desdibujados en tanto el actor es sólo un excelente declamador de las palabras del escritor suizo.

Entramos en una pequeña librería para la que diez personas son una multitud. Cada uno busca donde acomodarse para poder observar a Walser que recorre con la mirada los estantes plagados de libros. “¿Podría ver y apreciar al instante lo más esmerado y serio, y por tanto, naturalmente también lo más leído y más rápidamente reconocido y vendido?, pregunta Walser a la mujer que atiende. “Con mucho gusto”, contesta ella con voz casi quebrada por los nervios que le generan su devenida actuación. Finalmente, Walser agradece el libro pero decide no comprarlo a lo que la librera responde con un insulto. Otra vez en la calle, el escritor promete que pronto llegaremos a la casa de la señora Aebi que nos espera para comer. Unas cuadras más adelante, una joven canta y baila en la ventana de una casa. Es la misma mujer con la que nos encontramos antes.

“Le espera si sabe cuidar y educar con precaución su hermosa, joven y rica voz, lo que requiere tanto su propia comprensión como la de otros, un brillante futuro y una gran carrera”, dice Walser a la actriz. Ella responde con una sonrisa y agradece las palabras del escritor. Si bien es difícil delimitar qué elementos son parte de una escenografía montada, o bien, intencionalmente encontrada en una obra que se emplaza en el espacio público, la comunión entre la ventana en la que canta la actriz, la calle angosta y desolada, el camión de mudanzas – ¿es azaroso que esté allí? –, las dos señoras que apoyadas en el camión fuman y conversan casi como si fueran extras y Walser, al frente de todo ello, resulta la escena mejor lograda de esta propuesta teatral.

Un paseo con Robert Walser permite el diálogo entre dos géneros que demuestran no estar distanciados: el teatro y la literatura. Es acertada la visión del director de encontrar en El paseo aquellos elementos meramente dramáticos, que en la sola lectura brindan una escena posible, una imagen del escenario en el que está ese personaje y en el que relata sus historias y dialoga con su mundo. Los actores interpretan los personajes de Walser pero, a su vez, son ellos mismos los que recorren el barrio junto al director, cuestión que reafirma la idea de que “estamos frente a una puesta teatral” que cuestiona las mismas bases del teatro. Caellas es quien dirige a los actores pero también es un simple espectador que se sumerge en el mundo ficcional de Walser. Este doble rol no escapa a su concepción del teatro ya que en su vasta trayectoria cuenta con varios trabajos consolidados desde la intervención en el espacio público, cuestionando los cánones de la representación. Natalia Helo imprime de dulzura las palabras del escritor suizo mientras que Feune de Colombi se adueña de cada palabra dicha. Sin embargo, las palabras bien dichas y las buenas intenciones no alcanzan para traspasar la cuarta pared, inexistente pero implícita, para conmover a los espectadores de modo tal que creamos que caminamos junto al verdadero Robert Walser con el que redescubrimos este barrio porteño.

Seguimos camino rumbo a la casa de la señora Aebi. Walser se detiene frente a la “belleza humilde” de la fachada de una casa antigua entre las construcciones modernas. Ya en el interior de la casa, la señora nos invita a sentarnos en una mesa larga preparada para los diez comensales. Una copa de vino y un plato con una mezcla rara de garbanzos condimentados con ajo, cebolla y ají. Deben ser casi las cinco de la tarde y estoy merendando garbanzos. Ninguno conversa, todos comemos sin mirarnos, sin prestar más atención que al plato y la copa de vino. Por suerte se rompe el silencio. “No come usted”, pregunta la señora Aebi. “Me es imposible comer más”, contesta Walser. Ella insiste: le molesta que deje de hacerlo y que descree que se trate de cortesía sino de que no le gusta la comida. Walser intenta hacerle entender que “se está ahogando” de tanto comer pero no resulta contundente. Él se retira y ella se ríe, disculpándose con el escritor porque todo eso se trató de una broma.

Ya no pasa más nada. Los espectadores ni aplaudimos ni conversamos. Algunos siguen comiendo, otros empiezan a sonreír, yo sigo mirando la puerta por la que salieron los actores esperando que no haya terminado. “Bueno, hasta aquí”, dice Caellas, y ahora sí aplaudimos.

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