Los toros salvajes de las Pampas

 Boxeo en la literatura argentina: De la mandíbula de Arlt al fino uppercut de 12 rounds

Por Mariano Vespa // marianovespa@gmail.com

 

“Los campeones no se hacen en gimnasios. Están hechos de algo inmaterial que está muy dentro de ellos. Es un sueño, un deseo, una visión.”  MUHAMMAD  ALI

 

Cuenta Julio Cortázar en La Vuelta al día en ochenta mundos que en 1923 con nueve años vivió casi en directo la transmisión de la pelea protagonizada por el estadounidense Jack Dempsey y el juninense Luis Ángel Firpo en el Polo Grounds de Nueva York. Considera que el combate es, junto con la invención de la radio, el gran hito del siglo XX. “La pelea del siglo” duró solo tres minutos. Dempsey, habilidoso púgil, derribó a Firpo en siete ocasiones. Con un certero gancho derecho Firpo, “El toro salvaje de las Pampas”, tomó revancha y sacó del cuadrilátero a su rival. Al caer, Dempsey partió en dos la máquina de escribir del periodista Jack Lawrence, quien junto a otros corresponsales,  ayudaron a poner de pie al “El matador de Manassa”. El desmesurado conteo del árbitro fue otro de los causales que posibilitaron la embestida de Dempsey en el segundo round. Pese a la derrota Firpo fue recibido como un héroe y fue el padre de una cantera inagotable de grandes campeones. Probablemente, si la pelea del siglo no hubiera sido un robo categórico, el boxeo tendría un lugar acotado en la literatura argentina. En una entrevista realizada por el periodista español Antonio Trilla, el mismo Cortázar reafirma: “Aquello fue como una tragedia nacional, porque en la Argentina se consideró un robo al país aquella pelea. No faltaron los que pedían romper las relaciones diplomáticas con Estados Unidos”.

El boxeo, que ocupaba un papel relevante en periódicos y publicaciones deportivas, tenía un espacio marginal en el ámbito literario. Salvo el poeta platense Álvaro Yunque, con variadas menciones al noble arte en forma de sonetos, el resto de los escritores no repararon en un deporte “grasa”. Fue Cortázar quien despedazó los cánones vigentes y lejos de cualquier rechazo intelectual, incluyó su pasión por este vil deporte en varios relatos.  En “Circe” el narrador toma la pelea de Firpo – Demsey para contextualizar la “humillada melancolía casi colonial” que sufría el pueblo argentino. Más allá de que se trató de una simple alusión, este cuento publicado en Bestiario en 1951,  fue el punto de partida para los posteriores “Torito”, “La noche de Mantequilla”, “El noble arte” y la crónica “Descripción de un combate”, entre otras referencias. “Torito”, que salió a la luz en 1956, es un gran diálogo interior que muestra un racconto de algunos momentos en el ring de Justo Suárez, “el torito de Mataderos”, uno de los primeros ídolos populares de nuestro país. El uso del argot pugilístico,  cercano al lunfardo, es el soporte simbólico en el cual se apoya la historia. En “La noche de Mantequilla”, publicado en Alguien que anda por ahí en 1977,  la pelea de Carlos Monzón y el mexicano José “Mantequilla Nápoles” es el escenario para una narración que destila suspenso.  En ese mismo reportaje Cortázar muestra su preocupación estética de entablar una conexión lábil entre el boxeo y la literatura:“Yo desde muy joven sentí que debía desacralizar, quitarle a la literatura esa imagen ‘noble’; siempre pensé que había en la vida cotidiana elementos llenos de belleza, que era necesario incorporarlos a la literatura. Desde el comienzo hay en mis libros referencias del tipo que señalas. Un buen match de box -como decíamos antes- puede ser tan hermoso como la metáfora más ‘noble’”.

En la década del 30 Roberto Arlt había insinuado tal vínculo. La “violencia de un cross a la mandibula” que sugirió en el reconocido prólogo a Los Lanzallamas lo confirmó en el aguafuerte “El idioma de los argentinos”: “Los pueblos bestias se perpetúan en su idioma, como que, no teniendo ideas nuevas que expresar, no necesitan palabras nuevas o giros extraños; pero, en cambio, los pueblos que, como el nuestro, están en una continua evolución, sacan palabras de todos los ángulos, palabras que indignan a los profesores, como lo indigna a un profesor de boxeo europeo el hecho inconcebible de que un muchacho que boxea mal le rompa el alma a un alumno suyo que, técnicamente, es un perfecto pugilista”.

Sin bien existe cierta consanguinidad con sus antecesores, los relatos “El Laucha Benítez cantaba boleros”, publicado por Ricardo Piglia en 1963 y “El hombre de la zarza” de Liliana Heker del año 1966 produjeron un quiebre: el verdadero combate se presenta en el seno de las relaciones humanas conflictivas. En los setenta Abelardo Castillo incluyó, en “Negro Ortega”,  la problemática de la corrupción en el desarrollo de las peleas  y  Bernardo Kordon en “Kid Ñandubay” relató el devenir de  un boxeador que inicia un viaje revelador  que culmina en un circo. Es preciso recordar que se trata de una época de combates memorables: Bonavena vs. Ali; Monzón vs. Benvenutti; Galindez vs.  Kates.  En 1980 la novela de Osvaldo Soriano Cuarteles de invierno describió una pelea de boxeo como trasfondo de un festival organizado por autoridades militares. Soriano, al igual que Pedro Orgambide,  le rindió homenaje a Gatica en Artistas, locos y criminales.  Como contraparida, en el menemismo la visibilidad de los relatos boxísticos fue exigua salvo contados ejemplos como “Regreso al cuadrilátero” de Roberto Fontanarrosa (1990)  o la nouvelle Un campeón desparejo de Bioy Casares, en el cual un taxista llamado Luis Ángel reparte golpes por doquier como modo colérico de hacer justicia.  Con el advenimiento del nuevo siglo,  las antologías Cross a la mandíbula y De puño y letras, con selección de Sergio Olguín y Vicente Muleiro respectivamente, recopilaron varios de los relatos mencionados anteriormente.  La novedad, difusa, la aportaron las novelas de  Eduardo Berti La sombra del púgil y de Martín Kohan Segundos afuera que superponen en forma lateral el boxeo con la atmósfera sociopolítica de la década del setenta.

El libro 12 rounds. Cuentos de boxeo editado este mes por Lea y compilado por los escritores Juan Marcos Almada y Mariana Kozodij retoma la tradición literaria en relación al boxeo y abre nuevos puntos de discusión. Cabe preguntarse, ente otras cuestiones, si el espesor  del boxeador como figura social ha cambiado. En “El Cacique”,  primer cuento de la antología, Marcelo Guerrieri da el primer golpe: “El ring es un lugar sagrado. No se ensucia”. Es preciso pensar en un cuadrilátero bidimensional. Por un lado la base de resortes, espuma y lona,  permite amortiguar una eventual  caída.  Por otra parte, es posible imaginar la existencia de un  espacio simbólico situado en la psique del deportista,  razón ulterior de los mayores éxitos y fracasos.  Los mejores entrenadores remarcan que más allá del talento, el estado animico y  emocional es, a fin de cuentas, el último gong. Por algo Bonavena se preguntaba “¿Cómo será eso de tener un conflicto con uno mismo?”. Juan Guinot en “Unificación” se olvida de la definición maradoniana. Cambia de rumbo y desarrolla un cuento futurista donde “el cuadrilátero es instalado sobre la plataforma marina de una antigua extractora de petróleo”.  Por otra parte, en “Katrina” Clara Anich relata la  historia de una boxeadora aficionada dispuesta a dar todo sin importar lo que se cruce en su camino.  De la misma forma  “Iniciación” de Patricia Suárez toma ese camino: una joven asiste a clases de boxeo como contrapartida al miedo que le tiene a su marido golpeador. El boxeo y la violencia domestica a menudo se entrecruzan. Los ejemplos son vastos. En el relato “Marta tiró la toalla” Nicolás Correa  retrata esa agresividad en su versión más descarnada.  Al temor y la humillación, Carlos Salem le agrega la venganza y concibe magistralmente “Por un Kebab”.  Junto con “Pampero” de Hernán Brignardello,  ponen el acento en las peleas clandestinas. En “Otro Ring”, Mariana Kozodij retoma el espacio del gimnasio para narrar una historia de amor o “la penetración del golpe perfecto en las entrañas de un objeto de deseo”. Lo mismo sucede con “Recortes” de Juan Marcos Almada en el cual, mediante datos concretos prima el recuerdo de una relación amorosa efímera pero no menos intensa. La nostalgia tanguera que emerge de las entrañas se adhiere a la praxis pugilistica. Así,  el protagonista del escatológico “Cacho de Fierro” de Patricio Eleisegui rememora desde un asilo sus días de gloria. Edmundo Rivero lo percibió con lucidez: “Tu razón no importa nada, / Cuando el ansia de la turba/ Sólo espera la trompada,/ Que te eleve o que te hunda”.  En el boxeo conviven la atmósfera empírea y obscena, la proeza y el desdén. No es casual, entonces, las alusiones a la esfera política que se establecen en  los relatos de Marcelo Lujan y Gabriela Cabezón Cámara.  En “Reyes del cincuenta y uno”, Luján  evoca la pelea  Gatica vs. Williams en medio del fervor popular que causó el peronismo. “Viviendas dignas, con buena vista y muchos parques” de Cabezón Cámara adopta la forma de un discurso de campaña de una exboxeadora transexual candidata a presidenta.

Tal como lo afirma el campeón Sergio Víctor Palma en el prólogo: “El boxeo sigue siendo la disciplina deportiva de la que más se ocupan escritores, sociólogos y poetas”. En medio de un linaje trascendente pero disperso, la antología acierta en retomar una temática popular que deviene múltiples incertidumbres e interpretaciones. En palabras de Joyel Carol Oates: “El escritor contempla a su contrario  en el boxeador, que es todo exhibición pública, todo riesgo e, idealmente, él conocerá el limite de una manera en que el escritor, como todos los artistas nunca llega a conocer”.  12 rounds es un valioso punto de partida.

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