El editor como etólogo

Entrevista a Luis Chitarroni

Por Alicia Digón // aliciadigon@hotmail.com

 

Entrevista a Luis Chitarroni (Buenos Aires, 1958). Escritor y crítico, fue asesor literario y editor de Sudamericana durante más de veinte años; hoy dirige la editorial La Bestia Equilátera.

¿Cómo surge la idea de La Bestia Equilátera?

Los inicios los cuenta uno tantas veces que está tentado de ensayar variaciones. Natalia (Meta) y Diego (D´Onofrio), que habían sido alumnos míos, sintieron piedad del trabajo que yo hacía en Mondadori y me ofrecieron armar una editorial nueva, que editara y publicara cosas que nos gustaban en serio. Natalia había leído una novela de Muriel Spark (la que se publicó luego con el título Los encubridores) y quería traducirla. Traté de disuadirlos. Como soy un cazador inconfesable de libros viejos, de libros usados, le regalé a Nat la edición de Emecé de no me acuerdo ya qué novela de Spark, para darle a entender que a la autora la habían “probado” otras editoriales y no había funcionado: ¡terminaron en mesa de saldos! Por jóvenes, Natalia y Diego me ganaban en resistencia y obcecación. Salió el primer libro, que, pese a nuestra falta de estructura, tuvo buena repercusión. Adoptamos el nombre de un relato inconcluso (¿novela?) de Diego D’Onofrio. Tenía la ventaja de parecer excesivamente significativo sin serlo, cierta calidad de amenaza onírica. Aparte éramos tres. El primer objetivo, en apariencia desinteresado, era difundir lo que más nos gusta leer. Tenemos muchos otros ahora que tratamos de ser, en apariencia, una empresa comercial.

¿Qué historias hay detrás de los libros que publican?

Tanto en el caso de uno de nuestros libros más vendidos, El mármol, de César Aira, como en el de uno de los menos, El señor de la luz de Maurice Renard, el azar nos reveló secuencias programáticas que no habíamos intentado descubrir. Para el primero, Max Papandrea sugirió, ya que nos gustaban los tres proyectos de tapa que nos trajo Juan Pablo Cambariere, que “vistiéramos” la novela de César de manera distinta en tres partidas, tres tiradas, y que los lectores votaran por la que más les gustara, una especie de encuesta “bestial” que nos salió bien. A su vez, las novelas de Renard nos daban trabajo a Diego y a mí, porque había muchas que nos gustaban, Las manos de Orlac entre otras, y no lográbamos decidirnos. César dirimió el asunto cuando nos trajo El señor de la luz y nos regaló su traducción, tan admirable para entender, entre otras cosas, un sector oscuro de la narrativa francesa, y las novelas del propio Aira.

¿Qué define a las colecciones de la editorial?

Tenemos en funcionamiento dos colecciones, que equivalen a tres, y en suspenso unas cuantas, que arrancarán cuando hayamos sorteado ciertos obstáculos. Son la de narrativa, naturalmente “bestial”, que seleccionamos con muchísimo cuidado (de no saturar, de no repetirnos, de no traicionarnos), y que tan buena aceptación tuvo de la crítica. Ahí siempre hay un contratiempo que como editor termina divirtiéndome. Aquello que parece menos trillado encuentra siempre al crítico que está de vuelta de todo (aunque no haya ido solo a ningún lado), y que mira de soslayo, ufano, soplándose las uñas, y dice “a papá mono”. Con los años creo que la tarea importante del editor consiste en observar la conducta de los títulos, la de ser una especie de etólogo de los libros. A partir de eso, seguir equivocándose, claro, como los mejores científicos.

Actualmente tenemos la colección de ensayo –Zettel–, un homenaje tripartito no equilátero, está dedicada a Wittgenstein, a Arno Schmidt y, sobre todo, a Héctor Libertella. Y es todavía muy joven para que podamos evaluarla. A ella pertenecen libros anteriores al bautismo, como el caballo blanco de Calveyra,  mis siluetas y tazas de té, y también los libros de Badiou, Woolf, Holroyd y Bazlen. El último título es La palabra y la ciudad, un extraordinario curso filosófico sobre la persuasión de la palabra y la resistencia del mundo, compilado por Pilar Spangenberg y Gabriel Livov. Con el tiempo, las  decisiones prematuras irán trazando su propio sendero, su propia tendencia. Hoy creo que La biblioteca ideal, de Matías Serra Bradford, también entra en esta corriente intempestiva, un híbrido de narración y ensayo, reacio a la definición, más que en la colección narrativa. Ya ves, no nos distinguimos por la ortodoxia.//RT4

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