El verdadero nickname de Mavrakis

Por Martín Felipe Castagnet // martinfelipecastagnet@gmail.com

troll

No alimenten al troll, de Nicolás Mavrakis.
Editorial Tamarisco, 2012. 147 páginas. $55.

Los seis cuentos de No alimenten al troll constituyen, en su totalidad, una única novela de ideas. Mavrakis firma sus textos a través de las cursivas. No señalan sólo lo extranjero: en cursiva se resalta comment, pero también comentario. Troll, por ejemplo, bien podría tener una cursiva doble. Después de la lectura en .pdf de #findelperiodismo y otras autopsias en la morgue digital, sobrevive la impresión de que la cursiva es un rudimento en papel del hashtag. El hashtag es hipervínculo, pero también distinción gráfica. Imposibilitada del corte transversal del hashtag, la cursiva se contenta con otorgar otra capa de significado, el palimpsesto de una palabra homófona pero no homógrafa. Un ejemplo de cada cuento: “Citas, como en la televisión: otra deformación del encierro”; “Ese tono que en el ambiente publicitario suele llamarse aterrador”; “A eso lo llamo horizontalización de las jerarquías”; “No dice denunciar por capricho”; “Lo que un pésimo guionista de ciencia ficción habría llamado mi expresión de sorpresa”; “«Institucionalizarse» suena mejor, queridos traductores checos”. Televisión, avisos publicitarios, académicos, community managers, guionistas, traductores: la imposición léxica funciona entre el gueto del oficio y la masividad del mercado; quien remarca con cursiva agrede esos significados y, más que subrayarlos, los tacha.

El mandamiento digital que da título al libro consiste en no responder a las agresiones, precisamente porque la tentación empuja a responderlas. En el cuento del mismo nombre, el remitente tiene como destinataria una única casilla de mail, pero se dirige a sus lectores en plural. ¿Es nmavrakis@gmail.com el verdadero destinatario de los mails? En “Fireman” el protagonista es el encargado de crear y hacer cumplir el protocolo que mantiene los trolls a raya. Fireman es el hombre del Firewall. En su caso, no una barrera contra el fuego sino una barrera de fuego; al igual que los bomberos de Fahrenheit 451, Fireman no previene incendios sino que los causa: la moderación de comentarios es “el calor de la espada que Dios instaló en la puerta del Paraíso, dice Fireman”. Fireman puede considerarse un dios en tanto decide la vida o el banneo del usuario. No es el único personaje del libro que aspira a ese derecho. En “Hay que matar a Tinelli” se proyecta la sombra de El día que mataron a Alfonsín, de Dalmiro Sáenz y Sergio Joselovsky: los presentadores de televisión son los políticos de los ochenta. Con la televisión se come, se cura y se educa, y también es donde se disputa “la puja simbólica por ponerla”. En “No soy un pájaro enfermo”, el futuro cercano, el escritor best seller y el cinismo cursi son elementos tomados del “mismísimo” Michel Houellebecq, referencia explícita como la carta robada de Poe. Algunas preguntas quedan abiertas y el lector se pone paranoico: ¿es casualidad que el escritor esté en Ámsterdam y el apellido de Ivana Neesken sea holandés? En “Kasos” y “Trazaduras”, lo siniestro persiste de lo analógico hacia lo digital y queda registrado en fotos. Las menciones al photoshop y al Departamento de Fotografía y Retocado Digital recuerdan que, al igual que la narración, todo registro se puede retocar.

Todos los cuentos poseen un personaje que dicta y otro que registra. El narrador suele ser quien escucha y repite lo dictado. Los personajes que dictan terminan fusionándose como un único personaje: Fireman, Mangioni, Magnello, Troll; pero también el abuelo nazi, registrado a través de la cámara y que dicta aún después de muerto, y también Ivana Neeskens. En el último cuento, cuando parecería que dicta quien protagoniza (el escritor), se revela que está dominado por un tercero (la modelo). En varias ocasiones utiliza una segunda persona colectiva que enfatiza lo que se debe registrar: “Llámenla, pregúntenle, interróguenla”. En la escena de sexo la única que habla es ella; cuando él habla, sus palabras no se reproducen. No es casualidad que luego se le acalambre la lengua.

Queda la duda si los que dictan tienen la verdad, parcial o absoluta. La confusión nace en la abundancia y la contundencia: “no se trata de desinformar”, sino de hiperinformar. Todo está registrado en Google, pero nada es real. “Me hizo jurar que nunca diría su verdadero nombre. Ni su verdadero nickname”. Toda información termina por ser spam; incluida la literatura. Reseñar un libro es alimentar al troll que lo escribió.//RT4

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