“La lectura es una manera de defenderse de la escritura”

Entrevista a Luciano Lutereau

Por Ignacio Rial-Schies y Francisco Dalmasso // irials@gmail.com /  fran.dalmasso@hotmail.com

 

¿Cómo surgió Pánico el Pánico?

Marina Gersberg y yo éramos compañeros en la facultad de Psicología. Después de un tiempo sin vernos, nos encontramos en 2009. Ella estaba escribiendo y yo estaba escribiendo, teníamos ganas de publicar y nos pareció que las editoriales que había eran la resaca de lo que habían sido las editoriales de los noventa, o que se habían quedado muy pegadas a un formato anterior. Estábamos en ese contexto, con ganas de publicarnos, pero no nos sentíamos cómodos con los formatos de edición dentro de lo que se llama la movida independiente. El proyecto empezó siendo una editorial de poesía y narrativa, pero el primer libro, Repetición, variación, divergencia de Santiago Pintabona y mío, ya muestra ese sesgo distinto que queríamos darle, porque es un ensayo y en las editoriales independientes no había lugar para el ensayo en ese momento.

¿Qué diferencia entonces a Pánico el Pánico de esas editoriales anteriores con las que estaban dialogando?

Por ahí no encontrábamos tanto algo que quisiéramos hacer, pero sí algo que no queríamos hacer. Lo que no queríamos hacer era reproducir el circuito de producción informal del libro, la edición en fotocopias, poco cuidada. Había una búsqueda estética por la construcción de un objeto, queríamos que el libro se reconociera desde la forma, que tuviera una identidad. Por otro lado, en los sellos encontrábamos autores que no eran colegas, que eran precedentes. El mejor ejemplo de eso son Siesta o Vox, que como editoriales habían llegado a un tope. Tanto Marina como yo estábamos incómodos con la idea de tratar de incorporarnos a catálogos que correspondían a algo anterior. Ahí nos decidimos a armar Pánico el Pánico con el criterio, en principio, de publicar autores inéditos o autores ya con algún recorrido, publicarlos con un formato nuevo. Y eso se sigue sosteniendo.

Teniendo en cuenta que empezaron a publicar en 2009, el catálogo de Pánico el Pánico tiene mucha coherencia, como si los libros compartieran un trasfondo o un supuesto inicial.

Inicialmente los libros llegaron, creo, por la estética de la editorial, que respondió a un vacío en ese campo. Después empezaron a llegar mails, y desde los primeros libros que sacamos, empezó a haber cierta reflexión en revistas, reseñas y demás, y eso hizo que la editorial circulara. Los títulos de la colección Potlach, que es la última idea que tuvimos, fueron buscados deliberadamente. Por ejemplo, yo conocía el blog de Sebastián Robles y le pedí que me mandara lo que estaba trabajando para estudiarlo, evaluarlo y pensar en publicarlo. Lo mismo con el de Ariel, La última de César Aira, y también con Matías Pailos y Cómo no pensar en mí, Pablo Farrés también, que es un autor que siempre me había gustado, lo conozco desde que era inédito. Por ahí el trabajo con ellos fue más de edición que de recepción de un material y evaluación. Fue un trabajo de construcción del texto incluso.

¿Trabajaban mucho con los autores sobre el material?

Si, siempre lo hicimos, no es algo nuevo. Se invierte un poco el circuito de recibir un material, evaluarlo y decidir si lo publicamos o no. Puede ser que escucháramos alguna lectura, o nos enteráramos de que alguien está trabajando tal tema. Ahí vamos y lo buscamos. Yo creo que ahí está principalmente la coherencia. Hay una búsqueda sobre determinada cosa, que no tenemos muy en claro todavía qué es, pero que estamos buscando.

Hay una preocupación marcada por lo metaliterario, por el lugar del autor, por el dispositivo narrativo.

Sí, esa es una preocupación que remite al origen mismo de la editorial. Ahora en octubre vamos a publicar una antología por la editorial Outsider, que se llama justamente Escribir después que quizás define de alguna manera el horizonte con el cual armamos Pánico, que era cómo escribir después de determinadas editoriales, cómo escribir después de determinados autores, cómo escribir después de determinados debates que quizás ya no nos interesan. Yo veo cómo retorna cada tanto la cuestión del realismo. Hoy en día me parece que es algo completamente añejo, una editorial que busca enfatizar la cuestión de la realidad, ese ya no es un debate.

¿Cuál es el debate?

Para mí lo que se manifiesta en esta intención de Escribir después es cómo escribir más allá del autor. La cuestión es cómo generar formas de literatura que no anclen necesariamente en el autor, en la autoridad, en la autorización de una tradición o de un sello. Ese tipo de cuestiones. Creo que lo interesante es que, con la renovación de experiencias editoriales, algunas condiciones que creíamos inamovibles de la experiencia literaria se van liberando. Por un lado, cambian los circuitos de consolidación y legitimación del autor. O lo que pasa en una editorial como Clase Turista, donde el libro deja de ser el soporte privilegiado de la experiencia literaria. Eso es super interesante, porque me parece que Clase Turista es justamente una editorial. No es un proyecto performático o un grupo de artistas visuales que dicen que hacen literatura pero hacen otra cosa. Hacen literatura, pero lo hacen muchas veces recurriendo tangencialmente al libro. Hacen que el libro no funcione como instrumento de lectura. Pasan por un vaciamiento y va quedando el libro como resto de la experiencia literaria. Me interesa que los libros hoy en día no tienen necesariamente que ser leídos, generan otra cosa, y ese tipo de experiencia sigue siendo una experiencia literaria. Creo que la pregunta conceptual ahí es si la lectura es una herramienta necesaria para pensar la reflexión sobre la experiencia literaria, si no hay otras vías.

¿Cómo creés que esa reflexión se proyecta a futuro en Pánico el Pánico?

Hay proyectos concretos, pero no sé si tienen un horizonte muy lejano. Por un lado, ahora en la colección Potlach van a salir dos novelas que son de dos autoras mujeres. Una es Valeria Iglesias, la otra es Leticia Martin, que de alguna manera pegan un volantazo respecto de lo que había sido la primera tanda de títulos de esa colección, con un giro hacia la metaestructura y los metalenguajes.

El libro de Valeria, que se va a llamar Correo sentimental, es una novela donde trabajamos sobre todo en la producción del libro y en la edición. Primero se presenta en  un formato de escritura iniciática, de diario íntimo, que después vemos que son mails depositados en una bandeja de salida, sin enviar. La forma de deshacerse de eso es finalmente la escritura de unos poemas, que terminan conformando un libro que se llama “Los mails que no te envío”. Entonces la escritura de ese libro es el prólogo del libro de poemas que viene al final. También trabaja sobre cuáles fueron los géneros privilegiados para las autoras mujeres de la literatura argentina, como la escritura de diarios o de cartas, por eso “Correo sentimental”.

El de Leticia, titulado El gusto, es una novela que me parece fabulosa. Por un lado, por cómo trabaja sobre la voz de la narradora; por el otro, retoma algo que estaba sugerido en libros anteriores de la colección, como el libro de Sebastián Robles que trabaja sobre los noventa, desde una perspectiva de la educación y del grupo de amigos. Cuando leía la novela de Leticia advertí que la estructura de la novela de formación, el Bildungsroman, fue especialmente retomado como un género masculino en nuestro país, de ahí que la educación siempre sea educación en el grupo de amigos. En ese sentido la novela de Leticia muestra la soledad de la voz femenina para asumirse como narradora. La historia de la novela cuenta de una chica con lo que hoy podríamos llamar un trastorno de la alimentación. Pero hay un punto que no se puede dejar de lado, que es el viraje en la forma del ideal femenino, cómo los cuerpos de las modelos de los ochentas cayeron frente a la aparición de las lolitas, de chicas con una estética completamente diferente. Ese giro estético no está pensado desde la literatura. Está más documentado, más trabajado desde crónicas o desde testimonios de jóvenes adolescentes, pero no desde el tipo de afección que puede generar esa forma estética en la literatura. Me parece que en la novela eso está en el núcleo, cómo narrar eso desde un lugar que esté a la altura de esa forma estética, que esa forma de sensibilidad que se vivió en los noventa sea también una voz en una narración.

Como editor, ¿ves algún libro del pasado que te gustaría que estuviera dentro del catálogo de Pánico el Pánico?

Sin duda, pero eso es explícito. Cuando estábamos armando Pánico una de las cosas que quería hacer era reeditar Nanina de Germán García. Hablé con él y justo la iba a sacar Piglia por Fondo de Cultura. Sin lugar a duda hubiera querido sacar Nanina. Creo que es un libro que no puede dejar de ser leído, porque logra imponer anticipadamente un modo de entender la escritura en el cual yo me siento muy reflejado. Al mismo tiempo anticipa debates actuales, donde pequeños deslices en el libro que parecen chistes son cosas que hoy en día están pasando. Hay toda una cuestión de la escritura en el blog, del uso de la cita como parte del proceso de escritura y eso está incorporado burlescamente en Nanina, es un libro anticipatorio, diría casi profético. Si se lo lee como algo más que una novela de formación, creo que muchos de los debates actuales sobre literatura están en ese libro.

¿Cómo se vincula tu labor en otros campos, el psicoanalítico, el docente, con el de editor?

No creo que haya un vínculo, o al menos no lo tengo pensado. Creo que son cuestiones que van por caminos distintos, es contingente que sea editor y analista, de la misma manera que Ariel Idez es escritor y al mismo tiempo es guardavidas. Es guardavidas, ¿sabían? Yo no sabría cómo preguntarle qué relación hay entre ser guardavidas y haber escrito “La última de César Aira”. ¡Ninguna!

¿Y creés que puede haber una relación entre la teoría lacaniana sobre el lenguaje y la necesidad de leer de un lector?

No estoy muy seguro de que haya una relación. Por ahí sí creo que hay formas de lectura que se padecen más o menos que otras. Hay lectores compulsivos, hay formas de leer de manera constante, esos tipos como yo que encontramos un lugar, tenemos un minuto libre, sacamos un libro y nos ponemos a leer. Es un uso casi defensivo de la lectura, es un leer para imponer una distancia con el mundo. Y para mí un modo de curarme de la lectura fue empezar a editar. Cuando empecé a editar me di cuenta de que podía dejar de leer y eso me resolvió la vida un poco.

¿Ya no estás leyendo permanentemente?

No. Ya no me interesa ser un lector. Porque la posición de lector es demasiado sufrida, es estar subordinado al imperativo de querer leerlo todo. Con frecuencia, uno consigue un libro de tal autor, le gusta ese autor y de repente tiene que leer todas las novelas o todos los libros de ese autor. Eso lo remite a uno, después de haber leído toda la obra de un autor, a leer a toda su generación. Así te vas defendiendo. La lectura es una manera de defenderse de la escritura.

Decís haberte librado de la lectura pero te ubicaste, como editor, en un lugar donde estás definido por eso. ¿O no tenés que leer bastante para editar un libro?

Sí, pero no leo de esa manera. No leo como un lector, no sé cómo explicarlo. Leo en función de efectos, de construcción de un objeto. Y leo en términos de sensibilidad. Cuando se me ocurre editar Los años felices de Robles, no necesité leer cómo va a terminar. En todo caso, leo buscando una escritura, no leo buscando sentido. Es el lector el que busca sentido en la lectura.//RT4

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