Quién quiere tocar un tema

Presentación de los Escribas musicales del Río de la Plata

Por Ignacio Rial Schies / irials@gmail.com // Fotografía: José María “Pigu” Gomez

 

Ya desde la esquina de Córdoba y Uriarte, en esa lonja de Palermo que todavía se parece más a Villa Crespo que a Plaza Serrano, veo a Pablo Grinjot acodado contra la pared del frente de la Oreja Negra. Charla con un tipo de chupines negros, blazer azul y sombrero blanco que recuerda al Caribe. Cada uno con un vaso corto de vidrio en la mano, toman whisky de a sorbitos.

Adentro, en la caja, de espaldas a la puerta, una chica enchufa los parlantes de una pc que está aferrada a la mesa con una cadena de acero trenzado. Atrás, al fondo del salón, hay una barra iluminada por un cartel que dice “Las bolas están para romperlas”. Instado por semejante afirmación, le pregunto a la chica que todavía lidia con los cables: “Disculpá, ¿hay que sacar entrada?” y me responde que no, que es gratis, por orden de llegada. El salón está lleno de mesas cuadradas, unas treinta, con tres o cuatro sillas cada una. Sobre un costado hay mesas ratonas y esos sillones de descarte, reacondicionados a medias y vendidos en locales de la zona bajo el rótulo de vintage. En la más cercana al escenario, iluminado por la luz pálida de la pantalla de una notebook, está sentado un hombre que se ve incómodo. Debe ser un gestor del FILBA.

Con puntualidad y seis mesas ocupadas, aparecen en el escenario tres de los “Escribas musicales del Río de la Plata” que el evento anuncia: Pablo Grinjot, María Ezquiaga y Pablo Dacal, acompañados por Humphrey Inzillo y el tipo del sombrero blanco, un evidente reemplazo para Tomi Lebrero, que no está presente. Inzillo explica que la selección de invitados estuvo marcada por su participación en el libro Cancionistas del Río de la Plata, escrito por Martín Graziano y editado en 2011 por Gourmet Musical. Luego los presenta por orden y me entero del nombre del cuarto: Alfonso Barbieri.

Inzillo expresa su curiosidad respecto de la relación de los “escribas” con la literatura y ellos, respetando cada vez menos el orden en el cual los presentaron, responden por turno. Así, cuentan de las bibliotecas que fundaron su relación con los libros y de donde tomaron sus primeras lecturas. Dacal recuerda la de sus padres y arranca con una confesión fuerte: le tiene más cariño a los libros que a los discos. Alfonso Barbieri dice estar en la vereda de enfrente. Grinjot aduce haber tenido un acercamiento precoz a los libros y recuerda que Dailan Kifki, de María Elena Walsh, fue su primera lectura. María Ezquiaga dice que sus padres “no eran tan intelectuales como los de los demás”, y cree que por eso su vínculo con la literatura no estuvo tan fomentado. Recuerda también como su primera lectura a una novela de Henry Miller de la cual, después de comentarla con una amiga, descubrió no haber entendido mucho.

Inzillo, haciendo referencia a la escisión entre verso y prosa, pregunta a los participantes si escriben otras cosas además de canciones. La referencia más inmediata es Asesinato del rock, un manifiesto descarnado, una crítica a la industria cultural escrita por Pablo Dacal y publicada en 2006. Barbieri comenta haber escrito “el argumento de una ópera” a realizarse en la inauguración de una muestra de sus cuadros. Alfonso, además de llevar sombrero caribeño, tomar whisky de a sorbitos, ser “escriba” y músico, es pintor. Ezquiaga rememora unos ensayos que escribía de chica, sobre “lo que la vida significaba” para ella, y su tía, maestra de historia de primaria, llevaba a clase para compartir con sus alumnos. Grinjot admite, con humildad, nunca haber escrito más que canciones.

La charla empieza a girar en torno a la canción, la poesía y la literatura, y yo me pregunto por qué “la literatura” está puesta siempre en tiempo pasado, vinculada con la infancia, y cómo es que la canción es tan distinta, tan indescriptiblemente distinta del poema y el resto de lo literario. Grinjot toma el micrófono, y hacia el final de un monólogo sobre la música y la creación que deja al resto de los participantes un poco desorientados, afirma que todos ellos, como parte de “esa raza de personas que se expresan con la canción, nos manifestamos más por nuestras limitaciones que por nuestras virtudes”. Un poco intimidado por el silencio posterior a semejante afirmación, Inzillo propuso: “Acá tengo una guitarra, ¿alguien quiere tocar un tema?”.

Así arranca una sucesión de interludios musicales, donde los participantes se pasan, además del micrófono, una guitarra. Las canciones ilustran la relación de los escribas con la escritura. Grinjot canta el único soneto que escribió, dedicado a una ex-novia. Dacal habla de la remera que tiene puesta, estampada con “El corazón es el lugar”, y canta a capella una versión memorable del tema que lleva esa frase por título. Justo cuando la explicación de Barbieri sobre su último disco, “Valses eróticos del río de la concha de tu madre”, empieza a desbarrancar, llega quien ya no esperábamos que viniera: Tomi Lebrero, directo desde Ezeiza, de vuelta de una gira por Colombia. Con instrumentos y mochila a cuestas, parece todavía no haber aterrizado.

Sube al escenario y el moderador le pregunta, sin darle pausa, cuál fue la última canción que escribió. Así empieza el debate sobre cuándo una canción está terminada, y luego sobre qué es esencialmente una canción. Dacal afirma, categórico, que es “una secuencia de acordes, una letra y una melodía”, aunque la letra pueda cambiar, a lo que Grinjot contrapone que no está seguro de que la secuencia de acordes sea parte de la identidad de una canción. Lebrero discute que el ritmo tiene, en su composición, un lugar muy importante y que la misma canción en otro ritmo puede ser completamente distinta. Barbieri asiente. Por su parte, Ezquiaga confiesa que en cierto momento se aburrió de sus letras y que por eso empezó a trabajarlas con Guadalupe Gaona, una amiga poeta.

Ya contada una hora de charla y cuando parecía que lo literario se había perdido definitivamente en el horizonte, Inzillo retoma para terminar donde comenzó: el libro que los reúne a todos como “Cancionistas del Río de la Plata”. Antes de que pueda terminar de redondear una idea, Dacal toma el micrófono y afirma: “Al tema de la literatura subyace una idea académica, una idea contra la que yo discuto un poco. Cuando hablamos de si la música está a la altura de la poesía, parecería que la altura está impuesta desde el universo de la literatura, que es eso académico e intocable. El libro da cuenta de algo, y el movimiento de cancionistas, si es algo de lo que formamos parte, está vivo y no se puede apresar dentro de trescientas hojas”.//RT5

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