“En el otro mundo no hay ni tetas ni cerveza”

Entrevista a Alberto Laiseca

Por Marisol Córdoba y Adela Salzmann // marisol.cordoba.10@gmail.com /  adelablew@gmail.com

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Con una prosa que alterna entre la investigación científica y el esoterismo, lo prosaico y lo etéreo, los egipcios y Vietnam, Alberto Laiseca supo construir un mundo que los contiene a todos. Autor de una obra que abarca cuentos y novelas como El gusano máximo de la vida misma, Matando enanos a garrotazos, Los Sorias (la más extensa de la literatura argentina), Beber en rojo y La hija de Kheops, se destaca como maestro de las nuevas generaciones de escritores. Dice que todo hay que hacerlo acá; sus talleres son una referencia ineludible en el ámbito literario. El maestro de bigotes manchados de nicotina y voz estentórea nos recibe en su casa de Flores, en su escritorio, entre libros, cerveza, blisters, un VHS de Drácula y un gato que demanda atención.

¿Qué es lo que usted trata de transmitir en sus talleres literarios?

Muchas cosas. En primer lugar, que la gente sepa que puede recibir igual que el maestro, pero también puede dar mucho. Es un ida y vuelta. Yo empecé a tener talleres hace más de dos décadas, casi 24 años, por motivos mercenarios. Mi mujer de aquel entonces me exigía guita, guita, guita. Para que entrara algo más de plata puse talleres. La mina de todas maneras la perdí pero los talleres quedaron y me dieron mucho más que un poquito de dinero. Yo crecí mucho con mis discípulas y mis discípulos, y sé que los hice crecer a ellos, así que eso es algo muy bueno.

¿Quiénes son los que han continuado escribiendo y han publicado?

Selva Almada, Leonardo Oyola, Sebastián Pandolfelli, a quien ahora le han publicado una obra genial, Choripán Social, también a una chiquita que se llama Natalia, ahora le publican un libro y está muy contenta. A veces son tímidos y hay que impulsarlos un poco, “escuchame: ¿no te parece que ya es hora de que te saquen un libro a vos?” “¿Le parece, maestro?” “Sí, me parece. Si es necesario yo te llevo el libro a una editorial y que lo publiquen ya”. Algunos son tímidos y hay desconfianza. Quizás es hipercrítica, no sé que les pasa. Yo los pongo en un vuelta y vuelta: “ya tenés que estar publicando y dejarte de hinchar las pelotas”. De los hombres no digo nada pero mis mujeres han sido y son mis discípulas. Me ocurre una cosa muy especial que no se daría si fuesen amantes mías porque te abandonan, te mandan a la mierda. Yo veo que cuando no hay un problema sexual o amoroso todo dura más, es más liso.

Ha dicho que cuando era chico escribía muy mal. ¿Cuándo consideró que algo había mejorado lo suficiente como para ser publicado?

Dejando de hacer lo que querían los otros y empezando a hacer lo que yo quería. Hasta que no fui libre en tal sentido no pude crear. Igual no fue de la mañana a la noche, seguí escribiendo mal, pero menos mal que antes. Ahora soy un genio, naturalmente (risas). Lo que más me costó fue la novela, no digo que escribir cuentos sea fácil porque no lo es. Pero la novela es realmente un gran desafío. Los Sorias, por ejemplo, yo la empecé tres veces y las tres veces la tiré a la mierda. La cuarta empecé todo de cero. Y ése es Los Sorias que está publicado.

¿Un trabajo de cuántos años?

No te sé decir cuántos. Pero para decir algo digo que demoré diez años. Pero en realidad es mentira porque la terminé a los 42, algo así. Pero los gérmenes de lo que iba a ser Los Sorias los escribí cuando era niño. Es decir, no los escribí: lo vivía con figuritas, con papeles, los hacía combatir, asaltar castillos, defenderlos. Todo ese tipo de cosas. No tenía idea de que algún día iba a ser escritor.

La infancia como territorio fundante de lo que después fue su escritura.

No puede haber territorio fundante sin fundación de la imaginación, la imaginación es esencial. A mi pobre padre, con quien yo me llevaba a las patadas, sin embargo tengo que agradecerle muchas cosas. Por ejemplo que me iniciase en la lectura. Él mismo me traía libros. Y qué libros; El fantasma de la opera, cosas  buenísimas. Han sido las lecturas de toda la vida. O el tío Enrique, que cada vez que venía de Córdoba me traía libros de un escritor británico que se lee poco pese a estar citado por Oscar Wilde como un genio: Henry Rider Haggard. Escribió Las minas del Rey Salomón, Ella, Ayesha, tiene cada batalla entre sus libros, descriptas con tanto detalle. Todo eso estimula mucho. Otra cosa en la que me inició mi padre es en la música clásica.

Se nota que hay mucho trabajo de investigación y estudio detrás de sus obras. En La hija de Kheops es impresionante.

Sí, estudié muchísimo. Sobre todo porque de la cuarta dinastía se conoce muy poco. Tuve que llegar a conclusiones por deducción, hay mucha mentira. Kheops fue un faraón constructor y no guerrero, tuvo una única guerra. Para hacer la gran pirámide dedicó una gran infraestructura, toda una calzada de piedra para traer las grandes piedras de Asuán. Al principio el tema era dónde levantaban la pirámide, un laburo de ingeniería muy grande porque una obra tan pesada como la gran pirámide no la podés poner así nomás, se hunde todo, abajo tiene que haber una calzada de piedra, como había en Gizeh. Hay muchas mentiras sobre el tema, por ejemplo, él tuvo muchos hijos e hijas, una en particular, la princesa Hentsen, que adoraba a su padre. Lo más probable es que hayan tenido relaciones porque en Egipto eso no era mal visto entre el padre y la hija. Heródoto visitó un Egipto que ya estaba en la decadencia. Dinastía veintinueve o treinta, estamos hablando de cuarta dinastía. Había habido cambios de dinastía, muerte de sacerdotes. Matar un sacerdote es matar la memoria, entonces como no nos queda memoria empezamos a inventar. Pobre Heródoto, él era inocente de esto, el contó lo que le contaron los sacerdotes egipcios de la dinastía treinta: que era tan malo Kheops que no dudó en prostituir a una de sus hijas, Hentsen, para acumular dinero y así construir. Es ridículo si te ponés a pensar. Un jefe de estado todopoderoso como Kheops -además se lo consideraba un dios- si anda escaso de dinero, sube los impuestos, va a obtener mucha más plata que prostituyendo a su hija. Hentsen realizó algo que se conocía en aquella época como prostitución sagrada. Era un homenaje que se hacía o a una divinidad o a alguien muy amado, en este caso el padre. Se hizo construir una pirámide con su prostitución, no pedía dinero, pedía piedras, ya cortadas y traídas al lugar. Con eso se hizo una pirámide pequeñita a la sombra de la pirámide de su padre. Fue por amor. Hoy queda muy poquito de la pirámide de la princesa Hentsen, restos nada más, lo cual es una pena. No sabemos quien la destruyó ni por qué, una pena. Entonces te digo, no te podés quedar con lo que te dijeron, tenés que usar la cabeza. Hay cosas que cuando uno se pone en un período histórico baja realmente a las cuencas oceánicas de la creación y descubre cosas de las cuales no hay ningún dato. Por ejemplo, yo descubrí, porque era lógico, que Kheops a sus trabajadores les daba cerveza además de comida para que fuera más agradable el trabajo de la gente. Cuando salió publicada mi novela casi me crucifican cabeza abajo como a San Pedro.

¿Por qué?

“Ah, no sabe este señor Laiseca, cómo les van a dar cerveza, los hacían construir las pirámides a latigazos”. No es verdad, eran todos hombres libres, casi no había esclavos en Egipto. Los esclavos empezaron a aparecer con los reyes conquistadores, no con los reyes constructores. Se trabajaba por las buenas. Eran reclutados y servían, no me acuerdo ahora del tiempo, uno o dos años, y mientras tanto la Casa Real protegía a la familia de los trabajadores. Se reían de Laiseca y su cerveza. Dos o tres añitos después de publicada mi novela que tanta risa causó, fue encontrada en la zona de Gizeh una gigantesca fábrica de cerveza que usaba Kheops para darle a sus trabajadores.

Todo eso fue producto de su imaginación.

No diría imaginación, yo diría que lo vi. Bajaba a las cuencas oceánicas de la creación, donde también está el pasado y veía cosas. Igual curiosamente hay cosas más difíciles de ver. Vi lo de la cerveza con toda facilidad, pero en cambio te confieso que nunca fui capaz de ver cómo mierda ponían un obelisco. Nunca lo descubrí. Hay explicaciones de cómo erigían los obeliscos pero lamentablemente a mí nunca me convenció. La gente se conforma demasiado rápido con la primera explicación que le das. El asunto de los obeliscos es para mí, por lo menos, un misterio. No tanto por el peso, el transporte o por su erección misma. Lo que me preocupa es que queden ahí. Porque la arena inevitablemente se ha metido acá y ¿cómo hacés? No te deja, es una cosa muy inestable. ¿Cómo se hace? No lo sé.

¿Sigue buscando explicaciones?

No, hace rato que dejé de buscar explicaciones. Cada tanto me acuerdo y pienso, pero es muy difícil. Después, ¿cómo hacían para subir una piedra tras otra? Heródoto habla pero no da detalles. Las elevaban con máquinas que constaban de trozos cortos de madera. ¿Y eso de qué te sirve? No me estás diciendo nada. Yo para levantar las piedras en mi novela tuve que inventar métodos. Te aseguro que no es fácil. El revestimiento, pulir. Verdaderas obras maestras de la ingeniería. Eran grandes matemáticos y grandes arquitectos los egipcios. Ya en cuarta dinastía eran de lo mejor.

¿Los egipcios fueron en alguna forma sus maestros?

Sí, fueron mis maestros en muchas cosas. Yo siempre digo que el antiguo Egipto es mi patria y por desgracia nunca lo pude visitar.

¿Tuvo otros?

Sí, cómo no: Oscar Wilde, Edgar Allan Poe. Después están los maestros más peligrosos que son los que te dan pero también te quitan. Pueden llegar a salvarte la vida pero para pedírtela después. Si me das la vida no me la quites. Es gente que se porta mal, malos chicos. Es gente que en general tiene la palabra traición siempre muy a flor de boca. ¿Y por casa cómo andamos?

Hoy es un maestro usted también. ¿Qué lugar ocupa ese rol en su vida?

Me hace mucho bien, sobre todo me protege en los momentos de soledad.

Sus alumnos siempre quedan muy agradecidos con usted.

Les estoy agradecido porque como te dije desde un principio es un toma y daca, me han sorprendido a mí mucho más de lo que suponen.

¿Encuentra su impronta en la escritura de ellos?

No, eso de la huella y la impronta es una cosa fea porque parecería como que ellos sacaran su obra de la mía. Nada más lejos de la verdad. La ocupación del verdadero maestro no es conseguir pequeños Laisecas, es que cada uno llegue a ser lo máximo que puede ser, esa es la verdadera enseñanza. Te voy a citar una expresión china que está en el Tao Te King: Wu Wei, que quiere decir inacción. Es del maestro Lao Tse: el maestro haciendo nada, hace todo. Wu Wei tiene su correlato francés. Una vez hace siglos, un ministro de economía francés estaba desesperado y se metió en el campo. Encontró a un campesino y le dice: soy economista y no sé como arreglar las cosas del reino, ¿vos podrías darme algún consejo? Realmente estaba desesperado porque él que tenía cultura le preguntaba a un hombre ignorante. El campesino le contesto: laissez passer, laissez faire. Eso es el Wu Wei.

¿Está escribiendo algo actualmente?

Estoy escribiendo algo que le debo a mi juventud. Una novela sobre la guerra de Vietnam, Las puertas del viento. Es lo más difícil que he escrito. Para todos mis cuentos, todas mis novelas, nunca empecé a escribir sin tener un plan de obra, mínimo por lo menos. Cuando quise empezar a pensar un plan de obra para la novela de Vietnam me di cuenta que no se podía, era imposible. Porque es tan caótico como Vietnam, hasta el enemigo no sabía lo que iba a pasar el día siguiente. Era todo un caos. Aún para los comunistas era un caos. Nunca empiezo a escribir sin saber a dónde quiero llegar: eso es mi plan de obra. En primer lugar, qué carajo querés decir con este cuento, con esta novela. “¿Lo tenés claro?”. “Y, medio no.” Entonces, flaca, ¿querés que te dé un buen consejo? No empieces a escribir. Tenela clara primero y después escribí.

¿Piensa publicarla?

Sí, aunque es tan políticamente incorrecta que posiblemente si encuentro editor sea lo último que me publiquen. Pero no me importa porque se lo debo solamente a mi juventud. Han hablado de Vietnam hasta la saciedad y nadie habló de las cosas más ocultas y más necesarias de saber de Vietnam. Por eso yo estoy hablando de esas cosas sin importarme lo que opinen.

¿Cómo es eso de que se lo debe a su juventud?

Porque cuando yo era joven, me ofrecí de voluntario para la guerra de Vietnam. En la embajada me sacaron cagando, entonces le mandé una carta al presidente Johnson que nunca me contestó. Entonces fui a Vietnam y no fui. Esto de haber ido y no haber ido hace que yo siga en un Vietnam eterno.

¿Por que quería ir a Vietnam?

Porque toda la vida he sido muy miedoso, entonces quería seguir un curso ontológico rápido. O volvía adentro de un saco verde, que es como mandaban a los cadáveres de Vietnam, o volvía cambiado.

¿Cuáles son sus fuentes para la novela?

Tengo varios libros para citar. Despachos de guerra, de Michael Herr. Un libro de Nixon que se llama No más Vietnam. Una colección española que no tengo completa, que es muy buena, son fascículos, se llama Nam. Es por dossier, por ejemplo: “Octubre del Wu Chi”, “Los prisioneros en Hanoi Hill”, “Los bombardeos de Hanoi y Haipong”, “El sendero de Ho Chi Minh”. Además todo lo que yo viví en esa época, leía constantemente los diarios. Hay un pasaje que salió, cuando yo tenia veinte años o veintidós: “La semana pasada lo mataron a Frank, todavía no puedo creer que lo hayan matado a Frank”, cosas así. O una foto que vi, un coronel survietnamita durante la ofensiva del Tet, en la parte del ataque a Saigón, llorando con su hijo muerto en brazos.

Usted tiene un proyecto con Muerde Muertos con discípulos suyos que dibujan.

El que menos sé de eso soy yo. A mí no me muestran los dibujos y yo no quiero que me los muestren. Los veré como cualquier lector. A mi hija le encargaron que hiciera el último. No te lo voy a mostrar, me dice. Les parece que las cosas tienen que pasar por mi supervisión. No, cada uno lo ve a su manera, esa es la libertad del creador.

¿Qué le diría a alguien que comienza a escribir?

Que tiene que trabajar mucho y que venga a mis talleres. Trabajo con una mínima guía porque, lo digo muy en serio, mi trabajo no consiste en fabricar pichones de Laiseca. Eso es asqueroso, una tergiversación completa de la relación que tiene que haber entre el maestro y el discípulo. Por eso mis chicas y mis chicos me quieren, porque saben que conmigo jamás paso eso. El Gran Dictador, no, muchas gracias. El dictador nada enseña, pero en cambio sí hay que admitirle algo al dictador y es que jode, y mucho.

¿Qué lee ahora?

Yo leo nada más que de Vietnam. Así como cuando escribí la novela La mujer en la muralla sólo leía cosas chinas, y para La hija de Kheops nada más que cosas de cuarta dinastía. Cuando te metés en la cuenca oceánica para ver el pasado, realmente lo ves al pasado. Me vi a mí mismo en un momento dado, no había armas de fuego en mi tiempo, se combatía con arcos y flechas. Yo era un oficial de baja recaudación y tenía una cantidad de chicos que estaban defendiendo a flechazos una muralla. Me enojé con uno de los chicos, le dije que no tirara flechas contra los enemigos de la izquierda y de la derecha, sólo a los que estuvieran delante suyo porque de los otros se encargaban sus compañeros. Si gastás flechas al pedo te van a matar. Cuando necesites una flecha para defenderte va a ser tarde porque no vas a tener, te van a matar. Que a vos te maten finalmente me importa un carajo. Lo que sí me importa es que el enemigo puede irrumpir por este sector, así que hacé lo que te digo o te voy a cagar a patadas en el culo. Pluff. Y ahí desapareció. Cosas así llegás a ver. No es que uno vea otras vidas, yo no creo en la reencarnación porque me parece una idea muy egoísta. Uno tiene una sola posibilidad y la tiene que aprovechar. Lo que sí puede llegar a ver es cosas vividas por otros que no sos vos, no una anterior encarnación tuya.

¿Es como una epifanía?

Sí, dura muy poco. He tardado en decírtelo mucho más de lo que tardás en verlo. Y no te las olvidás nunca. Tampoco te vayas a hacer la falsa impresión de que estás en la casa hablando con Laiseca, el mago. Como mago yo sería un completo fracaso, no soy taumaturgo. Cualquier buen escritor puede y debe hacer esto; si sos buen escritor, si te metés realmente adentro, va a suceder. Son epifanías de cuando bajás a la cuenca oceánica; aún sin el propósito de escribir algo. Ver un problema muy complejo y sin querer, pensando, pensando te metés.

¿Con qué le gustaría terminar?

Con algo que he dicho muchísimas veces. En el otro mundo no hay ni tetas ni cerveza, tampoco juguito riquísimo para las chicas. Muajaja. Esas son mis enseñanzas capitales, y más capitales de lo que ustedes puedan creer, porque lo que quiero decir con todo esto es que a todo hay que hacerlo acá, ¿saben?//RT4

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