Hiperrealismo afantasmado

Entrevista a Valeria Luiselli

Por Ezequiel Barbosa Vera y Pablo Scofaulos //

ebarbosavera@gmail.com / pscofaulos@hotmail.com

 

Valeria Luiselli fue la escritora más joven que se presentó en el FILBA: en sus veintinueve años ha publicado en diarios y revistas como Etiqueta Negra, The New York Times y Reforma. Ha recorrido Europa y Latinoamérica, actualmente vive en Nueva York y da clases de Literatura Hispana en la Universidad de Columbia. Ha publicado Papeles falsos en 2010 y Los ingrávidos, su primera novela, en 2011.

 

Luiselli es simpática, habla en voz baja y despacio. Comenta que esta no es su primera visita a Buenos Aires y que le interesa comprar libros de editoriales independientes que generalmente no se encuentran fuera del país. Dice que le sigue resultando increíble la cantidad de suplementos, espacios y medios de difusión cultural que predominan en la Argentina. Habla de México y sobre un artículo en particular sobre el mercado editorial respecto a tópicos como el narcotráfico y los asesinatos de la frontera. “En el mercado anglosajón es muy difícil vender literatura latinoamericana que no sea lo que los gringos esperan. Entonces es frustrante. En algún momento me pidieron que propusiera autores para un suplemento dedicada a México, y me respondieron ‘oye, pero ninguno de éstos escribe sobre los narcos’”.

¿No te recuerda un poco a lo que significó el boom en los ‘60?

Los libros que se inscriben en este tipo de tradición son semejantes al boom en que, de alguna manera, están al servicio de poner de manifiesto una realidad exótica particular. Representan una realidad. La gente los lee con el interés de un antropólogo para entender una época, casi como entender la fundación de las naciones latinoamericanas. A mí como literatura no me interesa.

¿Cómo se hace para eludir el lugar común de la cultura mexicana en un festival que se focaliza especialmente en eso?

Creo que siempre es más fácil para el mexicano exotizar su identidad, sin duda es un país con ciertas excentricidades muy explotadas por sus ciudadanos. Es algo de lo que yo me cuido, no me gusta viajar por el mundo como una especie de Frida Kahlo exótica, exponiendo las riquezas de México. Pero tampoco quiero lo otro; el discurso en torno a la violencia y el narcotráfico es muy cómodo, es una narrativa invencible, un estereotipo atractivo. Lo ha sido en la prensa, que lleva cuántos años sacando notas sobre eso y la gente continúa leyéndolas, sigue siendo un tema caliente, quizá menos que hace unos años pero sigue estando presente. Para un autor también es fácil hablar sobre las muertes con la sensación de que se está tocando fondo. Nunca he querido escribir directamente sobre ese tema, no me interesa reproducirlo en mi trabajo literario.

Sos una persona muy joven que viajó muchísimo en muy poco tiempo. ¿Te sigue sorprendiendo llegar a ciudades desconocidas o ya perdiste esa sensación?

Yo creo que sí. Cuando fui a Lisboa, que era una ciudad que tenía muchas ganas de conocer, corría el riesgo de ver un lugar que ya me había representado para mí misma  a través de la literatura de Pessoa o de Tabucchi. Me arriesgaba a no terminar de percibir  la ciudad. Tenía miedo de no sentir nada y afortunadamente pasó todo lo contrario. Aquí no llevo ni veinticuatro horas pero ya siento cuán abrumadora, maravillosa y caótica es Buenos Aires. Creo que viajar mucho no me ha quitado el gusto por ciertos lugares o costumbres que tengo cuando llego a una ciudad  que tiene que ver con ir a las librerías, sentarme en un parque o en un café. Tal vez sí es que ya no tengo tantas ganas de viajar, deseo arraigar, no moverme, quedarme en una ciudad. Nunca he vivido en un país más de tres años seguidos, toda mi vida ha sido así. En la última década, nunca he vivido en una misma casa más de año y medio.

Los ingrávidos es una novela con una gran carga metaficcional. ¿Te parece que es un signo común de la literatura latinoamericana contemporánea?

Yo no hablaría de metaficción, aunque tal vez sí sea autoficción lo que yo hago en Los ingrávidos. Creo que sí hay un rasgo común, porque ha habido recientemente una gran proliferación de libros con gran material autobiográfico tan sólo en el año pasado. Los ingrávidos no es expresamente así, no es un libro autobiográfico pero juega con los límites de la autoficción. Creo que sí podría pensárselo como un fenómeno actual, están ahí para probarlo Formas de volver a casa de Zambra, El cuerpo en que nací de Guadalupe Nettel que juega menos con ese recurso, aunque también hay cierta autorreferencialidad que podría leerse como metaficción. Julián Herbert en su libro más reciente también juega con la autoficción. Entonces sí, claramente en los  últimos años se han publicado muchos libros en Latinoamérica que juegan con estos límites.

Es interesante leer la comunicación de los dos narradores en Los ingrávidos. Son fantasmas que no hablan con nostalgia, es un relato no lineal en donde lo fantasmal les permite compartir el espacio y el tiempo. ¿Fue el fantasma el motivo disparador del relato?

No fue el disparador inicial, pero con ese motivo pude desatar ciertos nudos que no me permitían encontrar una forma para la novela. El problema es ése: encontrar la forma de contar una historia, de eso se trata el juego que se repite en Los ingrávidos sobre la novela vertical, horizontal, las formas de cruzar las narraciones. Hace un tiempo tuve que hacer un guión para niños acerca de Pedro Páramo y estuve leyendo muchas entrevistas. En una de ellas Rulfo dice que había sentido una gran libertad cuando se dio cuenta de que los personajes estaban muertos, entonces pudo usar el tiempo y el espacio con una flexibilidad absoluta. Yo dije “claro”, fue como un momento de iluminación. Pero la diferencia es que yo no quería escribir una novela fantástica, la verdad es que me moriría si alguien dice que Los ingrávidos es una novela de ese estilo, estaría profundamente indignada. Es una novela hiperrealista. Y metaficción tampoco, aunque cada lector tiene la libertad de pensar lo que quiera sobre la novela. Muchos han leído el libro como un relato de muertos, tal vez lo sea, tal vez no. Pero no es un relato de fantasmas, ni siquiera en el sentido rulfiano, que va más allá del fantasma tradicional. Son personajes afantasmados, no muertos que hablan desde su tumba y generan ultramundos a lo Pedro Páramo.

Precisamente cuando empecé a leer la novela pensé que me iba a topar con otro Rulfo, pero a medida que pasaba las páginas me acordaba de escritores como Alejandro Zambra o Mario Bellatín. ¿Te parece que hay cierto vínculo entre sus obras y la tuya?

Sí, lo noto más ahora que cuando estaba escribiendo la novela. Muchas veces las afinidades se descubren en retrospectiva. Por ejemplo, después de Papeles falsos leí ensayos de Sergio Pitol, a quien respeto muchísimo como escritor, pero al que jamás había leído más allá de su obra narrativa. Tiene un libro precioso de ensayos que se llama El arte de la fuga, descubrí leyéndolo que yo venía de ahí. Respecto a Mario, me gustaba mucho Salón de belleza y Underwood portátil. Modelo 1915, un texto biográfico completamente metaficccional. Siempre me piden que escriba sobre él y nunca puedo hacerlo. Llevan dos años pidiéndome ensayos, textos académicos, como de crítica para libros sobre Mario y siempre digo que leo y no hallo manera de asir su obra, es muy complicado. Leí El libro uruguayo de los muertos, que es su libro más reciente, y sin duda hay muchas afinidades. Es de los autores que leo y que me genera esa sensación que sólo algunos escritores te generan, algo así como la libertad. Cuando lo leo siento que es posible hacer eso, algo distinto. La afinidad con escritores viene de eso, escritores que no tienen que ser los mejores: son aquellos que de alguna manera rompen un poquito más la barra de obstáculos que uno tiene delante. Escritores que te hacen ver que es posible eso también, aunque no vayas hacia allá: esa mirada, esa sensación de libertad que tuve leyendo a Pitol, por ejemplo, me pasa con muy pocos. En Los ingrávidos yo venia de otra cosa, más de los anglosajones, los modernistas, Fitzgerald, Fort, mucha poesía.

¿Te contactaste con el hijo del poeta Gilberto Owen? ¿Cómo fue ese encuentro, qué piensa de su padre afantasmado? 

Era un tema que me parecía súper delicado. Una vez escrita la novela, antes de editarla le escribí a Guillermo (uno de los hijos de Owen) para decirle que iba a salir, luego se la envié. Fue muy triste su respuesta, pero también muy generosa. Es un hombre que yo creo que ha pasado muchos años tratando de hacer algún contacto con su  padre Gilberto cuando él tenía catorce años. Fue muy bonito, muy dulce, leer en su carta  “la verdad es que yo no sabía muy bien cómo era la vida de papá en Filadelfia. Me imagino que era un poco como la cuentas”. Después de eso cae sobre ti una responsabilidad enorme, aunque yo le insistí a Guillermo que era ficción, que yo no tenía idea, que lo único que yo tenía a mano eran algunas cartas. Todo era imaginario. Lo curioso es que él tampoco sabía cómo vivían sus padres, si efectivamente estaban separados. Lo bonito es que él estuvo traduciendo a su vez, llevaba años traduciendo a su padre al inglés. Cuando terminó me los envió y empecé a  ayudarle a buscar una editorial. Es como una fantasía cumplida, aunque es muy difícil encontrar una casa editora, en el mundo anglosajón se mueven mucho a través de los traductores, ellos son quienes realmente se acercan a las editoriales a recomendar autores.

 

Cuando habla sobre Owen y la familia, es imposible no pensar en que una de las mesas del Festival en la que participa está orientada a los ecosistemas familiares. Según Luiselli “los ecosistemas son un tema recurrente en la literatura porque uno no hace más que escribir respecto a ser madre, ser hijo, ser hermano”. La charla al respecto se amplía cuando aparece Maya, su hija de dos años que la acompañó junto a su marido a Buenos Aires.

En algún punto, el tema principal de Los ingrávidos podría ser el ecosistema familiar.

Claro, escribí al respecto para la revista electrónica “Untitled books”. Ahí explico algunas cosas, pues siempre aparece la pregunta sobre qué tanto habla la novela sobre tu vida. Lo que sí es un poco de mi propia vida es que empecé a escribir Los ingrávidos cuando todavía no tenía hijos, cuando no tenía ni siquiera en el panorama ser madre y la terminé de escribir con una hija. Y quería hablar un poco sobre esa transición, que ese gran salto y la manera en que se comunican la vida juvenil y la familiar. Una vez que me embaracé me costó muchísimo seguir escribiendo lo que venía escribiendo, y más aun después de que nació Maya. Lo que hallé en ese momento fue el léxico familiar, la lógica detrás del lenguaje privado familiar y de los juegos de palabras. Es el niño mediano imaginado cosas que después ocurren en la novela, como el derrumbe de la casa. Son tópicos del niño.

Estás trabajando en muchísimos proyectos ¿Alguna novela sucesora de Los ingrávidos?

Llevo un año dizque empezando y ahora creo que finalmente ya empecé (risas). Tengo el título, que generalmente llega mucho tiempo después de haber acabado el manuscrito. Pero ahora comenzó al revés, quizá después cambie, pero por el momento se va a llamar Arboleda de los enfermos, que es en realidad un título usurpado. Tal vez por eso llegué a él tan rápido (risas). Es de una monja sorda que escribe un manuscrito interesantísimo sobre su relación con los libros, desde la sordera, casi como un cuaderno de lectura, dentro de poco va a salir un adelanto, el primer capítulo. Sin embargo me encuentro trabajando como en bloques; supongo que se publicará completa durante el próximo año.//RT5

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s