La mano que sostiene el micrófono

Crónica de la Jornada de Cierre del FILBA 2012

Por Carlos Mackevicius // elmacke2003@hotmail.com

 

Un tal Patricio Zunini camina decidido hacia el escenario en su breve figura: saco gris al cuerpo, jean, zapatos, barba y anteojos de hombre dedicado a la reflexión. Es el coordinador general. Se para frente al atril y saluda al auditorio que colmó la sala. En el MALBA acaba de comenzar la actividad de cierre de la IV Edición del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires. Fernando Vallejo, escritor nacido en Colombia y nacionalizado mexicano, autor de grandes novelas como La virgen de los sicarios (tristemente adaptada al cine) es el encargado de cerrar el festival. La jornada está anunciada como “Lectura”.

Unos minutos antes, delante mío en la fila para ingresar al evento, un señor con aspecto de arquitecto pero vestido con una camisola blanca con motivos indígenas, parado solo, lee un libro de Eterna Cadencia. Atrás mío un hombre y una mujer mayores hablan de “los caminos de la literatura”, y se justifican mutuamente el hecho de no haber destacado como escritores: “Me cambió mucho la cabeza cuando viajé a Brasil a estudiar educación popular con el MST. ¿Tenemos derecho a escribir mientras otros luchan?”, dice la señora, que deja de hablar cuando yo me doy vuelta para verle la cara.

Pese a no tener más tarea que presentar a los expositores, Patricio Zunini reconoce estar tenso. En los sesenta segundos que dura su presencia en el escenario se encarga de agradecer y saludar a las empresas que sponsorean el festival, y al gobierno de la ciudad de Buenos Aires por el programa de mecenazgo. Olvida, en su nerviosismo, agradecer y saludar al público concurrente, y a los escritores que participaron de los distintos paneles en las diferentes jornadas. Se despide y nos convoca al FILBA 2013. Baja del escenario y se va caminando con seguridad por un pasillo lateral hasta perderse. Hay unos segundos de duda y unos pocos aplauden.

Sube al escenario Pablo Braun, responsable del festival, y dice con una sonrisa que Zunini se olvidó, también, de anunciar a Fernando Vallejo y al joven poeta y editor Mariano Blatt. Hay risas y entonces sí un aplauso intenso. Aparecen los protagonistas.

Pese a que en el medio del escenario hay una mesa con dos sillas, dos micrófonos y una jarra de agua con dos vasos, Blatt se para frente al atril que está en una esquina y comienza a leer de manera robótica un texto poético donde cuenta sus sensaciones y sus vivencias desde que le encargaron preparar la presentación de Fernando Vallejo para esta jornada. El poema habla básicamente de marihuana, de cerveza, de cocaína, de la laguna azul, de putos, de putos buscados en Facebook, de marihuana, de cerveza, de metanfetamina, de popper, de marihuana, de cocaína, de ácido, de sexo entre hombres, de marihuana, de cerveza, de Fernando Vallejo, de la laguna azul. El escritor colombiano, de pie a su lado lo mira, casi dándole la espalda al público: le cuelga de la cara un leve  gesto de conformidad.

Blatt termina de leer su texto y es el turno de Vallejo. Dice que él inventó eso que nosotros llamamos porro, y que sin embargo no tiene monumentos como Martí o Roca. Parece ser un chiste. Dice que va a leer 45 minutos de fragmentos de algunas de sus novelas.

Son las 20.20. Comienza leyendo el fragmento de la muerte de Alexis en La virgen de los sicarios. Luego lee un fragmento de El desbarrancadero. Luego el último capítulo de Los caminos a Roma. Vallejo está de costado al público y lee sin la menor pausa: si uno no está del todo concentrado ni siquiera es fácil darse cuenta cuando cambia de fragmento porque cuando lo anuncia lo hace sin levantar la vista, sin pausa y sin modificar el tono con el que viene leyendo sin parar. Vallejo no toma agua ni traga saliva, parece que lo único que quiere es que se cumplan los 45 minutos anunciados y todo termine.

A las 20.40 una señora se levanta y se va. Alguna gente se mira entre sí. A mi izquierda un pibe duerme. El único gesto que Vallejo hace aparte de leer como un loco es subirse los anteojos con la misma mano con la que sostiene el micrófono. La chica que está al lado mío se levanta y se va.

20.45: Los días azules, y luego El fuego secreto. A las 20.50 Vallejo interrumpe la lectura y fuera de micrófono le pide a Mariano Blatt que le sirva agua. El poeta se levanta, servicial, se ríe y trae la jarra que está en la mesa y le sirve agua al colombiano, que no le agradece pero le indica que deje la jarra cerca y sigue leyendo sin parar. Lee Años de indulgencia y son las 20.57. Lee Entre fantasmas; son las 20.59 y el texto bardea a Octavio Paz. La rambla paralela, luego fragmento de Mi hermano el alcalde, y El don de la vida. Sin dejar de leer a toda prisa, Vallejo mira a cada rato su reloj pulsera.

Son las 21.01 y Vallejo lee el final de El mensajero, la biografía de Barba Jacob. Lee Almas en pena, chapolas negras.  Son las 21.09 y Vallejo lee La puta de babilonia. Parece cansado, se confunde, se traba, se equivoca de renglón. Hace 50 minutos que lee sin parar a todo ritmo. A las 21.10 termina de leer. Miro a mi derecha y sobre la escalera alfombrada al costado del auditorio veo a Pablo Braun acostado en el piso boca arriba con los ojos cerrados.//RT5

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