@margo_glantz

Entrevista a Margo Glantz

Por Leticia Martin // leticiamartinelem@gmail.com

 

“Convertir la falla en el trazo esencial de tu vida”

(Saña)

 

Hace poco se cayó y se rompió la nariz. Tiene dos grandes moretones azul violáceos que la vuelven un tanto extraña, pero la sonrisa no se le borra en los casi sesenta minutos que dura la entrevista. Margo Glantz tiene 82 años. Nació en México en 1930, vivió en Francia y en Estados Unidos, y viajó por la mayoría de los países del mundo. La lista de distinciones y premios que recibió no caben en una página. Sube conmigo las escaleras del Hotel Marseille des Anges, en Recoleta, donde se hospeda con motivo de la IV edición del FILBA. Le ofrezco mi antebrazo pero no lo toma. Una vez en la cafetería me deja elegir la mesa y nos sentamos. Le pregunto si al final me va a permitir tomarle unas fotos. –Claro –me dice –pero borrame el golpe con el Photoshop.

 

Conocemos su historia, la llegada a México de sus antepasados ucranianos y su vida marcada por los viajes y el trabajo académico. Me gustaría que nos cuente cómo fue su infancia, de qué objetos está compuesto el recuerdo de su niñez.

Yo empecé a viajar de muy chica, sin salir de México. Íbamos de barrio en barrio porque mis padres no terminaban de mudarse nunca. Emprendían un negocio y les iba muy mal; entonces teníamos que mudarnos cada tres meses, cada seis meses, una vez al año… Cambiábamos de escuela, de cuarto, de barrio. Fue una infancia muy movediza y muy convulsiva donde lo único estable para mí eran los libros. Empecé a leer de muy niña. Las lecturas me vinculaban con la realidad; y quizás también el piano. Porque cambiábamos de casa pero el piano y los libros venían con nosotros. Esas son las imágenes más recurrentes de mi infancia. La mudanza, los libros y el piano.

 

*

Margo me cuenta cómo hizo convivir su rol de escritora, su trabajo en la academia y la maternidad. Me habla de hacer las cosas sin darse cuenta. De la desesperación y de la necesidad absoluta. Me habla de su deseo de avanzar. Me cuenta con simpleza cómo se divorció de su primer marido, apenas su hija cumplió dos años; y se ríe del destino al contarme, después, que volvió a sucederle lo mismo con su segundo esposo, el argentino, a los exactos dos años del nacimiento de su otra hija.

 

–A mí que me tocó ocuparme de las niñas porque mis ex maridos me daban una ayuda muy limitada. Tuve que trabajar como una enloquecida para mantener a las chicas; y para mantenerme a mí, que soy una persona muy consumista. Si quería ganar bien, debía ocupar gran parte del día trabajando. Por suerte en México hay mucha gente que ayuda en las casas de clase media, cuidando a los hijos de los padres que trabajan. Mis niñas entraron en la guardería desde muy pequeñas. Iban ahí por las mañanas y a la tarde me ayudaba una persona a cuidarlas en mi casa.

¿Será esa la razón por la cual su primera novela se demoró en salir hasta 1978?

No creo que se deba a problemas de dinero o profesionalismo. Más bien diría que no había encontrado una forma idónea para expresarme, o que pensaba que mi expresión no iba a funcionar en la realidad editora de entonces, o en relación a lo que estaban escribiendo los demás.

Se autocensuraba a la hora de publicar…

Sí. Y no me equivoqué en eso. Tuve razón. Incluso debiera haberme censurado más. Llegué a publicar cuentos o poesías en ciertas revistas de las que prefiero no acordarme. Son como manchas que quisiera se queden perdidas en algún lugar de La Mancha.

 

*

Le acercan una copa de agua y Margo bebe. Yo dejo mi café olvidado a un costado de la mesa. Miro cómo habla Margo, sus aros grandes y su gargantilla de plata. Miro su pañuelo rojo al cuello y la serenidad de sus gestos. Para su primera publicación tenía 36 años, y para su primera novela 51. Me cuenta que la mayor parte de los escritores de su generación comenzaron a publicar entre los 20 y los 23 años.

 

–Yo era amiga de ellos, pero miraba desde afuera. En ese sentido pertenezco a una generación muy creativa, pero a la que entré más tarde.

¿En qué momento dijo: “listo, soy escritora”?

Creo que siempre fui escritora. En mi inconsciente siempre pensé que iba a poder poner en palabras lo que me parecía fascinante. Pasa que era tanto lo que me parecía fascinante que no sabía cómo escribirlo. Había esa latencia que no se cristalizó hasta Las genealogías, recién en 1981, cuando ya tenía 51 años.

Usted no aparenta la edad que tiene, Margo.

Siempre digo que soy tan joven como los escritores que empezaron a publicar en 1981.

¿Es cierto que su vocación nació cuando enseñaba historia del teatro?

¿Eso dije yo? (Risas) A veces uno dice cosas en las entrevistas que son ciertas en ese momento, pero que son también certidumbres efímeras. Yo hice varias carreras. Estudié lenguas inglesas, letras hispánicas, luego hice historia del arte e historia del teatro, al mismo tiempo, porque había ciertas carreras indefinidas en la facultad de Filosofía y Letras en la Universidad de México. Y en teatro tuve la suerte de ser alumna de un profesor norteamericano que había sido expulsado por el macartismo después de la Segunda Guerra y que estaba viviendo en México. Se llamaba Alan Louis. Era un hombre sensacional, extraordinario. Él me inoculó el gusto por el teatro y la posibilidad de ver muy buenas puestas.

 

*

Cuando Margo habla del teatro la charla toma un ritmo vertiginoso. Como si ella misma, al recordarlo, volviera a estar ahí, ansiosa, viendo las compañías internacionales de teatro inglés, francés y norteamericano, que se presentaban en el México de su juventud. Iluminada me cuenta que vio el estreno de Esperando a Godot de Beckett, obras de Ionesco, de Antonin Artaud, de Adamov y de todos los grandes autores del absurdo, que nacía por entonces. Que en 1953 se fue a París con las enseñanzas de Alan Louis en la mochila e inmediatamente hizo lo propio, pero ahora en el teatro de la bohemia europea.

 

–Había una posibilidad casi ilimitada de ir a ver teatro, porque era muy barato. Y había teatro de todas partes; finlandés, noruego, chino. Vi las primeras obras de Peter Brooke, conocí a Laurence Olivier mientras montaba las puestas de Shakespeare. Vi actuar a Vivien Leigh, en una de las puestas más maravillosas de Un tranvía llamado deseo. Después viajé por toda Europa. Cuando regresé a México lo habían expulsado a Alan Louis y yo heredé su Cátedra. Ahí empecé a escribir crónicas de teatro para los periódicos y a dar cursos de teatro en las escuelas experimentales de vanguardia.

¿Y nunca se le dio por la escritura dramática?

No. Lo que hice fue adaptar al lenguaje televisivo novelas mexicanas que también se difundieron por radio.

¿Siente que su escritura pudo haber quedado muy ligada al mercado de consumo?

En ese momento sí, pero nomás en ese momento.

¿Qué despertó su interés por la obra de Sor Juana Inés de la cruz?

Sor Juana fue la poeta más importante que hemos tenido en lengua castellana y en todos los idiomas. Eso la hace un personaje ineludible para quienes nos ocupamos de la literatura.  Yo comencé a trabajar sus textos porque me pidieron una antología para la Editorial Ayacucho de Venezuela. Me insistió mucho mi amigo Sergio Pitol, hasta que dije que sí, que lo iba a hacer. Y trabajé muchísimo sobre Sor Juana.

¿Pero dónde surge la inquietud por esos temas, considerando su tradición judía?

Hay algo de lo católico que para mí ha sido muy importante desde muy pequeña. Cuando tenía yo diez años unas vecinas que nos iban a enseñar inglés a mi hermana mayor y a mí, decidieron que por judías íbamos a irnos al infierno; así que cambiaron las clases de inglés por las de catequesis. Como mi madre trabajaba mucho no se daba cuenta que cuando estas chicas nos llevaban al cine los domingos lo que en verdad estábamos haciendo era ir a confesarnos, tomar la primera comunión y leer libros de mártires cristianos. Así que la idea del martirio fue muy importante para mí desde muy niña. Sor Juana caía como anillo al dedo, aparte de que me interesa mucho como escritora. Siento que yo estaba un poco destinada a trabajar con ella.

Usted dice en Saña (2006) que para escribir hay que ensañarse. ¿Por qué?

Es como en cualquier oficio: si uno quiere hacerlo bien tiene que pulir. Hay que trabajar, encarnizarse con el texto. Además escribiendo de una manera tan fragmentaria como lo hago yo, más todavía. Hay que elegir los fragmentos, hilvanarlos y hacer una especie de patchwork, que lleva mucho tiempo pues no se tienen que notar las junturas; o si se notan tiene que ser específicamente cuando se necesitan notar. Yo hago versiones y versiones hasta que por fin de una manera inconsciente y consciente acaba saliendo el trabajo.

En una entrevista usted dijo que la escritura fragmentaria tiene que ver con el universo femenino…

Sí, lo he dicho y lo pensé siempre, pero no sé por qué. Pienso ahora que hay cierta forma de existir de las mujeres que es necesariamente fragmentaria. Una tiene que ocuparse de estar intensamente en lo que está haciendo como vocación y a la vez de comprar sal y el azúcar; de ver si la niña se bañó, si salió de la escuela, comprarle ropa, comprarse ropa, peinarse. La vida se fragmenta violentamente todo el tiempo. Se hacen miles de cosas a la vez, que van pasando casi sin concatenarse. Los hombres tienen otros tiempos. Pienso en Thomas Mann, cuya mujer se preocupaba de todo, le llevaba la comida, lo cuidaba… Cuando vinieron los nazis hasta la hija de Mann se arriesgó por él. Fue a Munich, se metió al escritorio del padre rodeada por nazis y recuperó sus manuscritos. ¡Es casi otra novela de Thomas Mann! Pero él no fue a hacerlo. Lo hizo la hija. Y a él le parecía tan natural que así fuera, ¿no? Bueno, también dos de sus hijos acabaron suicidándose.

¿Podemos decir que las escritoras mexicanas pueden moverse sin problemas por el mundo de la academia y de las letras?

En la Academia Mexicana de la Lengua hemos sido sólo cinco o seis mujeres, yo fui la cuarta mujer que entró y ahora es terrible ver que cada vez que se muere un hombre se sustituye por otro hombre. Casi nunca ponen mujeres. Es dificilísimo que una mujer entre a la academia; y eso que muchas ya peleamos para que otras entren.

¿Siente que su escritura pudo haber sido influenciada por escritores más jóvenes que usted?

Sí, claro, por Mario [Bellatín]. Hay un artículo de Barthes, sobre la interpretación teatral de La madre de Gorki, donde él dice que la madre es la discípula de su hijo porque aprende a ser revolucionaria por él. Y yo tengo muchos alumnos y muchos amigos más jóvenes que yo, de los que me siento la hija, o hasta abuela de ellos. Pese a que en lo académico siempre fui muy seria y rigurosa, los alumnos se ríen. Ahora, a veces, voy por la calle y me encuentro un viejito así, encorvado, y por ahí me dice “yo fui alumno suyo.” (Risas)

 

*

Margo saluda a un escritor que pasa cerca de nuestra mesa. Hablamos sobre la democratización de Internet y sobre el crecimiento de los lectores jóvenes, usuarios de las redes sociales. Me cuenta su experiencia. Dice que primero tuvo un blog, pero que ahora utiliza sólo Twitter. Parece no encontrarle placer a lo visual, como si las letras pudieran dibujar en su cabeza la totalidad de las imágenes que hace falta imaginar. Cuenta que hace poco declaró que iba a meterse a Facebook y que sus hijas, adictas al libro de caras, comenzaron a postear la noticia, como alertando a la población: “Peligro, peligro, mi madre ahora dice que va a entrar a Facebook”. Luego cuenta que la desalentó el hecho de que hubiera un muro. La complejidad técnica de subir fotos la decidieron  quedarse con Twitter, su red social favorita.

 

–Me divierte ver la ingenuidad de muchos tuiteros, la banalidad del Twitter, el juego masturbatorio ególatra, la falta de autocrítica de algunos y el sentimentalismo brutal de muchos otros. Twitter es la banalidad llevada a su extremo más mezquino, más inmediato. Me encanta.

Una revista cultural porteña comentaba hace unos días que usted “no entiende a la Argentina”.

Fue una entrevista muy larga y se descontextualizaron las cosas. Entiendo que haya que organizar la información, pero no que hayan resaltado ciertas frases, que en el contexto no tenían importancia. Pusieron como cabeza del artículo algo que… me quedé pensando por qué. Yo dije que me parece difícil entender los vaivenes de la Argentina, que es un país impresionante, emergiendo después del corralito, aunque ahorita parece, desde afuera, que están otra vez en un momento difícil.

 

¿Y qué es lo que la hace percibir eso, “desde afuera”, Margo?

Hay una cosa a veces muy ideologizada en la prensa de afuera que capta los hechos de manera negativa y también las manejan de ese modo. Perdón, pero yo estoy muy a favor de los gobiernos populares y me encanta la Argentina. Me parece un país maravilloso. Además mis primeras lecturas se las debo a la Argentina porque mi papá estaba suscripto a La Nación y al Billiken, así que yo leía la Sur, Para Ti, tengo una cantidad de amigos y hasta mi segundo marido es argentino.

¿Cómo proyecta una novela, ahora que no trabaja tanto para la prensa y la academia?

La vida me va llevando. Hay momentos en que empiezo a querer escribir una novela, y ahí nomás me pongo. Ahora tengo una tercera novela terminada, que se fue gestando en los últimos cinco años y de la que tengo unas cien páginas recuperables. Todo lo demás no sirve. Es un poco complicada la estructura y me costó mucho trabajo resolverla.

¿Y en curso? ¿Hay algo que esté escribiendo ahora mismo?

Sí. Ahora estoy sobre un libro de viajes. Acaba de salir en México. Es un libro sobre la India; salió hace aproximadamente tres semanas. Luego quisiera seguir con eso. Quiero ponerme a terminar un libro que abarca cincuenta años y cincuenta territorios. Estoy viendo cómo lo resuelvo.

Su obra completa va a ser así de alta…

Y sí, si sigo viviendo voy a seguir escribiendo. (Risas)

Ya lo dijo usted, Margo. Nos está robando unos veinte años. No se puede creer que haya nacido en 1930.

Bueno pero yo sí me lo creo. Yo sé que me quedan pocos años, es una tristeza pero así es.//RT5

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