El niño orejudo

El padre entra en la habitación de su hijo y tropieza con un zapato que adentro tiene un pájaro muerto. Revisa debajo de su cama y encuentra una caja llena de cadáveres de otras aves. Lo denuncia. Ahora el pequeño, llamado Cayetano Santos Godino, está en la policía. Tiene 15 años y anomalías psíquicas. Un oficial está rascándose la cabeza, mirándolo detrás de una mesa tratando de entenderlo y lo interroga:

-¿Cómo lo hizo?

-Con un piolín señor, a todos los pajarito’.

-¿Mataste muchos?

-Bastantes. Pagué la muerte de los pajarito’ con 27 cicatrice’ en la cabeza.  Me picotearon.

-¿Porqué los mataste?

-Para no dejarlo’ sufrir. Sufrían mucho, se le’ notaba en los ojito’ señor.

-¿Cómo sabías que sufrían?

-Yo les pregunté si querían morirse y no me contestaban. Me daban gana’ de romperles el cuello. Sentía un dolor impresionante, pero después de matarlo’… No sé. Sentía alivio,  mucho alivio, señor…

Por los parlantes suenan unos niños cantan de fondo y unas campanitas grabadas son las encargadas de cortar la tensión. La conversación es una representación de un grupo teatral dirigido por Adrián Cardozo para ponerle “color” antes que de que comienza la charla, mientras los conferencistas observan ansiosos a los actores en la oscuridad como si fueran marcianos. Estamos en el Museo del Libro en la Biblioteca Nacional presenciando una jornada sobre el “Centenario de los crímenes del Petiso Orejudo”. Suena raro celebrar algo así, pero el coordinador Diego Galeano explica: “La idea no es celebrar ni su nacimiento, ni su muerte. Son los 100 años de su punto cúlmine de la historia. Este es un crimen que se convirtió en un mito, leyenda. Debo preguntarme porque estoy acá y por qué ustedes están sentados escuchando esto”. Es la primera parte de un coloquio dentro del tema “Delito y sociedad en la Argentina del siglo XX”, donde hablarán Raúl Torre, Álvaro Abós y Carlos Elbert. La charla es coordinada por Diego Galeano, que recalca que es amigo de “Héctor Larrea”.

Fiore Godino, el padre del petiso, era alcohólico y lo golpeaba. El petiso creció maltratado y fue expulsado de todas las escuelas a las que asistía. El 28 de septiembre de 1904, cuando tenía siete, el Petiso golpeó a un niño de dos años en un baldío y lo arrojó sobre espinas. También apedreó a una beba de 18 meses. Su primer asesinato fue cuando tenía nueve años, cuando intentó estrangular una niña de dos años, la enterró viva en una zanja y la cubrió con latas. Sus preferidos eran los niños: los ahogaba, les quemaba los párpados, los prendía fuego, les martillaba clavos en la cabeza y los estrangulaba con un cinto. El Petiso guardaba los periódicos que informaban sobre sus asesinatos y concurría a los velatorios de sus víctimas. Si bien fue detenido en el penal de Marcos Paz un tiempo, el 23 de diciembre de 1911 regresó a las calles en libertad. Alrededor de 1912 el caso se populariza y lo cubren los medios: “La revista de la policía y Caras y Caretas se ocupan casi exclusivamente de la cobertura del caso”, explica Galeano, mientras los panelistas le clavan miradas como si fuera analfabeto.

El primero en hablar es el profesor de crimininalista Raúl Torre, conocido por conducir el programa “Forenses” y cumplir con el prototipo de investigador: lleva bigote y una pipa que ya escondió en su saco. “Es tanta la información que se han construido leyendas sobre el Petiso Orejudo. Se dice que los huesos han sido utilizados para rituales. Veamos fotos de la época…”. Todo se vuele oscuro y se proyectan en una pantalla los titulares de aquel entonces en los que se lee: “Un criminal horroriza a los porteños, asesina niños. Es un joven de orejas aladas”. Torre se encarga de reafirmar que el Petiso “estrangulaba a sus víctimas” con un piolín, pero no hay pruebas de que sea violador. “Como decía el moderador…que como es que se llama….”. “¡Diego!”, grita desde la mitad de la mesa el moderador que tiene cara de profesor de gimnasia.  “¡Gracias Diego!”, responde Torre y continúa: “Una vez el Petiso Orejudo cometió un crimen y salió a la vereda, y un oficial de policía le preguntó: ‘¿No vió un sospechoso?’ y el Petiso le respondió: ‘No señor… ¡Pero haga la denuncia en la comisaría!’”. Luego se proyectan fotos de cadáveres de niños ensangrentados y sobre el final muestra una del petiso en cuero y como si fuera más terrible que lo anterior se ataja: “No voy a mostrar las fotos enteras…”.

Se parece a Woody Allen. Galeano lo presenta: Álvaro Abós, un escritor y autor de libros de casos criminales. Le agradece: “Ha venido desde el Litoral de nuestro país, muchas gracias Álvaro…”. Y una voz contesta: “No, no… Soy de acá. Vivo sobre la avenida Pueyrredón”, explica Abós apoyando los codos sobre la mesa como Larry King. Galeano se toca las orejas prominentes (podría interpretar al Petiso Orejudo) y pregunta: “¿Ah, no es del Litoral? Uh, van a relacionar mis orejas con mi estado mental”, dice, y finge avergonzarse. “El Petiso tenía 15 años y estremeció la sociedad y la ciudad de terror. Es un mito urbano con múltiples interpretaciones…”. A mi lado, una señora cabecea cayéndose sobre mi hombro. No sé si avisarle o aprovechar para apreciar sus aritos con tantos brillantes como un video en HD.

“Yo pensé que iba a ser el primero en el coloquio… Pero bueno, fui el último. Muchas cosas tal vez son recordadas o repetidas”, protesta. Entredormido observo que Carlos Elbert está hablando. Es Doctor en Ciencias Jurídicas y Sociales y profesor en derecho penal y criminología de la UBA. “Antes de venir visité San Fernando… Perdón me acabo de confundir…ehm… ¡San Cristobal! ¡Ahí está! el barrio donde se crió el Petiso Orejudo y ya no queda rastro y tampoco queda muy poco por decir. Yo tengo un enfoque más realista, yo he sido juez”, rememora como si al público le interesaran sus títulos. El proceso judicial del Petiso Orejudo significó un cambio tecnólogico importante porque se comenzaron a utilizar las “máquinas de escribir” y “fotografías de alta calidad”. Luego, cumple con su promesa y rellena quince minutos más repitiendo datos, fechas y cosas aburridas que no vale la pena escribir. El reafirma su situación: “Yo ya estoy jubilado. Me he dedicado a lo académico. ¿Les aburro?”.

En 1923 al Petiso lo trasladaron al penal de Ushuaia, donde los doctores le hicieron una cirugía estética en las orejas para “erradicar su maldad”. Obviamente, nada sucedió. En 1936 pidió “libertad” y el equipo de los doctores Negri, Lucero, Estevez y cabrera lo analizaron y concluyeron mediante un informe que: “En el señor Godino priman los instintos primarios de vida animal, sus instintos sociales están atrofiados. Es un hombre agresivo, sin sentimientos e inhibición. En 1933 mató al gato que era la mascota del penal arrojándolo al fuego, pero los internos se encargaron de él”, explica Elbert. Torre interrumpe: “Le pegaron tanto que tardó varios días en recuperarse,  todavía nadie sabe cómo murió. Algunos hablan de una hemorragia interna por un proceso ulceroso gastroduodenal”. Antes de morirse confesó sólo cuatro homicidios y numerosas tentativas de asesinatos. Torre concluye y da un cierre a la oratoria desganada de Elbert: “El Petiso murió el 15 de noviembre de 1944, nunca confesó arrepentirse de los asesinatos. Cuando sus restos fueron removidos del cementerio de Ushuaia, los huesos ya no estaban”.

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