La guerra contra el buen gusto

Por Mariano Canal // elbuensalvaje2006@gmail.com

Mis modelos de conducta, de John Waters.
Caja Negra. 284 páginas.
Traductor: Pablo Marín.

 

Desde hace 45 años John Waters está en guerra contra el conformismo, la normalidad y todo aquello que pueda entrar en la categoría de lo respetable. Es una guerra festiva, delirante, iconoclasta y contagiosa que comenzó a librarse a finales de los años sesenta en pequeñas y decrépitas salas de cine arte – siempre en funciones de trasnoche – adonde acudían manadas de freaks, drogones, bohemios y demás criaturas de la contracultura a divertirse con los personajes dementes de Waters y su grupo de amigos de Baltimore, una band of brothers escatológica y adorable en permanente búsqueda de que cada película fuera más asquerosa que la anterior.

Pero Waters no es una marginal, aunque ame a los marginales, a los perdidos, a los malditos. Waters es un pontífice de la basura – como lo bautizó alguna vez William Burroughs –, un erudito y sofisticado amante de la mierda y lo imperfecto, un gourmand de lo trash que busca el placer en las zonas vergonzantes y extremas que el buen gusto estético prefiere ignorar, tal vez, porque son demasiado humanas. Ahí están sus dieciseis películas para probarlo, con Pink Flamingos (1972) como manifiesto, esa película donde un grupo de sociópatas compiten para ver quien es la “persona más asquerosa del mundo”, con la inolvidable drag queen Divine como santa patrona de la inmundicia y, claro, su escena más famosa, la de la degustación de un sorete de perro real como confirmación de que los límites de la comedia americana se habían corrido para siempre. O su última obra, A Dirty Shame (2004), en la cual el fetichismo sexual se apodera poco a poco, como un virus vital, de una pequeña comunidad de los suburbios baltimorianos y todo culmina es una fiesta callejera descontrolada y libidinosa en plena época de Bush Jr, porque, como dijo una vez Waters, “hay que utilizar el humor para avergonzar a tu enemigo”.

Además de director de cine, Waters es una especie de versión deforme y ultrapop del artista renancentista. Escribe ensayos sobre arte contemporáneo, sale de gira habitualmente con su espectáculo de stand up, produce discos con sus canciones preferidas (“A John Waters Christmas” es uno de ellos, y uno no puede dejar de pensar qué encantadora puede ser una cena navideña con esa música), expone fotografías y obras conceptuales en galerías de arte de NY, presta su voz para Los Simpsons o para documentales sobre medicina, y también escribe libros geniales como Mis modelos de conducta.

Geniales e incómodos. Porque la incomodidad es una de las características más notables de Waters. Aún en sus películas más “mainstream”, en esas alianzas fugaces entre Baltimore y Hollywood de su última época, jamás se trata de un tránsito fácil, despreocupado, ingenuo en el peor sentido. El recurso narrativo favorito de Waters es el shock, aunque esté rodeado de un delirio cómico e inocente, tan artificial que logra que toda nuestra simpatía sea ganada por esos personajes a los que, sin dudas, no quisiéramos conocer en la vida real. Lo mismo puede decirse de su libro, una colección de retratos de individuos que llevaron vidas extremas y que representaron para Waters parte de su educación sentimental y artística. Un santoral de desviados caídos en desgracia o exitosos, adorables o repulsivos, a partir de los cuales Waters va contando partes de su vida, de sus secretos y de sus gustos más singulares. Una biografía escrita a partir de vidas ajenas. Y sin la más mínima ironía, ese mal de la época que obliga a que cualquier acercamiento al otro deba estar mediado por infinitas vueltas de tuerca que amplífican las distancias entre autor y personajes. Waters se aproxima a todos sus modelos con curiosidad e indulgencia, pasándose por alto cualquier tipo de jerarquías. El atormentado Tennessee Williams junto a Bobby García, pornógrafo amateur especializado en videos de marines masturbándose; un paranoico Little Richard haciendo juego con el relato de la triste vida de Lady Zorro, stripper lesbiana que actuaba en los peores bares de Baltimore de los años sesenta. Otras secciones están dedicadas al análisis de la obra de artistas plásticos de vanguardia como Cy Twombly o David Turttle, “compañeros de hogar” que forman parte de la colección privada de Waters, compartiendo paredes en algunas de sus casas en distintas ciudades de Estados Unidos; o la ropa diseñada por Rei Kawakubo, prendas exclusivas hechas para parecer destrozadas, manchadas, para que queden mal, pero con precios de miles de dólares. Muy John Waters, porque en realidad, lo que importa es tener estilo, hacerse un estilo y llevarlo al extremo.

A lo largo del libro, en largas digresiones donde aparecen los bares que le encanta visitar, cada uno con su distintiva sordidez, sus ideas sobre el arte, sus preferencias sexuales (“obreros maricas que todavía están en el clóset”) o sus recuerdos de infancia de niño que claramente era diferente al resto y abrumaba a sus padres de clase media, Waters destila latigazos de lucidez autoreflexiva. “¿Traerá algo de felicidad vivir en una película de John Waters real?”, se pregunta después de contar una violenta y tristísima historia de marginalidad, que parece el lado B, el lado oscuro y áspero de alguna de sus películas. O cuando escribe sobre Leslie Van Houten, una de las chicas de la familia Manson que continúa presa y de la que Waters se hizo amigo, donde se muestra arrepentido – y suena sincero – por su fascinación frívola, juvenil, con el clan de hippies perdidos que adoraban a un demente que profetizaba el fin del mundo a partir de la letra de Helter Skelter de los Beatles. Después de todo, ¿quién llevó más al extremo la contracultura de los sesenta que Charles Manson y sus fieles? Ellos habían pasado a la acción, eran “anarquistas de verdad, que fueron más allá del llamado radical para ‘Traer la guerra a casa’”. Y formaban una comunidad de marginales, fanatizados, anormales entre los anormales, algo que siempre fue central en las ideas de Waters sobre su obra y su vida, aunque, claro, de este lado de la frontera de la psicosis. Su banda de colaboradores y amigos, los Dreamlanders, era también una especie de familia de gente que no encajaba ni siquiera en una minoría, que incomodaba en cualquier parte, una “folie a famille, una locura grupal que permanece siempre y cuando las mismas personas sigan juntas”. Pero en su alegato a favor de la libertad de su amiga, la ex chica Mason ahora sexagenaria condenada de por vida, Waters se asoma a los límites de su arte, a los riesgos de la estetización de la violencia, al abismo que separa las fantasías más asquerosas de su concreción en la realidad. Ahí es cuando el habitual tono acelerado y sarcástico de Waters se detiene, cuando está frente a personajes que llevaron sus vidas mucho más al extremo de lo que él podría imaginar, gente que vivió como en una película de John Waters real, fuera del artificio y aceptó las consecuencias.

Gente extraña, inconformistas, objetores del buen gusto que vivieron en estado de combustión espontánea, algo que Waters, al final del libro, ahnela también para sí mismo como final ideal: “ese fenómeno inexplicable de tener tanta culpa y felicidad, de estar tan obsesionados, tan decididos y de ser tan fanáticos que directamente nos hace estallar en llamas sin motivo aparente”.

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Categorías:Reseñas

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