De furores y pasiones literarias

Encuentro debate del grupo Las Lecturas en la Biblioteca Nacional

Por Ezequiel Barbosa Vera // ebarbosavera@gmail.com

 

La cita era a las seis de la tarde en la sala Juan L. Ortiz de la Biblioteca Nacional. El grupo “Las lecturas” (integrado por Agustín Montenegro, Florencia D´Antonio, Germán Solero, Juan Millonschik, Mariana Cinat y Nicolás Correa) había organizado una charla debate en torno a la “nueva literatura argentina. Concesiones, asperezas y negaciones”. El panel para la ocasión estuvo conformado por Carolina Ramallo, Laura Estrín y Rocco Carbone.

Este es el primer evento público que las Las Lecturas lleva adelante. Desde la mitad de este año se dedican a la publicación de reseñas y análisis críticos mediante su blog (http://www.laslecturaslaslecturas.blogspot.com.ar) y del portal Culturamas, aunque también se hacen eco de cada novedad a través de su grupo en facebook, donde cuentan con un centenar de miembros. Sus lecturas suelen focalizarse en las publicaciones de editoriales autogestionadas y los nuevos autores latinoamericanos.

Nicolas Correa hace las veces de moderador. A cada uno de los asistentes del panel les tocara responder cuál es la utilidad de la literatura argentina contemporánea, un enunciado amplio y ambiguo que en realidad funciona como excusa idónea para disparar un intercambio polémico acerca de la producción local más reciente. Carolina Ramallo, quien forma parte de las cátedras de Teoría y Análisis Literario y Literatura del siglo XIX, basó su argumentación en el grado de auto referencialidad que posee la narrativa contemporánea. No destacó a ningún autor en particular, sino que mencionó a muchos de los que participaron de  la antología La joven guardia del 2005 como principales referentes de la década pasada.

Luego le llegó el turno a Laura Estrín, editora, profesora de Teoría y Análisis Literario, que comenzó arremetiendo contra los rótulos de “lo nuevo” o “lo contemporáneo”. Para Estrín  la diferencia es entre Literatura y Mierda. Leyó unas encendidas páginas en  las que celebraba la literatura resistente al tiempo, a la que causaba sobresaltos, la que a su manera mata lectores. “Profundidad, tradición, continuidad, lectura, experiencia, saberes y libros” enalteció como los valores esenciales de todo aquello que establecía un diálogo con la literatura y no con la mierda. Nombró a Damián Ríos, Andrés Monteagudo, Javier Fernández, Carlos Correas, Néstor Sanchez, Osvaldo Lamborghini, entre otros, como escritores de una literatura desesperada, la única que vale ser leída. Cuando terminó la mitad de los concurrentes nos quedamos con un aplauso mudo entre las manos.

Finalmente, Rocco Carbone, quien prefirió no ser presentado. Antes de la charla muchos se referían a él como una enigmática figura de pelo largo que estaba haciendo tiempo en la entrada de la Biblioteca. Si no se lo escuchaba con atención, podría confundírselo como un cosmopolita europeo latinoamericanizado, su acento es extrañísimo. Con una euforia retenida señaló las miradas eurocéntricas de Ramallo y Estrín; a diferencia de ellas, él no podía delimitar con precisión los límites de la literatura, ni siquiera la podía definir. Y si Estrín había negado lo contemporáneo, Carbone negó lo argentino y se extendió al resto de Latinoamérica para abordar el problema, citó a El invierno de Gunter del paraguayo Juan Manuel Marcos y antepuso el lugar social y político de la literatura por sobre su utilidad. “El libro difunde y se instala en el espacio público, se opone a lo privado”, afirmó. Estrín y Ramallo a la vez polemizaron respecto a su negación del eurocentrismo, ponderando los siglos de Historia Occidental que regían al pensamiento crítico contemporáneo. Hacia el final del debate también se discutió en torno al nombre de “editoriales independientes”, optando en su lugar por el de “autogestionadas”.

El debate fue apasionado, hubo muchas negaciones, medidas asperezas y escasísimas concesiones, en tanto cada uno de los invitados representó una postura fuerte y controvertida, muy especialmente Estrín y Carbone. A su manera no se llegó a ninguna conclusión clara, sino que más bien se acrecentaron las faltas de certezas, lo que no debería ser tomado como una falencia del encuentro, sino como un aliciente para reincidir en el problema. O al menos ésta es la sensación que dejó una de las últimas afirmaciones de Carbone: “Capusotto forma parte de la nueva literatura oral”.

 

 

 

 

 

 

 

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