Llegar hasta el final

Por Luz Marus // luzmarus@hotmail.com

 

Acordes menores para Marion Cotillard, de Gonzalo Unamuno.

Editorial: Milena Caserola. 90 páginas.

 

¿Se puede hacer un libro que sea genial en las primeras terceras partes y  que se convierta en otro, no tan genial, después del último tramo? Acordes menores para Marión Cotillard  es un libro que empieza con fuerza y estilo impecable. Sorprende y atrapa. Sin embargo, a partir de la página 71, parece otro libro.

La novela empieza haciendo una descripción, dirían algunos, de la vida en pareja. Yo agregaría: de la vida en pareja con la persona equivocada. En las primeras páginas, dándole un “me gusta” al autor, me pregunto por qué siempre los tipos interesantes eligen (o terminan dejándose elegir) por minas insoportables.

La pareja está mirando una película, elegida por ella, y ella le recrimina que no le presta atención, que no le da bola, que no quiere estar ahí y se le nota. El tipo, tranquilo, intenta hacer como que nada pasó, y trata de seguir con la actividad de “mirar una película”. Esta secuencia está contada con mucho humor. Sabemos que no lo logrará jamás. Ella decidió ese momento, ese día, esa noche, para destapar la olla. Nada ni nadie  podrán hacer nada al respecto. El tipo se resigna a escuchar, entonces, frases como las estas:

“¿De qué disco me estás hablando? ¿Cuál vocación? Si encima sos bajista. No se puede hacer nada con esa porquería grave. Si tocases el piano, bueno, es otra cosa, pero ¿el bajo? Es más respetable la pandereta.”

El tipo trata de no perder la calma. Ella sigue, ahora, con la clásica comparación de sus amigos “exitosos”: “Ellos estudiaron música. Es-tu-dia-ron. Están en el ambiente. Vos te juntas a tocar con drogadictos que hacen la percusión con cubiertos de la casa. Si es que tienen cubiertos”.

El narrador nos hace un guiño y comenta:

“Esa era la vida en pareja. Eso era, amigos. Dos días de felicidad, diez días de escándalo. Una ecuación que no le cierra a nadie.”

El tipo ya no la escucha. Se detiene en la película, esta vez sí, abstraído por la actriz y se dice:

“Alguien en algún lugar del globo está viendo reír a Marion Cotillard, y yo acá soldado raso del tercer mundo, escuchando recriminaciones de una muchachita de Parque Patricios. La gran puta madre.”

En este momento siento euforia. Al fin un tipo que se da cuenta. Que se da cuenta y parece que piensa hacer algo. Que no va a dejar que todo vaya cayendo lentamente y que sea la mujer la que toma la decisión,  o envejecer de aburrimiento.

Ese es el momento de la revelación. El pibe entonces, le dice que se va. Que está todo bien, pero que tiene que irse. Para siempre. Ella piensa que es una joda, y trata de calmar las aguas, se va a fumar, se ofende. Piensa que cómo este caradura encima, le da este revés. El tiene que rogarle a ella y de repente la situación se invierte, y no es joda. Ahora es ella la que quiere seguir viendo la película y hacer de cuenta que no pasó nada. Ya es demasiado tarde. El tipo comienza a armar su bolso. Cuando ella finalmente comprende que no hay salida, el narrador nos deslumbra con un monólogo de ella desopilante. Ella le grita (porque está tan bien relatado que nos la imaginamos gritando, ¿o no?):

“Andate de esta casa. Te deseo lo peor. La muerte, la muerte no sólo tuya, la de tu familia, la de tus amigos y la de todos los que quieras. Sos un perdedor, y lo vas a ser siempre. No existís. No sos nadie, nada. Nunca vas a llegar a serlo. Por cagón. Por basura. Y sos puto, estoy segura.”

El personaje masculino, que se llama Agustín, lejos de flaquear, da una estocada final y otra vez nos hace partícipes con su confesión:

“Pero hice lo que tenía que hacer. Y salí con la decisión, con la firmeza que únicamente tienen los locos cuando son dominados por un impulso enorme. Y salí, salí a buscarla.”

Se preguntarán a quién. Sí, a la que están pensando. A la actriz y cantante francesa Marion Cotillard, la que hizo de Edith Piaf en La vie en rose. Sale a buscar un amigo para pasar la noche, (previo haberse llevado su tarjeta que guardaba una suma importante en dólares en el banco). Hasta acá, lo creemos capaz, lo pensamos posible. El autor nos hace entrar en su aventura. Queremos que viaje a París y que encuentre a Marion. Es la mejor decisión que puede haber tomado. No sabe nada de ella. Pero lo creemos capaz de encontrarla. Y por qué no, de enamorarla.

Agustín va a la casa de su amigo de toda la vida (y dealer) y le dice que no quiere droga, o no sólo eso. Que necesita que lo escuche. Nada más, “y nada menos” aclara. Le cuenta su idea. Recuerda cuando una vez su padre le dijo, con respecto a una princesita que le había gustado de niño en la revista Hola:

“—Y bueno, tendrás que ir a buscarla algún día.

—Pero, ¿no está lejos?

—Lejos no hay nada.”

En este momento es cuando más admiramos al personaje. Nos va llevando de manera creíble hacia una hazaña de héroe urbano, probable, posible, muy difícil, pero factible. Pasa la noche con amigos. Planea su viaje, busca un lugar con internet para ir diagramando todo.

El resto es otro libro. Hasta la página 71 me pareció genial, y que desde de la página 71 hasta la página 90, me decepcionó. No sé si el narrador, o el personaje. Para comprobarlo llamé al autor y le dije: “Escuchame, venía genial, pero en el último capítulo el personaje es realmente un pelotudo. ¿Por qué escribiste eso?”

El autor me confesó: “El libro ya lo tiene Marion Cotillard. Se lo hice llegar.”

Suspiré. Le dije: “Bien”.Tenés que escribir eso entonces. Re-escribilo.”

Después de unos días, me dí cuenta de que el libro estaba  muy bien en su totalidad. Lo que yo esperaba era más predecible. En cambió me sacudió. Lejos de aburrirme, me hizo pasar por todos los estados posibles. Hice más subrayados que en ningún otro libro que tuve que reseñar. Había frases geniales, totalmente citables. Si logra todo eso una novela de 90 páginas, se merece el mejor de los elogios. Es una novela que te deja con ganas. Es un libro de esos que te hacen esperar ansiosa el próximo libro del autor.

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