¿Se puede saber por qué mierda llorás?

Por Luz Marus // luzmarus@hotmail.com

Caminando por Cabildo tuve el impulso de escribir algo sobre El miedo, de Gonzalo Garcés. No podía pasar por mi casa para buscar mi ejemplar. Además, me gusta escribir en los bares. Entré a la librería El Ateneo, lo pedí y me lo llevé al café de la planta alta. No sé por qué vuelvo a esta novela. Algo me quedó dando vueltas. Algo personal. Alguien, hace poco, me propuso que escriba un ensayo comparando El miedo con Derrumbe, de Daniel Guebel, y El pasado, de Alan Pauls. “Ahí tenés la trilogía de las separaciones desde el punto de vista masculino”, me dijeron. Son varios, en el mundo literario, los que comparan estas tres novelas. Pero lo primero que diría si escribiera ese ensayo -que no pienso escribir-, es que no tienen nada que ver. Para empezar, El pasado no habla de una separación sino de una obsesión amorosa, es el pasado que vuelve, como el retorno de lo reprimido en Freud. En El pasado suceden cosas desopilantes, como cuando la ex-novia le secuestra el hijo que tuvo con otra mujer por unas horas, huyendo con él en un taxi mientras el protagonista se baja a comprar algo al kiosco. El escritor no juega con la idea de similitud autor-personaje. En los otros dos casos nos permiten jugar con esa posibilidad. El parecido más obvio entre Derrumbe y El miedo es, justamente, que podemos fantasear con que todo sucedió “de verdad”. Los autores manejan un estilo realista, ligero, en los personajes masculinos se llaman como el autor (El miedo), o los amigos como los verdaderos amigos (Derrumbe), aunque no lo sean y no pretendan serlo. Muchos nos sentimos fascinados por esta manera de seguir una historia. Como sucede con la convención teatral o cinematográfica, sabemos que no es cierto, que no está sucediendo en el plano de lo real, pero aceptamos el juego y queremos que nos convenzan. En ese sentido, Derrumbe y El miedo logran un efecto hipnótico de realidad. Claro que ahí empiezan también las diferencias: en Derrumbe la historia empieza ya con la separación consumada y un tipo solo en su casa que no sabe si pegarse un tiro o ponerse a escribir. En cambio, en El miedo vemos el comienzo, el transcurrir y el desgaste de esa historia de amor.

Otra cosa separa a El miedo y Derrumbe de El pasado: en las dos primeras, la separación se da entre matrimonios con hijos en común. Y en el fondo es esto lo que me quedó dando vueltas. La actitud tan diferente de estos dos hombres, el hombre de El miedo y el hombre de Derrumbe, frente al matrimonio.

En Derrumbe, para decirlo de algún modo, se defiende a rajatabla el matrimonio burgués. Me permito llamarlo así. Si bien, en Garcés esto no se ve tan marcado, de todas formas está el problema de “qué pasa con los chicos, dónde vamos a vivir, cuándo voy a verlos”. A diferencia de Guebel, Garcés toca este tema conflictivo con más resolución. Esto le permite al protagonista visualizar un futuro posible. Más allá del miedo y la desesperación del protagonista, sabemos que va salir. Tiene el miedo y el vértigo inherente a un principiante en natación en un trampolín de cinco metros. Se debate, se cuestiona. Pero avanza. Algo lo espera en el futuro. No se sabe bien qué es, pero algo hay. En Derrumbe (novela que me hizo llorar y sentir bronca contra el personaje), no se vislumbra futuro alguno. Al personaje masculino lo envuelve una melancolía que exaspera. Al despedir a su hija en el ascensor en la casa de la madre, el tipo llora y se lamenta. Es en ese momento, cuando logra arrancarte una lágrima, cuando decís: “¡Pero sos pelotudo! ¡Si la ves al otro día!”. El personaje no se separa de mala manera; no hay conflictos judiciales ni denuncias por violencia, no hay rapto de niños ni enfermedades terminales. No hay nada de tragedia y, sin embargo, el tipo sufre como en la peor tragedia griega. Por qué, nos preguntamos. ¿Es que el divorcio llegó antes de que el hombre esté preparado? Y no digo hombre en el sentido genérico. Digo hombre porque en estas dos novelas el que más sufre y se resiste al divorcio es el varón. El que llora e implora como un niño aunque sabe que la cosa no funciona, ¡es el hombre!

¿Qué pasa, en estas novelas, con el hombre? ¿Qué pasa en la literatura argentina con el hombre? ¿Qué pasa en el mundo, por Dios, con el hombre?

En El miedo, por ejemplo, el hombre dice: “No conservé ni un resto de orgullo; le pedí llanamente que no me dejara, y Cora terminó por quedarse.” Todo para volver a replantearse las mismas dudas páginas después: “A lo mejor soy yo, a lo mejor tengo agujeros que ni Dios podría tapar, por ahí te pido demasiado, ¿será que te pido demasiado?” para darse cuenta, por enésima vez, de que lo mejor era separarse. Que ya no tienen nada que ver. Que siguen juntos por costumbre, por mandato, por miedo. Para darse cuenta que ella nunca fue lo que imaginó. El narrador se pregunta: “¿Hay una tara fundamental en mí, que me hizo pasar todos estos años persiguiendo la imagen imposible de una mujer?” Y una tiene ganas de decirle: Y, algo de eso puede haber.

No mejoran las cosas cuando Garcés mezcla sus reflexiones amorosas con pensamientos sobre personajes literarios. Hablando de Proust: “No hay un punto de equilibrio en el que Swann y Odette se desean del mismo modo; no, desde el instante en que Swann deja de esquivar a Odette, empieza a perserguirla, y entonces Odette empieza a esquivarlo”. El narrador se pregunta después sobre el lugar que ocupa la amistad en la literatura. Finalmente, vuelve a Proust: “Lo que Swann realmente necesita, por supuesto, es la búsqueda y no la satisfacción”.

Si el tipo no es feliz con su mujer, ¿no puede buscarse a otra? Justamente otra diferencia entre Derrumbe y El miedo es el tema de los terceros en discordia. (O en armonía: parecería que esto funciona, al menos por un tiempo, en la pareja de El miedo). En Derrumbe no hay terceros, o el autor no quiso incluirlos. En la novela de Garcés, hay muchas “ellas” y algún “él” con quien el personaje llamado Gonzalo incita a su mujer a tener sexo. La incita porque se siente culpable, dice. Por la necesaria perversión que implica la sexualidad El morbo que si falta por demasiado tiempo hace imposible sostener el deseo. No lo sabemos. Esto parece funcionarles durante algunos años. Sobre todo al personaje femenino. Pareciera que el que sufre esa ausencia de celos es él. Es el más infiel de los dos (aunque no sé si llamarlo infidelidad, porque se cuentan todo), y a la vez, el que más lo padece.

Hay otro punto de contacto con Derrumbe. Cito la novela de Garcés: “El personaje ha sido aniquilado por el derrumbe de su historia de amor”. Es una línea. En cambio, en Guebel se respira durante toda la novela el desasosiego por el derrumbe de una historia de amor. Una historia de amor de la cual no sabemos absolutamente nada. No hay detalles. Lo que me obliga a pensar que más que la historia de amor, lo que le importa a Guebel es otra cosa. No lo hunde la destrucción del amor, lo hunde la destrucción del hogar. La tríada inseparable que construye el personaje entre padre-madre-hija. Si bien, en El miedo el personaje vive esto como un dolor punzante, la relación con los hijos tiene un más allá de la pareja. “Cuando viajo a ver a los chicos en Saint-Nazaire”, escribe, “me alojo en la casa de Cora”. Y en otra parte: “El miedo me parece ahora algo provisorio, indefinido”. La pasa mal, pero vemos una luz al final del camino.

Si pensamos que una novela es mejor si te hace llorar, entonces lo sería la de Guebel. Si creemos que es mejor ser feliz y disfrutarla, me quedo con El miedo. A ver si lo explico mejor. Como texto, Derrumbe me impactó. Pero el personaje masculino me cayó para el orto. No lo soporté. Me recuerdo insultándolo mientras leía. El miedo me gustó, lo leí rápido. El protagonista me pareció encantador. Si los personajes de ficción se hicieran reales y yo tuviese que elegir con quién tomar un café, sería sin lugar a dudas con el Gonzalo de El miedo. Ahora, si tengo que recomendar un texto que te haga mierda, sobre todo si sos hombre, te recomiendo a Guebel. Y lo he recomendado, sobre todo a tipos que conozco y que son muy parecidos a ese personaje. Pero juro que si ese personaje se materializara, como en la película Solaris, de Tarkovsvky, no le aceptaría ni un paseo en auto.

Frases que me gustaron de Derrumbe:

“Soy un escritor fracasado, eso ya se sabe”.

Estos devaneos sobre su lugar en la literatura me atraparon y me dieron ternura.

“En cambio yo…. Yo, que escribo para todos, no soy leído por nadie”.

“Me derrumbo. Me derrumbo. Me derrumbo. Copiaría y pegaría esa frase eternamente, pero no soporto esa facilidad”.

Hasta acá, el tipo te da ternura.

“Una posición cómoda: El sufrimiento injustificado. Claro que mi mujer acaba de abandonarme. Pero yo siempre supe que eso ocurriría, desde el mismo día en que vino a vivir conmigo”.

Acá ya te empieza a parecer un llorón.

“De hecho, me esforcé como un condenado para producir su partida y enterrarme luego en este infierno de dolor”.

Acá creo que ya me comprenden un poco más. El texto está muy bien; el personaje es un pelotudo.

“¿Y? Hay maneras y maneras de morir en vida y yo elegí la mía”.

Bueno, está bien, somos testigos cómplices de tu dolor. Hasta acá lo seguimos.

“Durante años nadie pudo decir que hubiese visto desprenderse una sola lágrima de mis ojos. Ahora mi hija me dice: “Papá, voy a vivir con mami y te voy a extrañar mucho y voy a venir a visitarte”. Y yo me encierro en el cuarto y oculto la cara entre mis manos”.

Y acá empieza a exasperarnos. Pero dejá de mariconear, tenés ganas de gritarle. Si está todo bien. ¿Qué tiene que ver la nena con su matrimonio que ya no funcionaba? Al final, ¿a quien llorás? ¿No te importa tu mujer?

Bueno, puede ser que no te importe. Es válido ¡Entonces no llorés! Si no se murió nadie ¡Y encima se mudan a unas cuadras! Juro que no se entiende qué le pasa al tipo. O llorás por tu mujer, o no llorás.

“¡A tu hija no la perdés, mamerto!” te dan ganas de gritarle. Y así sigue durante todo el libro, más o menos, también intercalando charlas sobre literatura, no con nosotros sino con un amigo (que también tiene una hija y está separado). Después nos cuenta anécdotas de otros amigos, que pasan por lo mismo, de diferente manera. Uno que va y vuelve con su esposa y su amante. Extraña a una y a la otra. Pero lo que compara no son dos mujeres. Cuando habla de la “esposa” se refiere todo el tiempo a “su hijo y la esposa”, o sea, a su hijo y lo que le duele no acostarlo todas las noches. Y cuando habla de su amante (ahora novia) habla de ella como mujer.

Estos tipos tienen un problema. Y es que no pueden disociar a sus hijos de las madres de sus hijos. Esas madres son instrumentos, son una parte de sus hijos. Si tuvo éxito Derrumbe fue (además de por estar muy bien escrito) por el grado de identificación que produjo en los hombres argentinos. El miedo, en cambio, es más europeo. No entiendo al personaje de Derrumbe. Pero muchos amigos hombres-padres, lo entendieron perfectamente. O sea: siglo XXI, civilización, muchachos. Dos casas, los niños no pierden a ninguno de los dos padres. Se separan de común acuerdo, sin violencia, no se cambia el nivel de vida, los adultos mantienen una relación cordial. Si no llorás por la pareja que se rompe, por la mujer que perdés, no sé por qué mierda llorás.

Al final de su libro, Garcés escribe: “En este momento todavía no encuentro esa certeza, y tengo miedo.” Una querría conocer a un hombre así. Un hombre que diga “todavía tengo miedo”. En ese todavía hay esperanza. Una se imagina que podría llegar a ser esa mujer que soñó siempre. En cambio leés Derrumbe, en la parte donde dice que no piensa sacar la foto de su ex-mujer de la biblioteca por más que entren cientos de mujeres a su casa, y rezás para no encontrarte nunca con ese personaje de ficción hecho carne. Ese tipo sabe que no va a perder a su hija; sabe incluso que la verá más que antes y que tendrá un vínculo más estrecho. Pero llora por la destrucción de un hogar. Y agrego: un hogar burgués e hipócrita.

Pero es inútil que me esfuerce. Tal vez algo se me escapa. No soy un hombre, después de todo. Ahora bien, justo por eso, por la exasperación que me produjo Derrumbe, lo recomendaría. En cambio, si quieren pasarla bien, e imaginar que personajes de ficción como el Gonzalo de El miedo existen, lean el libro de Garcés. O sea, lean a los dos. Pero sé al auto de quién me subiría.//RT6

Anuncios

1 reply »

  1. Muy mal leído Derrumbe. Se trata de una obra cómica, el narrador dice: “soy un escritor cómico por aberración de la forma”, el narrador es un cínico que se ríe del lector. El final confirma esta hipótesis cuando el tipo se convierte en un homeless que se arrastra a los pies de su hija como una hipérbole ridícula del sufrimiento. Y en todo caso, en la lectura más literal, el sufrimiento que expresa el protagonista no es por su mujer, sino por no poder vivir más con su hija.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s