Delirando no tan en pelotas

Por Ezequiel Barbosa Vera // ebarbosavera@gmail.com

 

Me encuentro con Luis Mazzarello a unas cuadras de Parque Centenario y lo reconozco por el sombrero negro. Antes de que pueda empezar a grabar, el director de Wu Wei comienza a hablar de Flores, de pequeñas guerras barriales que se disputaban con las bolitas de los paraísos durante su infancia, de bombas que reventaron frente a sus ojos a mediados de los setenta. Mientras habla reparo en el libro que lleva bajo la palma de su mano, la portada contra la mesa, la contratapa un poco manchada con tierra o barro. Menciona cámaras avanzadas, su gusto por los cortos y del aliciente tecnológico para dar con “una expresividad personal sin caer en una copia del mainstream de Hollywood”. En los últimos días, asistió al ciclo Poesía en la plaza. Se refiere a su organizador, Osvaldo Baigorria, como un gran trotamundos: “Es una persona interesante, vive un poco en Buenos Aires y otro tanto en Tigre. Me gustaría alternar de lugares en el futuro más próximo posible”, dice entre risas.

Pero vos también estuviste por todos lados ¿no?

Más de pendejo. En realidad, soy un trotamundos dentro de esta ciudad. Viví en muchos lugares, cada cuatro años me mudo aunque ahora me quedé en la misma zona del mismo barrio. Y es muy loco porque te da otra perspectiva, los barrios de Capital son muy heterogéneos entre sí. Cuando empezás a tratar con el del bar, con el que te cuida el estacionamiento, notás la matriz porteña argentina, pero hay más variedad de la que parece. Yo nací en La Plata, después mis viejos se vinieron para acá y paramos en Caballito, viví ahí hasta los veintiuno, veintidós años. Después fui a Almagro y de Almagro, acá cerca (en Valentín Virasoro y Ángel Gallardo). De ahí, me fui a Brasil, más tarde a Chile y después volví para instalarme en Plaza Italia. Más adelante, me fui a Belgrano y a Villa Urquiza… y los barrios cambian, en diez cuadras todo cambia muchísimo. Caballito de cada lado de la vía es diferente, por ejemplo. Devoto es muy lindo, la placita municipal con sus barcitos, todo un mundo. Y un chetaje que es el chetaje de Villa Devoto, el devotero es muy particular. Cada barrio tiene su cheto (risas). Cuando íbamos a bailar a Gimnasia y Esgrima de Villa del Parque (GEVP) siempre se armaban peleas, había picadas entre la chetería de periferia. Eran chetos periféricos porque el verdadero cheto es de otro lugar. Los reales son los de Barrio Norte. Los otros son copias, clase media simulando, con una aspiración X.

Ese imaginario del cheto y sus aspiraciones, ¿desapareció con el tiempo?

Mirá, en el caso de mi generación no. Los tipos que ahora tienen cuarenta y cinco o cincuenta y pico siguen medios centrados en ese nivel de boludo. Creo que uno la va arrastrando y después cada uno tiene la boludez de su época. Yo voy arrastrando un poco y el resto de mi generación también: las palabras, los clichés, el tipo de camisa, todo. Son identidades. Hoy hay mucho personaje impostado, como de serie.

¿Como si fuese sacado de una serie de televisión?

No veo televisión hace muchísimos años, solamente lo hago cuando voy a lo de mi vieja, que tiene la TV prendida. Entonces cambio a un canal de cine, me quedo viendo alguna película; pero como no la veo seguido no puedo decir en qué cambió. Lo que pasa es que la televisión requiere mucha atención para que uno arme su imagen continuamente, eso te absorbe muchísimo porque tiende a producir cosas calientes en un ámbito frío. En el cine ves la pantalla grande con alta definición, das vuelta la cabeza y probablemente no te pierdas nada. En la televisión volteas y ¿qué pasó? me perdí. Hay otro ambiente que quema neuronas a lo pavote.

Hablamos de espectáculos, de festivales, del tiempo que se fue. Mazzarello recuerda su participación en el Carnaval de Flores de 1994: “Fue muy copado, durante todos los fines de semanas de febrero con juegos, elección de la princesa, fue loquísimo. Muy diverso, tocaron desde la Bersuit a Ricky Maravilla, era muy mezclado y desde el escenario veías que eran cuadras llenas, repleto… creo que ese deber haber sido el mejor carnaval de los últimos veinte años. Vos sentías el entusiasmo, ahora los corsos son más tristes.”

¿Cuál fue la manifestación más grande en la que participaste?

A mí lo que me dio más escalofríos fueron las marchas del 83 y del 84, que eran multitudinarias, columnas, cuadras en la 9 de Julio cortadas y repletas de vereda a vereda. Era portentoso. Fue la época de la apertura democrática, nunca viví algo así, muy tranquilo, con todo el mundo cantando. Veías cabezas y cabezas, las pancartas avanzando. El lugar común era el “que se vayan”, lo otro estaba muy bien identificado. Hubo dos eventos muy locos, uno fue el 30 de marzo, dos días antes de la Guerra de Malvinas. Se armó un despelote terrible, metieron a un montón de gente en cana, a mí no me agarraron porque era un gato y salí corriendo (risas). Fue terrible. Lo que más me impresionó fue que a los dos días se vuelve a llenar la Plaza pero vitoreando, festejando por la Guerra. Y ahí hubo represión, corridas, palos, metieron gente en cana. No hubo “resistencia” por parte de los manifestantes, tampoco es que hubo cabezas rotas, yo al menos no las vi. Después, el seis de diciembre del 82 se armó una trifulca que fue donde unos pibes golpearon las puertas de la Casa Rosada, quemaron un montón de cosas, gomas, ahí hubo represión con tanques de agua. Ésa fue la que marcó realmente la caída de las Juntas, esa marcha fue brava.

¿Cuándo empezó tu relación con el mundo cultural?

Empezó por el 82, estaba ahí porque estudiaba cine en el CERC, estudio que dejé inconcluso, como el resto de las carreras que cursé en mi vida (risas). Después del CERC fui a Filosofía y Letras e ingresé en Antropología. Entonces empecé a estar en ámbitos culturales, tuve la suerte muy copada de conocer el Café Einstein el día que se inauguró: pasé de casualidad, vi algo pintado de colores raros que me atrajo, entré y resultó ser la apertura. Ese día estaba Katja Aleman que hizo una performance extrañísima, fue un viajete. Así empecé con la movida. Yo hacía cine y un par de cosas en video, comencé a ir frecuentemente al Café Einstein, de martes a sábado. Había días en los que no pasaba nada y otros escuchabas a Sumo o Los Twist, había un montón de bandas, todo arrancó ahí. Conocí a Eisenstein y a Chabán, hacía las fotos de una banda que se llamaba Hollywood nunca aprenderá, participé en un video de Soda Stereo… empezás a estar, estaba empezando todo y vos estabas en todas. Era estar en el lugar adecuado, en algo seguro te ibas a enganchar, en algo que participar, con alguien te ibas a enamorar. Había una curtición tremenda (risas). Por aquel entonces, con un amigo subsistíamos haciendo remeras de rock. De hecho, Luca usó una de Lou Reed en un recital grabado de Sumo.

¿Qué podés decir respecto a la Buenos Aires de entonces?

Hubo una transformación urbana: actualmente ya no es tan orgiástica la ciudad, los ochenta en cambio sí lo eran. Las fiestas eran bastante orgiásticas, te ibas con cualquiera a un rincón. Luego vino el sesgo del SIDA, llegó rápido y lamentablemente empezaron a caer muñequitos. Diezmó muchísimo a mi generación, especialmente porque muchos se picaban, el SIDA estaba ahí y se convirtió en aguja. No había prurito: comenzabas a ver pibes que caían muy feo. Mucha gente de mi generación lo arrastra hasta hoy y sigue cayendo. Un chico amigo que se llamaba Diego Luzzi murió en el 2011, a fin de año. Arrastró el SIDA durante un montón de tiempo hasta el año pasado. Terminó muy mal, es una enfermedad tan degenerativa. Por ejemplo, mi amigo del departamento de Virasoro murió rápido. Fue muy vertiginoso el virus, estaba muy mal, me insistieron pero yo no quise ir a verlo. De hecho lo menciono en mi novela Un mogra nunca es un gramo …

Los restos de la noche porteña de antes …

Lo que pasa es que en realidad esa época era más que salir a las calles con miedo: uno hacía cualquier cosa. Buenos Aires tenía mucho más noche que hoy. Había mucha joda, los pibes se drogaban temprano, era la época del pasteo. No era cuestión de conseguir un porro, se daban con Rohipnol y jarabe para la tos. Salía a la calle una cantidad de pibes que estaban hechos mierda, quizá con una fisura en la cabeza como la que tienen hoy los pibes que fuman paco, todo un problema que con el tiempo fue solapando. Está todo lo no dicho, había mucha violencia alrededor de las banditas y sus peleas en los bailes. Es un mundo que no se lo ve, se cree que era una lucha constante armada y no fue así. Digamos que una parte de la clase media estaba en otra cosa. Los otros son mitos ya incorporados…

La conversación pasa por otra deriva, observo que Mazzarello no guarda ni mueve el libro boca abajo. Le comento que hace poco entrevisté a Valeria Luiselli, hablamos un poco de literatura mexicana. Mazzarello dice que le gustaría sumar a su catálogo una novela trash de la frontera. Aparece también el nombre de Bolaño y su estigma.

Acá no se sufre de una marca tan indeleble como la de Bolaño ¿no?

Yo creo que hay un estigma, está el estigma Aira, el de Laiseca … conozco a muchos chicos que son del taller de Laiseca, ves que hay algo de ese delirio, creo que era algo que había en el aire. Cuando yo todavía no lo conocía tenía cosas escritas que tenían un realismo y cosas que eran efectivamente delirantes. Y me daba vergüenza. Yo estaba out del movimiento artístico, estaba muy ocupado en la supervivencia cotidiana y en el mantenimiento de mi familia. Tuve un impasse de años, donde hice una carrera en la industria empresaria y escribía este tipo de cosas. No iba ni a talleres ni lecturas ni a nada. Escribía cosas delirantísimas, todavía las tengo, las sigo trabajando. Yo edité por Wu Wei Un mogra nunca es gramo y Programación doble, “Figuras en el espejo” (que integra el volumen de Programación…) es de esa cosecha (risas). Tenía una necesidad, era trabajar en una Pentium II y trasnochar escribiendo. No sé por qué será, si es porque la pared de la cabeza ajusta mucho y se rebalsa todo por un lado y sale de esa forma. En realidad, lo veo mundialmente. Es como que hay una huida hacia el delirio o lo virtual respecto a los videojuegos, hay una huida de las condiciones sociales hacia el delirete.

¿Cómo surge Wu Wei?

El nombre de la editorial en un principio iba a ser Acqua Lux e íbamos a sacar una revista llamada Wu Wei. Esto fue en el 2005, cuando no pude crearla. La idea surgió a partir de una persona a la que yo le doy a leer una novela mía aún inédita y su editorial (no voy a decir el nombre) me dice “te la edito”. Nunca fue publicada. En ese momento, estaba volviendo al mundillo literario. En el 2005 me fundo. Me digo “tanto reventarme la cabeza con todo esto para llegar de vuelta al mismo punto al que estaba en los noventa”. O sea, delirando y en pelotas (risas). Estaba sin guita y con la cabeza partida. Me pongo a laburar para remontar mi situación personal, me voy rehaciendo y con la idea de nunca más depender de un solo andarivel económico. En el 2008, noté que faltaba algo en mi obra, me siento mal y comienzo un taller literario, vuelvo a delirar y divertirme. Ahí, junto con otras personas, retomo la posibilidad de una editorial. Soy un tipo que nunca ha dejado de leer, nunca he dejado de consumir cultura. Tengo un bagaje enorme de lecturas, películas, teatro, leo tres libros por semana en simultáneo. Los talleres me sirvieron no sólo para limar, discutir, ver desde otros lugares, sino también para aprender a leer lo otro. Eso es bárbaro. Más tarde, le comento a Damián Ríos esta inquietud y él me dice “largate, mandate. Si te animás mandate realmente a fondo como editor, lee, vas a ver cosas que te van a sorprender, vas a ver otras que son mejores que lo que vos escribís, valoralas”. Bueno, para mí es increíble porque me está pasando. Proyecté Wu Wei en el 2010 y en el 2011 logré plasmarlo. Este año fue muy importante gracias a Choripán social y también la mayor apertura de nosotros para empezar a salir a todo este mundo, para de a poco ir apareciendo.

¿Es la primera vez que trabajás como editor?

Sí, y es una experiencia bárbara. Cuando leo algo y me gusta, me la juego y voy reservando los medios para llevarlo adelante. No quiero que le pase a nadie lo que me pasó a mí, del editor que va desapareciendo. Me enteré que cagó a un montón de gente, no sólo a mí. No sé si le salió mal y no se terminó de animar a decirme que no, fue todo muy ambiguo, como en la novela de Aira, La vida nueva (risas). Este personaje me tuvo dando vueltas todo un año. De todas formas, fue una ayuda, fue un impulso lejos de deprimirme. Hay que respetar al autor y a su obra, tenés que saber dar una devolución, explicar los motivos por los que tomas una decisión. Hace poco leí una novela y me encantó su historia pero no me convencía como pieza literaria. Hablé como el autor y le expuse mi punto de vista, él se sintió muy cómodo y quedamos en seguir laburando juntos sin un plazo o fecha límite. Editar no es sólo un oficio, sino también armar un buen vínculo con los autores.

Wu Wei parece un proyecto multimediático ya que, además de los libros, tenés las películas y el magazine.

La idea es que sea multimediática. Filmamos el corto de un cuento de Reynaldo Revagliatti, “El caso del aponeurótico”, incluso lo hicimos antes de publicar el libro (risas). Me gustaría poder hacerlo con una parte de la obra cada uno de nuestros autores. Al corto también lo musicalicé con una composición de los ochenta que realicé en un estudio donde trabajaba con el grupo Avatar. Esa música, de hecho, era la banda sonora de una película super 8 perdida de esos años. Tenía los masters originales de la grabación, digitalizamos el sonido y después lo pusimos en “El caso…”.

¿Tiene algo más Wu Wei para este año o todos los cañones están apuntados al 2013?

Este año cerramos, estamos preparando el material para el 2014, por ahora van a ser seis libros. Creo que el 2013 va a ser muy bueno, vamos a editar una novela impresionante de Nicolás Correa que me dejó boquiabierto. También van a salir en abril grandes textos de Ricardo Strafacce y Natalia Rodríguez Simón, así como una antología con autores de policial negro y fantasía.

Probablemente haya aún mucho más para contar, pero yo sólo me quedo mirando el libro embarrado que sigue bajo la mano de Mazzarello. Se da cuenta, sonríe y me lo muestra. Es un ejemplar de Choripán social.

Este libro se me cayó en un charco cuando me los entregaron de la imprenta. Lo tenía en el auto, después lo miré y pensé “lo encontré tirado en un accidente, estoy buscando quien lo cuide” (risas). Está en buen estado y se deja leer. Me acuerdo que una vez encontré un libro así, IQ, un libro chino, una edición chiquita. Lo encontré tirado en un charco lo levanté, lo leí y me encantó. Y digo ¿esto qué es? Quizá a otra persona le pase lo mismo: lo encuentra alguien que no lo compra ni lo busca, no sabe qué es. Estoy viendo dónde dejarlo y que haga camino. Le puse una nota al comienzo indicando lo que pasó, podría poner mis datos al final para que la persona que lo recoja me diga qué le pasó con el libro. Son boludeces que uno hace.//RT

 

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