“El poder se ha instalado en la erección del pene”

por Francisco Dalmasso // fran.dalmasso@hotmail.com

 

Se presentó el libro de Clara Coria, sobre “Las mujeres y la sexualidad después de los 60”. Un público longevo y el humor picaresco de Gabriela Atcher. “No hay nada nuevo”, dijo la autora sobre el libro.

Hay una especie de somnífero en el ambiente. Son los perfumes exquisitos de señoras mayores que se entremezclan. Un paisaje visual de anteojos que se usan como vinchas sobre cabellos canosos, collares majestuosos, carteras Louis Vuitton y un daiquiri de frutilla compartido por dos mujeres rubias de refinado nivel. Una lleva un collar con cuatro muñequitos que representa la cantidad de sus hijos y además aleja a los hormonales solterones. Una anciana lleva pintados los labios de fucsia y se ayuda de un bastón para caminar en la sala. Se sienta y conversa con su amiga: “¿Qué calorcito no? Decí que acá está el coso ese de frío.” Señala al aire acondicionado. “Se separó, pobre. ¿Viste? Tenía dos años su hijito. ¿Sabés el quilombo que es separarse con un chiquito? La nueva amante le lavó el cerebro. Pero parece que a él… ¡Le encanta!”. Una fotógrafa de veintipico parece un bebé al lado de la longevidad de las damas del lugar. Solo hay dos hombres en la sala. Uno soy yo. El otro es un maduro que lleva una camisa abierta y una barba blanca sensual y tupida. Todo lo mira de reojo. Sospecho de sus intenciones.

Tres vasos ordenados en fila y a su derecha un banner gigante con la foto de un libro de tapa amarilla sobre un fondo rosado. El escenario parece un living minimalista con sillas y mesas blancas, unos gladiolos de fondo y un piano de cola. Estamos en “Dain” una librería de Palermo Soho donde se llevará a cabo la presentación del nuevo libro de Clara Coria editado por Paidós titulado: “Erotismo, mujeres y sexualidad después de los 60 años”. Coria es escritora y psicóloga, editó 8 libros con la editorial (“El amor no es como nos lo contaron”, “Decir Basta” y “Los cambios en la vida de las mujeres”, entre otros) pero con su apariencia podría ser directora de cine. Se toca todo el tiempo las manos como si se frotara crema. Los pantalones chupines color rojo de la presentadora desencajan, pero igual pregunta por micrófono: “¿Se escucha?”. “¡NOOOO!”, grita una mujer desde la última fila. Es lógico, sabiendo que más del 50% del público utiliza audífonos. La presentadora toca un botón como si solucionara algo y mira extrañada al micrófono. Una señora con mucho maquillaje en los párpados le hace la mímica de cómo debería agarrarlo y exclama: “¡Tenés que ponerlo así nena!”. Gracias al consejo sabio de la señora, el micrófono logra funcionar. Y Clara Coria sonríe nerviosa.

Maquillada como si estuviera en los años 30, la actriz Gabriela Acher agarra el micrófono y saca de su cartera un papel de donde lee un monólogo. Pero lo dice como si fuera improvisado. Es stand up para jovatos, sus chistes son naifs: “Ahora si estás grande y querés tener hijos, podés utilizar los óvulos de otra mujer. Y si tenés más de 60… ¡Te los paga el PAMI!”. El público se ríe tanto que temo que sus dentaduras postizas salgan eyectadas y alguna se me clave en la yugular. Acher sigue: “A una amiga, su amante la besó tan fuerte que se le salieron las ‘fundas’ de los dientes y después el mismo tipo le besó los pies y se tragó el líquido corrector de juanete”. Siento asco. Los chistes se van haciendo más guarros bajo el disfraz de humor inteligente para las señoras que desean escuchar cochinadas. La actriz lee: “Un viejo amigo una vez me dijo: ‘Si a la mina le gustan los penes blandos… ¡la mato!’”. Después supuestamente fiel a su estilo, que no incluye estudiarse el monólogo de memoria, lee una supuesta carta que le envió una mujer “mayor” y comienza: “Hola, soy mayor. Estoy entre los estrógenos y la muerte”. Todos ríen. Y cierra con una frase conmovedora de la carta: “Ya estoy vieja. Aún después de los bifocales y los audífonos, voy a seguir haciendo el amor”. Todas aplauden.

“Le agradezco a mis amigas de los talleres de reflexión, a otras que bailan odalisca conmigo, otras con las que simplemente tomo café y algunas con las que improviso en teatro”, saluda Clara Coria mientras mueve su pie derecho como si estuviera pisando el pedal de una máquina de coser. Sus sandalias son naranjas, su musculosa y sus lentes son celestes. Su trabajo es muy simple, dice: ella propone temas para escribir. O le dicen sobre qué escribir. Da lo mismo. En este libro predomina lo primero, regido por un marcado egocentrismo: “Este tema lo elegí porque lo necesitaba yo. Pero fue sugerido por mi editora. Esto igual les pasas a muchas mujeres… ¡eh! Y yo las entrevisté”. Luego habla sobre las “creencias” que dicen que la menopausia disminuye el deseo sexual y revela una verdad desconocida: “Lo que sucede es que nuestra sociedad es patriarcal, machista y judeocristiana y solo se centra en la sexualidad genital, cuando lo disfrutable es el erotismo”. Luego habla de los “tiempos libres” de la vejez e informa de que “hay más tiempo” una vez que se han cumplido los “mandatos sociales”. Una señora asiente con la cabeza y se emociona. Saca un pañuelo, pero antes de secarse empieza a toser y termina utilizándolo para taparse la boca. “Tengo que dejar urgente el pucho”, le dice en voz baja a su amiga.

Esforzándose por dar una respuesta específica para los problemas sexuales de las personas mayores, Coria concluye: “No hay nada nuevo. Es un tema muy complejo y yo solo tomé un pedacito… Pueden preguntar”. Las miradas se cruzan, Coria respira sobre el micrófono. El silencio incómodo hace que Coria se confiese: “La verdad que hoy estaba muy nerviosa, así como rayada…”. Acher la mira asombrada. Una mujer entre el público pregunta: “¿Es verdad que con la menopausia no hay sexo?”. Coria responde: “¡Todo lo contrario! Puede abrirse un parque de diversiones del sexo”. Luego otra mujer interroga sobre la “calidad eréctil”. Coria responde: “Mirá, entrevisté a un viejito que practicaba sexo tántrico y no tenía grandes erecciones, pero el erotismo le permitía disfrutar”. Sobre el final una mujer consulta sobre orgías en la vejez y Coria se pone seria: “Yo no hablo de eso. El libro tiene límites, cancelé la homosexualidad y el sexo de a muchos. Me centré en la cultura que ha instalado el pene erecto como sinónimo de potencia. El pene es algo independiente del hombre. El poder se ha instalado en la erección del pene”. El público aplaude y se pone de pie, un grupo de señoras se apuran por saludar a la escritora y rápido se arrastran para formar una fila delante del cajero y comprar el libro, mientras el perfume somnífero vuelve a invadir la zona de las cajas.

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Categorías:Crónicas

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