Los pichis

Por Indira Montoya

En una casa cualquiera de barrio común vive una familia común que tiene en su cajón izquierdo de la cómoda de fórmica una foto descolorida que como postal muestra unas personas con mueca de jetset paradas en la explanada del Casino de Mar del Plata. En la mía por ejemplo estoy yo, mi padre que en paz descanse y mi madre con 15 kilos menos y un vestido azul. Era el año 1983 y yo tenía 7 años.
Los Pichiciegos no es una metáfora.
Decido apelar a un recuerdo mío para atravesar el relato: año 1982, la señorita de primer grado nos dice “Vamos a hacer un simulacro de bombardeo: cuando yo diga, se tiran todos al piso debajo del banco.” Olor a pata y aliento contenido, por cinco minutos allá en abril yo fui también un pichi, y sólo desde ahí logro introducirme en la idea de Fogwill al escribir el libro: la paradoja irreductible del lenguaje.
El comienzo es duro y críptico. De a poco nos enteramos, los pichiciegos son un grupo de desertores argentinos que habitan en un agujero en la tierra y negocian víveres con ingleses y congéneres mientras afuera transcurre la guerra de Malvinas. Aprendemos palabras y códigos y sin querer buscamos una metáfora que nos devuelva algo del sentimentalismo que tenemos destinado a la materia patria. Dice: “La nieve es barro pesado” y en un gesto nos anuncia que va a destruir nuestra apacible noción de las cosas.
Los Pichiciegos no es un compendio de acción.
Recordar es una actividad común e intrascendente que se apoya sin que nadie lo sepa en la fractalidad de nuestro pensamiento y nuestra experiencia. Fogwill recuerda lo que aún no ha sucedido, y antes de acceder a lo testimonial se transforma en un narrador de sueños. La familiaridad con la que los personajes aparecen y continúan diálogos circulares siempre sobre lo mismo, la falta de modales para introducir la temática y la manera en que ya en la tercera página sabemos que no hay ni puchos ni nada y que el frío es arrasador, es tan contundente que no tenemos tiempo de preguntar nada y podemos abandonar el libro o consumirlo hasta la rendición. Hay una brutalidad esencial que se despliega en la primera parte que habla más acerca del escribir que acerca de la guerra. El planteo sobre el lenguaje es elíptico pero omnipresente: ¿Se debe asimilar la guerra de tal forma que podamos insertarnos en su dinámica y siquiera opinar acerca de cuál podría ser el curso de acción adecuado?
Los Pichiciegos no habla de moral.
Fogwill aparenta ser amoral. Personajes decadentes y burócratas luchan por subsistir y construyen un submundo jerárquico en el que la utilidad es el único valor. Y sin embargo en la página 49 y medio, después de un buen rato de repugnancia nos tuerce el patriotismo y nos señala con un diálogo inocente: Esta guerra es la ficción de la junta militar, y estos son chicos de 18 años asediados por el frío y el hambre en medio de un campo minado.
Todas las posibles conjeturas que sustentaban la moral férrea de la que nos jactábamos hace unos momentos caen estrepitosamente como cayó en 1982 ante la evidencia de los peores males. Y en ese momento, vemos que la paradoja en sí era una metáfora. Fogwill escribe sobre la guerra como podría escribir sobre cualquier cosa. Derriba las costumbres, sus personajes ya no creen en nada, es más, para los demás soldados y oficiales los pichis son casi una leyenda como las monjas aparecidas que crecen ovejas y para los pichis los otros son como las ovejas que pisan una mina y explotan en el aire, y así nos revienta el resto ético con una frase: “Porque a veces bajaban un carnero al almacén, para matarlo al día siguiente, pero nadie iba a encariñarse con un bicho que al día siguiente tendría que comer” La emocionalidad está racionada tanto como la comida o los puchos. El miedo se mide -está el gran miedo general y los miedos menores que dan placer cuando se acaban- y un terror común del que no se habla. Los Pichis no pueden ser infinitos y se aniquilan cuando es necesario. ¿Cuántos muertos? Dicen que 1000 o 2000 o 200, la cifra no importa.
El hombre es para Fogwill un ser atrapado en la retórica de otros. Los personajes se hablan y hablan a lo largo de la primera parte sin llegar nunca a hablar por ellos mismos. Otros motivos los condicionan, el hambre la necesidad o el miedo. Son un permanente “durante” limitados por cada circunstancia, ajenos a la libertad, atrapados entre los desechos de una nación. La discursividad es un permanente señalar en tercera persona, en neutro o en adverbio: “los otros” “los ingleses”, “acá”, “todos”, ”muchos” y se nomina lo estrictamente necesario. Aparecen más veces nombradas marcas de cigarrillos que referencias al nombre de pila o apellido del Turco, uno de los personajes principales. El resto es como un mundo genérico –los forros, los jelps, los uiners- y neutral, casi un decorado. Y para cada parte es lo mismo. El valor del otro es funcional por encima de toda consideración.
Los Pichiciegos no es un libro sobre el miedo ni la muerte
El miedo y la muerte nos pertenecen a todos. Tampoco es sobre la vida unificadora ni un canto de esperanza. La historia no tiene desarrollo, son pantallazos, El narrador es un ser fraccionado en varios. Fogwill no puede desprenderse de sí mismo y se desdobla: un pichi sobreviviente, un psicólogo, el Turco, los argentinos. Ninguno camina con una temporalidad definida por las circunstancias. Caminan y punto. No hay zonas ciegas, cada curva que damos en el relato Fogwill llena los vacíos con otras imágenes. Surgen preguntas, las responden la muerte el miedo los ingleses los rendidos. El relator omnisciente es un hombre estallado, y qué coincidencia, en plena guerra. Hay paisajes, los ven algunos, hay ruidos y se escuchan a lo lejos desde cualquiera de los puntos a los que accedemos. Hasta una oveja sirve para narrar la desintegración. No se puede hablar de la muerte propia y la ajena es simplemente un cambio de estado.
Los Pichiciegos no es un libro sobre el dolor.
El dolor -se podría decir- no nos incumbe mientras no lo sentimos. El dolor es para casi todos un espejo de los límites que podemos alcanzar. “Si hay algo peor que la mierda de uno o de los otros es el dolor. El dolor de los otros.” Para evitarlo deciden no mantener heridos en la Pichicera. Que se congelen afuera, total sin médico están muertos de antemano. Sólo Diéguez es recibido por salvarle la vida al Turco, y lo soportan porque se quejan al unísono para no escuchar los gemidos del moribundo. Los Pichis no habla sobre dolor más que como meras alusiones al efecto de los artefactos sobre la corporalidad. Habla del dolor en relación al propio cuerpo o al ajeno, como una enumeración más de las posesiones a las que acceden. El dolor es intransferible e imposible de recordar en esencia.
Los Pichiciegos no es un libro sobre el recuerdo ni la memoria.
Cómo podría serlo, si fue escrito a contramano de la memoria, luchando para dejar un texto a modo de registro interior, para no dejarse llevar por las contradicciones de los testimonios y de la historia oficial. El recuerdo en los Pichis está limitado a lo inmediato. Lo particular se nubla y quedan categorías: mamá, culear, familia, bañarse. Ningún personaje delimita su mundo con nada exterior al grupo. No hay referencias a lo concreto. Se han borrado caras fotos nombres y demás referencias al mundo de antes. Lo más cercano es una mención al origen regional, la ciudad o la provincia, y esto siempre en relación a la situación en la guerra. ¿Por qué si son todos porteños acá somos todos del interior?
Los Pichiciegos no es un libro sobre Argentina.
Fogwill mira desde lejos, y recuerda. Hay una nación y otra, y ahora pelean por unas islas y de golpe antes de empezar el libro ya está fuera del continente, de tdos y en ultramar donde todo toma la forma de un tesoro escondido o un barco pirata. La naturalidad con la que Fogwill sale de Argentina para habitar un país de nieve es muestra de su exilio y su lejanía. Lo coyuntural lo excede y él se deja ir más allá de sus imágenes. No habla de la junta militar ni propone una noción política definida.
Los Pichiciegos no es un libro sobre política
En todo el relato no hay una sola referencia más que a lo físico de la guerra. La psicología queda relegada a un final que no tiene remedio. Las cosas fueron de este modo y después qué, desear ser diferente y desear lo otro que no somos. Quiero ser malvinense dice el Pichi a un escritor que imaginamos joven y progresista, inmerso en una antropología para la cual ya no hay lugar más que desde lo impostado. Quiere ayudar pero no le alcanza su humanidad para ingresar en la escena claustra de un hombre que ya no pertenece a nada ni a nadie. La brecha entre los Pichis y el mundo es definitiva y terrible. El hombre ha sido reemplazado por una palabra. Total destrucción de la sociedad desde el punto de vista “Pichi”.
Los Pichiciegos no habla sobre el hombre ni sobre los niños.
No encontramos al Hombre ni al hombre ni al ombre. Ni siquiera a los hombres, pequeños héroes unidimensionales que trabajaran al son de un tambor para reconstruir un Exocet en medio del barro. No hay hombres en los Pichis excepto de a ratos, un gesto, una ración cedida o una actitud de pereza ante el trabajo que hasta les impedía ir afuera a mear. La Resignación es del hombre y los sueños eróticos con ovejas o vaya a saber qué son momentos que no alcanzan a definir qué es El Hombre para Fogwill. O mejor dicho, Fogwill no cree que en este escenario se pueda encontrar al Hombre más que en algunos sueños que manifiestan.
Los Pichiciegos no es un libro sobre los sueños.
Fogwill no sueña. Esto sucedió de alguna manera, y él elige que esta forma lo relata bien. La ficción no importa, porque cualquier dato histórico impreciso no quita veracidad a la historia. No se trata en sí de la historia, ni de su temporalidad ni es un estudio social. Los sueños los vivimos como ciertos y su contenido es la realidad. No soñamos aquello que no existe. Relatar un sueño implica una familiaridad o una intimidad, y nos permite hablar de cosas sin solución de continuidad y sin detalles ya olvidados. Se nos perdona todo eso sólo porque el sueño revela algo que de otra forma sería totalmente inaccesible. Podemos soñar aquellos monstruos que jamás toleraríamos despiertos.
Los Pichis es un libro acerca de la voz pasiva.
En nuestro lenguaje la voz pasiva se utiliza para indicar que algo es atravesado o padece la acción del verbo. Los personajes logran saltar del libro a la vida con facilidad, tal vez porque así es como se vive, ingresamos en algo que ya sucede y conocemos a los actores a medida que participamos de su interacción. El Turco, Viterbo primo, Quiquito, el psicólogo, el Ingeniero, Rubione, todos tienen un perfil completo. Sin dar un sólo dato sobre sí mismos, son tangibles y es tangible el padecimiento de la materialidad de la guerra. Es a través de esta corporeidad que Fogwill entra en los Pichis con la fuerza de la herida abierta. En cada “helado” como llaman a los muertos palpamos la guerra y el transcurso de los días sin luz en las islas. Los Pichiciegos habla sobre quienes nos hablan, y se permite disentir con la materia de la escritura. Qué puede ser dicho sobre la guerra de Malvinas es una pregunta secundaria. La primera es ¿desde dónde hablar los hechos y desde dónde hablar la vida para reubicarnos en la humanidad de la que nos han despojado?
Los Pichiciegos habla sobre lo irremediable
La nieve es una unidad. Todo lo nevado se recubre de un color y un brillo que relaciona los objetos en una continuidad absoluta. El frío para los Pichis es absoluto también. Se soporta sólo si podemos recordar el calor. La deshumanización es absoluta. Se soporta cuando apelamos a la inmediatez. Lo inmediato está cubierto de nieve, y hace frío. Es un sistema compacto de uniformidad. Hay un círculo vicioso del que Fogwill nunca sale. No puede. El relato es una cadena de eventos inexorables, y a tal punto llega esta determinación que nos fuerza a último momento a preguntarnos por el absurdo. ¿Qué sucede si miramos esta historia como una inversión de la realidad? ¿Si de golpe aparece una réplica que dice que algo es inexorable sólo en la medida que creemos que el hombre es algo en sí mismo?
Fogwill se teje una trampa y no sale airoso. Logró transmitir absolutamente todo aquello que podía afectar a un hombre sin siquiera nombrarlos. Las sombras que constituyeron sus personajes no necesitaron de nada y los mantuvo con unas pocas raciones para que ninguno pudiera ostentar ningún artificio frente a la vida desnuda. Preguntó a través de sus víctimas hasta dónde se podía decir sin corromper la arcilla humana. Hasta se siente la tentación de recriminarle y tirarle en la cara cuanta travesía a los galpones tuvieron que hacer el Turco y sus hombres para buscar “bateris” o pastillas de pelear. Una página antes del final el libro hubiera sido una verdad absoluta de esas que soñamos sin cuestionarnos su lógica ni su sentido.
Los Pichiciegos es un libro que identifica el color del caballo blanco de San Martín
Es difícil encontrar un libro que logre tan bien como este la belleza retórica y la pureza de la circunstancia. Una duda: ¿decir sentido o decir gollete? Volvamos al libro: “-Ver a mis viejos. ¿A tus viejos? – Si, y culear y bañarme – dijo el de los viejos, seguro que para no pasar vergüenza” Fogwill sorprendido en su inocencia de intelectual asalta la biblioteca de sofismas y encuentra uno excelente: Alguien tiene que salvarse para justificar la existencia del escritor. Dicho de otro modo: es necesario un texto y que ese texto sea humano. Justificar. El consuelo de la viuda, dios dará, no hay mal que dure cien años. Nadie quiere que los Pichis sufran y mueren en silencio, por omisión. Pero no se soporta la idea del absurdo si no existe un héroe que la sostenga. El héroe en este caso es sin dudas Fogwill y su ayudante alter ego Quiquito quien se convierte en la víctima de un curioso con excusas de freudiano que lucra intelectualmente con la desgracia de este hombre.
Es preciso releer el texto para encontrar la clave. No soportamos el dolor ajeno. Para ayudarnos, nos “con-dolemos”, nos “con-padecemos” y gemimos en el mismo tono en realidad para no escuchar al otro. Fogwill hace lo mismo, no tolera el horror de Malvinas y se apura a escribir para poder ser un veterano más de los que vuelven al continente. Grita sin pudor a la par de Quiquito.
La paradoja del lenguaje tiene múltiples aristas, y una de ellas, de las más importantes si no la más, es la utilidad. Estamos atrapados en el vicio, usamos las mismas armas que todos y somos la misma materia que todos. Sin diferenciación elegimos, ellos son los otros y eso es aquello otro. Fogwill despoja a la guerra de su propio sustantivo. Pero cree en el lenguaje. Existe para él un espacio de “posibles” desde donde se puede hablar. En la galería de falacias la primera es pensar que hablamos de algo más que no sea de nosotros mismos.
Una foto y me resigno: No me acuerdo del mar ni de la explanada del Casino. Sin embargo cuando la miro creo que recuerdo, veo una nena flaca rubia inocente, mersa desclasada y miembro de lo popular. La única diferencia con Fogwill es que él no tiene foto.

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