Desconfiar de las convicciones

harun-farocki-escritos

Por Pablo Scoufalos// pscoufalos@hotmail.com

Desconfiarde las imágenes, de Harun Farocki.

Traducción de Julia Giser.

320 páginas. $120.

“Cuando intentaba explicarle a un amigo o a un compañero de militancia que existía una relación entre la forma del cine y la política, mi intención no llegaba muy lejos. Mucho de los que habían ejercitado sus facultades lingüísticas con Adorno, ocupaban todo el día con palabras y a la noche utilizaban el cine o la televisión para distraerse”.

Durante la presentación de su libro, el realizador checo Harun Farocki gesticula y mueve sus dedos larguísimos mientras mira de reojo a la traductora. No entiendo lo que dice pero se lo ve didáctico, accesible. “Aclaro que no soy un crítico fundamentalista del entretenimiento. No soy musulmán”, traduce la mujer. Alguien lanza una exclamación que se diluye entre las risas del auditorio de la FUC, en el barrio de San Telmo.

Invitado por el Goethe-Institut y la Fundación Proa, Farocki estuvo en Buenos Aires durante todo el mes de marzo realizando múltiples actividades, desde un workshop con los alumnos de la FUC hasta la presentación de sus últimas películas y de su primer libro, Desconfiar de las imágenes, editado por Caja Negra.

El reconocimiento a Farocki – reconocimiento reciente en Latinoamérica, donde hasta hace unos años era un desconocido- se debe, en parte, a haber desarrollado una suerte de “crítica de la mirada” a través de una mirada reflexiva, no sólo de las imágenes que construye y usa el poder sino también de la imagen en sí misma. A partir de ahí, busca indagar -a veces ingenuamente- en la responsabilidad política tanto del creador de la imagen como del espectador. El prologuista del libro, Georges Didi-Huberman – francés, filósofo, historiador del arte -sostiene que Farocki se dirige a los “sentimientos” del espectador, a quien trata con “respeto y un cuestionamiento brutal”.

Si bien las imágenes de sus películas y video-instalaciones giran en torno a motivos clásicamente sociológicos como la alienación, las sociedades disciplinarias y las de control, los no-lugares(supermercados, shoppings, etc.), Farocki busca interpelar a la imagen misma y a los dispositivos y tecnologías que permiten que esta (sea imagen televisiva, cinematográfica, publicitaria) se erija como productora de sentido, verdad y deseo.

Desde joven, Farocki se quemó los ojos leyendo el estructuralismo francés, El capital, Bertolt Brecht, y estudió el cine francés, norteamericano e italiano de los años 50 fotograma por fotograma. En el 69, se quemó el brazo con un cigarrillo en cámara con el objetivo de denunciar a Dow Chemical por la fabricación de napalm, arma que estaba usando el ejército de EE.UU para incinerar y masacrar vietnamitas. Esto fue parte de su primera película, “Fuego Inextinguible”, que realizó un año después de haber sido expulsado dela primera escuela de cine de Alemania Occidental. De esta manera, fue forjando su cine político y desarrollando una suerte de taxonomía de las imágenes, que fue plasmando en diversos textos a través de diarios, revistas y catálogos de sus exposiciones. “Desconfiar de las imágenes” es una antología de sus escritos entre 1980 y 2010, que incluso tiene un epílogo con la clasificación alfabética de las categorías que utiliza Farocki para analizar las imágenes.

El prólogo de Georges Didi-Huberman es, al menos, curioso. Dice que Farocki construye imágenes que contrarrestan a las “imágenes enemigas” y en varios pasajes repite la siguiente frase como un mantra: “Elevar el enojo que provoca la violencia del mundo para denunciar esa violencia con toda la calma e inteligencia que sean posibles”.

De las cuatro secciones en las que se divide el libro, la primera sección (“Los primeros pasos”) es la menos técnica y la más literaria. La única literaria. En esta sección, los ensayos de Farocki giran en torno a los comienzos de su formación política y cinematográfica, su expulsión de la Academia Alemana de Cine y Televisión de Berlín – para ser expulsado tuvo tomar un taxi porque sus compañeros habían tomado el despacho del director sin él-, su intento frustrado por hacer películas didácticas sobre Marx y Mandel, su experiencia como redactor en la célebre revista de cine “Filmkritik”. La caracterización de sus compañeros de clase de cine no sólo es entretenida sino que allí lo vemos pleno en su obsesión de pensar que casi todos los que rodeaban (y tal vez los que lo rodean ahora) subestimaban el poder de la imagen, sin ver en esta un lenguaje “esencial” y “fundacional” donde la sintaxis queda en segundo plano. Se puede observar en frases tales como “La mayoría de estos nuevos politizados no tenían inquietudes estilísticas, se aferraban a las cosas con las que habían crecido” o “Yo me hice amigo de Bitomsky porque él no compartía esta devoción por el presente”.

Los conceptos de Farocki no son originales, su crítica social no es profunda. Tampoco busca imágenes nuevas, sino la repetición. Lo más potente es, tal vez, la aridez de su ojo clínico, sus análisis ideológicos del uso del plano-contraplano, su cruzada contra el “convencionalismo” del “Nuevo Cine Alemán” (Wim Wenders, Herzog, Fassbinder). Lo más potente es su convicción.

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