Ladrillo

ladrilleros-portada

Por Alicia Digon

Ladrilleros / Selva Almada

Mardulce Editora

www.mardulceeditora.com.ar

Entrar en Ladrilleros es como atravesar la mascarada de la vida. Ese mundo particular que a principio de siglo nos contara Alfredo Varela en Río Oscuro. Aquella novela también fluvial, de horror y cadenas. Chamamés, monedas y muertes. Novela, ésta de Selva Almada, que podríamos enmarcar en el lugar de “literatura social” y los avatares del sufrimiento humano. Una escena inaugural promete lo sinuoso entre el barro y la carne. Entre la vida y la muerte. La luna y la mugre. Hay un recuerdo permanente de un futuro encerrado como en pecera. Una prisión. Una larga manga sin principio ni fin contiene a personajes. Muchos, demasiados, haciendo de esta pieza, una narración coral. En ese trayecto la lengua de quien narra se funde en la misma dialógica de los personajes. La mezquindad del humano. El desatino. El desamparo en el umbral constante de un horror particular y descalzo. Desprovisto de ropajes, ese horror es atravesado con figuras poéticas, insistiendo en un repiqueteo caleidoscópico. Lo blanco y lo negro. El cielo y el infierno. Constante ir y venir de uno hacia el otro. Una luna permanente que aparece y desaparece metiéndose en la boca de Pajaro Tamai es la diagonal de los huesos fundiéndose en la tierra. La mierda coral se desparrama en noches calientes y hay sangre. Hay situaciones donde la lengua se hace densa y se opaca, quizá para recrear el clima propio de la novela: “La amiga le dijo a Celina que la ladrillería andaba bien, que su pariente se las arreglaba trabajando él solo, que era una buena oportunidad. Se estaba construyendo mucho en la zona y todo el mundo compraba ladrillos. Con lo que daba el horno alcanzaba para el alquiler y quedaba un resto más que suficiente para vivir”. Celina se entusiasmó enseguida. Tal vez eso era lo que necesitaba su marido: un trabajo donde él fuera su propio patrón”….Vemos la lentitud y el repiqueteo a través de una relato que trata de transmitir lo cansino y torvo de un delta de barro oscureciendo rostros. El desprecio permanente de un despreciado es el juego de cara y seca. Ladrillo a ladrillo, Almada construye una novela de juego duro. Miradas torvas. Terror de un adolescente que no se atreve al grito. Algunos pasajes se pierden por la entrada de la figura poética. En otros momentos el lector puede llegar a la fatiga, por ese simulacro de perversión coral, entre tanta basura humana transformada en palabra. En forma permanente esa oscuridad de un delta que traga. Aprisiona. Deja la cara de Pájaro Tamai contra el cielo. Contra el suelo.

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