Mitos de la juventud

Los detectives salvajes

Por Ezequiel Barbosa Vera

En julio se cumpliran diez años de la muerte de Roberto Bolaño, en febrero de 2014, cuarenta de la de Julio Cortázar. Los detectives salvajes y Rayuela marcaron a fuego a distintas generaciones de lectores latinoamericanos ¿Cuántas obras tuvieron, en todos estos años, un impacto parecido al de estas novelas? Hay una serie de motivos fundamentales que se identifican fácilmente en ambos libros. Juventud, errancia, viaje, amigos. Su gesto mayor, no obstante, es el proponer cierta equivalencia romántica, a través de la cual la noción de juventud se confunde y se entrelaza con la de artista. Las circunstancias varían en cada texto: Oliveira y su troupe del Club de la serpiente no son artistas ni pretenden serlo pese a que el tono poético los hace pasar por tales. Arturo Belano, Ulises Lima y el resto de los difusos real visceralistas se autodefinen como poetas y escritores aun cuando hayan dejado de escribir o de publicar. La juventud se vive más como un estado de ánimo creativo, de posibilidades, que como una cuestión etárea, de tiempo. La estructura de Rayuela ha sido señalada siempre como su mayor innovación, puesto que planteaba una presunta libertad de elección al lector, una opción que rompía con la linealidad tradicional de la novela. Sin embargo, el peso de la forma se impone: la numeración por capítulos e incluso el orden preestablecido en la ruta de coordenadas del principio anulan cualquier tentativa de fractura estructural. Por si fuera poco la voz del narrador Oliveira siempre ordena y organiza la experiencia de lectura, estableciendo otro tipo de linealidad, menos visible pero presente en todo momento. En Los detectives salvajes la polifonía de voces copa y desvía la narración, el relato nunca es único. La voz que en un comienzo parece imponerse, la del diario de juventud de García Madero, se ve partida, abriendo un paréntesis de veinte años, de cientos de testimonios que disuelven la unidad de la trama. Arriesgo algunas conjeturas: Los detectives salvajes y Rayuela perduran porque contienen y reproducen algunas imágenes relacionadas con el mito de la juventud explosiva y errante, establecen una especie de conciencia poética cotidiana que supera la noción de creación artística. Una salvedad las distingue, una no menos relevante: Cortázar propone una mirada cerrada sobre la experiencia de un treintañero que vive alucinado, que embellece hasta las calles más sucias de París y puede ser feliz incluso ante la muerte del bebé de su amante. En Bolaño, el cúmulo de voces en el marco de dos décadas no deja de resultar algo así como una retrospectiva o un señalamiento del paso del tiempo que, entre otras cosas, subraya el estoicismo de la derrota de los ideales de la juventud, un futuro que se abre más allá de la fugacidad del instante poético. Eso, en Rayuela es obsesión y en Los detectives salvajes, posibilidad. Vale recordar las ventanas de cada final: en uno, Oliveira la atraviese e inicia (de acuerdo a las coordenadas de capítulos) un ciclo de recursividad inacabable, terrible. En otro, García Madero le muestra el dibujo de un recuadro en blanco a Lupe y le pregunta qué ve detrás de esa ventana. Esa blancura, lo que no se ve, lo que no se distingue a la distancia, es la latencia de un tiempo desconocido por venir. Y en esta traducción de experiencias se juega el gusto de cada lector.

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