Regionalismo porteño

por Leticia Martin // @leticiamartin Imagen

¿De dónde salen los libros si no de la psiquis, de la mano, del trabajo de sus escritores, de la sociedad y del momento histórico del que forman parte?

Un libro no es una aparición, un irrumpir mágico o casual. Un libro es una cantidad de trabajo, síntesis, esfuerzo y talento; cosas que tiene y pone en evidencia Selva Almada, la escritora entrerriana que en 2012 dio que hablar con su primera novela; El viento que arrasa. Una escritora que hace más de diez años viene publicando, prologando libros, administrando un blog y organizando el ciclo de lecturas Carne Argentina, entre otras cosas.

¿Quién podría decir que la novela de Almada es algo “insólito”? No hay que buscarlo en Wikipedia. Insólito es algo que pasa alguna vez, algo extraño, inusual, infrecuente, inaudito, raro, desacostumbrado. Como un meteorito que cae del cielo, una mera casualidad producto del azar, o de la suerte.

Sólo podría usar ese término para referirse al trabajo de Almada alguien que desconoce las arenas de la narrativa actual, el campo de batalla en el que se libra la lucha por una posición más legítima. Y nombro al campo cultural porque enseguida me surge la pregunta por la legitimidad.

¿Qué voces nos acercan o separan del centro? ¿Quiénes ubican a qué autores acá o allá?¿Qué medios, intereses o continuidades representan esas voces? ¿Qué podemos leer por nosotros mismos, qué reiterar, qué discutir? ¿Hasta dónde vamos a repetir las lecturas e interpretaciones que nos sugiera cierto sector avejentado de la crítica?

La novela de Almada no tiene los ribetes de la retórica de Juan José Saer. No se le parece en el lenguaje, ni en la trama, ni en los conflictos. Saer recarga las oraciones, administra un lenguaje sofisticado, superpoblado de adjetivos, de coordenadas que albergan más coordenadas.

Abundar en la pulcritud de la prosa de Almada sería reiterar. Ya lo dijo Maxi Crespi hace unas semanas: “Almada teje una ficción sobria y con objetivos claros. La prosa es limpia, llana, de una aspereza casi franciscana”.

Tampoco resulta una lectura fuerte, en términos de Bloom, que se ubique a la novela de Almada próxima a autores como Jorge Cionsiglio, sobre todo cuando el parentesco se debe a la “extrañeza del texto”, vale decir, cuando se hace entrar a Selva Almada en la tradición de esas narraciones “raras”, o “extrañas”, que nos vienen de un espacio más allá, de un lugar lejano, local, o poco transitado.

Tal vez lo disruptivo en la novela de Almada, lo que cierta “corrección política” de algún sector de la crítica no puede ver, es que el texto de una chica de provincia pueda estar conversando con autores como Faulkner, Auster o Capote; pueda ser claro como una película que se proyecta en nuestras mentes mientras leemos, pueda ser bien recibido por los porteños sin haber sido escrito por un porteño.

Selva Almada (1973) nació en Villa Elisa, Entre Ríos y vino a vivir a Buenos Aires a los 27 años, luego de residir en Paraná donde estudió y dejó Comunicación Social para hacer el profesorado de literatura, mientras escribía sus primeras ficciones.

La gran ciudad de Buenos Aires -no parece algo extraño- se le presentaba a la escritora litoraleña como un desafío y un deseo que vino a cumplir sin dubitaciones. “En los años noventa no había tantas editoriales en Entre Ríos, no estaba tan desarrollada internet, así que se hacía necesario venir a Buenos Aires”, cuenta Almada.

En la infancia, desde muy chica, leyó sin formalidad ni dirección. Le gustaban las típicas novelas juveniles de Louisa Alcott, las novelas de aventura de Emilio Salgari -que leía con su hermano- las historias de la colección Robin Hood, las revistas como El Tony, D´artagnan, o los comics como Nippur de Lagash, [historieta argentina de corte más masculino que guionaba el paraguayo Robin Wood y dibujaba Lucho Olivera]. Más adelante, ya en la adolescencia, Almada leyó los libros de Corín Tellado que le sacaba a su madre y se asoció a la biblioteca del pueblo donde escuchaba las recomendaciones de la bibliotecaria, que era una gran amante de los novelones rosas y los best sellers. En su arribo a la facultad se encuentra con Juan L. Ortiz, Onetti, Cortázar y otros autores canonizados que hasta ese momento no había leído. Onetti fue el primer autor que intentó abordar desde el lenguaje, es decir, tratando de desentrañar los mecanismos de escritura que funcionaban en su prosa.

Almada no tenía los intereses de sus pares en la escuela o el profesorado. Su adolescencia fue difícil en relación al sentido estético que iba desarrollando. No le gustaba ir al boliche del pueblo o salir a pasear en auto, y su meta principal no era casarse, meterse adentro y tener muchos hijos.

“Leés lo que te llega, lo que podés, no lo que elegís. Lo interesante es que te guste leer. Luego te podés encaminar en la búsqueda de diferentes autores, pero en verdad no interesa tanto qué leés como que sigas leyendo”.

En los últimos años, ya siendo alumna de Alberto Laiseca, Almada leyó a los autores del sur de norteamérica en los que encontró una escritura simple y directa. “En Paraná no había talleres literarios así que nos juntábamos entre compañeros del profesorado para leer y corregirnos. En Buenos Aires, más que nada por una cuestión social, entré al Rojas [Centro Cultural Ricardo Rojas] para estudiar con Alberto Laiseca, e hice un taller de dramaturgia con Tantanián y Veronesse. La verdad es que no leí casi a Saer, salvo El entenado y La pesquisa, que no me gustó, no leí otra cosa de Saer y no diría que fue una influencia para mí”.

Aceptar que las tradiciones se conforman en la zona que delimita un espacio geográfico, territorial, es quedarse con apenas una de las posibilidades que la influencia del lenguaje puede significar en la obra de un autor.

Quedarnos con una lectura, repetir la fuerza de una voz no propia, es aceptar el lugar otorgado por los que giran la manivela de la máquina de legitimar.

Para Bourdieu, insisto con él, el campo literario es una economía paralela, en otras palabras, detrás de cada batalla cultural, enmascarado en lo que llamamos “bienes simbólicos” se halla la materia, también simbólica, del vil metal: la posibilidad de seguir publicando, de entrar a nuevos circuitos de producción, de ganar becas, subsidios, mejores posibilidades a la hora de cobrar trabajos. Hasta Harold Bloom terminó por aceptarlo cuando afirmó que “el amor literario es una estrategia social, más afectación que afecto”.

De ahí que una palabra, un “parentesco”, una apreciación, sea cuestionada y discutida con tanta vehemencia. No es por capricho o por hilar finito. Para la crítica y por qué no, también, para los lectores, comprender la literatura significa batallar por el sentido, sin por ello renunciar al amor literario auténtico.

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