“Ahora que parece que nadie es de derecha añoro a los nacionalistas”

Por Mariano Zamorano // @zamoranoconz

Con la presentación de Una mirada sobre Rodolfo Walsh, Ricardo Piglia  inauguró el ciclo de  clases magistrales que el Centro Cultural San Martín propone para este semestre. Repaso de su obra, paralelos con Sarmiento y Borges, y antagonismos con David Viñas y Andrés Rivera.

Son las 18.49 cuando los organizadores de la sala del Centro Cultural San Martín piden que “vayan pasando las chicas” y las quejas empiezan a quedar atrás. Ubicadas en primera fila, dos señoras ya habían hablado de los talleres literarios de Abelardo Castillo, la vergüenza que les daba leer sus textos en público, habían comentado algún freelanceo realizado en Clarín en la década del ’90 y se habían quejado de que las hacían esperar afuera de la sala.

-¿Tenés muchos nietos?

-No, ninguno. No tengo hijos tampoco.

– Ah, como cocinás y la otra chica dijo que hacías tortas, pensé que eran para los nietos.

– No hay problemas. No te incomodes.

– Te envidio. La repostería nunca me salió, una vez quise hacer scones, pero no sirvo para las cosas manuales. Siempre fui más de cosas intelectuales. Es una o la otra.

Pasadas las 19, se apagan las luces de la sala y Maximiliano Tomas –curador responsable de los cursos y clases magistrales que se dictarán en el Centro Cultural San Martín- agradece al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y da paso a Ricardo Piglia, quien sube al escenario con las hojas que leerá a lo largo de toda su exposición. Comienza con un esbozo de la simetría sobre la relación entre literatura y política en las obras de Rodolfo Walsh y Jorge Luis Borges, junto a la figura épica del primero que influye a la hora de leer sus cuentos. No pasan tres minutos cuando la señora que antes había comentado sus incapacidades culinarias levanta la mano. “Ahí me están pidiendo la palabra, yo preferiría que hablaramos más tarde”, dice Piglia.

-No, por favor. Hay un eco y se escucha bastante mal. Es cuestión del sonidista.

“Ay, qué pelotuda”, comenta otra sentada dos asientos a su derecha. A pesar de los inconvenientes Piglia continúa comparando la tradición de “literatura fantástica” de Borges con la “literatura documental y los elementos de la realidad” utilizados por Walsh. “Podríamos decir que la tradición de la literatura realista en la actualidad está en manos de los productores de best sellers que reproducen la tradición de manera lineal y mecánica. En los costados está la literatura más productiva, como es el caso de los cuentos de Walsh”, señala Piglia y resalta la transformación de las técnicas de narrar que impulsó el grabador en el siglo XX –reflejado en ¿Quién Mató a Rosendo?- y que sirvió como punto de partida de lo que se llamó Nuevo Periodismo.

Llegado el turno de Operación Masacre, Piglia destaca el manejo de la tensión entre la ley y la verdad, junto a las distintas formas de lectura realizadas por cada generación que provocaron la subsistencia del texto. “Cuando se publicó en 1956 se lo leyó como una crítica a la Revolución Libertadora y a sus políticas encubridoras, a pesar de que cuando empezó a escribir el libro Walsh estaba de acuerdo con la Revolución Libertadora. Luego en el proceso de peronización acelerada fue leída como un libro que encarnaba la resistencia del peronismo de los ’60 y en la actualidad es leída como un antecedente a la crítica de las políticas represivas del Estado”. Piglia elogia también  los retratos de los obreros de la resistencia y el recorrido realizado por la vida cotidiana. “Es importante la reconstrucción de la experiencia. Del mismo modo que en el Facundo más que la crítica rosa lo que sobrevive de la obra es la forma en la que Sarmiento cuenta la vida y la experiencia en la Pampa”.

Piglia resalta también las alegorías típicas de la prosa de Borges, Kafka y Bretch, y el respeto de Walsh por la capacidad del lector de policiales para descubrir el sentido de algo que está implícito. “La referencia a algo sin nombrarlo ocurre en el cuento Esa Mujer,  en el que cualquiera puede leer el relato como una disputa por el cuerpo extraviado de una mujer pero el texto no funciona hasta que no se sabe que la mujer es  Eva Perón. Un oscuro día de justicia es una ficción elíptica de raíz borgeana de chicos irlandeses en un internado católico a la espera de un salvador que va a llegar al pueblo, como Guevara o Perón. Esto lo pone a Walsh como autor antagónico de Andrés Rivera o David Viñas, que expusieron de manera muy explícita. Walsh trabaja de manera muy lacónica con una prosa de gran eficacia”.

“Walsh admiraba el estilo de los escritores nacionalistas, que eran grandes lectores de la literatura del Siglo de Oro y, por lo tanto, eran prosistas extraordinarios. Yo creo que a Walsh y a Borges les interesaba esa prosa muy de combate escrita con una calidad notable. Ahora que parece que nadie es de derecha yo añoro a los nacionalistas. Eran interlocutores extraordinarios para la discusión política: decían ῾queremos la monarquía, un voto calificado y creemos que lo que pasó después de la Colonia fue un desastre’. Se hacían cargo de lo que pensaban y lo decían. Yo extraño esa sinceridad”, cerró Piglia.

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