En el fondo de la olla

Entrevista a Federico Sironi

Por Florencia Blanca // florencia.blanca@yahoo.com

Federico Sironi

Leo Los hombres de los pantanos (Expreso Nova, 2011) y unas semanas después me encuentro con su autor, Federico Sironi, quien se define como “un escritor porteño”. Vi una foto suya en la página de Editorial Dunken en donde editó Los infieles. Una generación en el olvido (2009). Cuando llego me pregunta si lo reconocí por el libro que llevaba y le digo que sí. Hablamos del tiempo, el tráfico y el escrache a un prostíbulo cercano hasta encontrar una mesa donde él pueda fumar. Confirmo que entre otras cosas fue crítico literario y presidente de la Asociación de libreros del Parque Rivadavia. Durante la entrevista cuenta que escribe para otros y eso lo hace “un negro de la literatura”. Él también intenta confirmar ciertos datos: quien dirige la revista, si yo escribo y si me gustó lo que leí.

Prendo el grabador y arrancamos a hablar de su libro: “Los pantanos son el lugar de la marginalidad. Yo quise escribir sobre la marginalidad estructural, pero no salió así. Hice una descripción de personajes tomando diez como número sin que fueran arquetípicos. Es un lugar pegajoso al que se entra fácilmente pero no es fácil salir, como el mundo de la droga.” Afirma entonces que el nombre los pantanos se lo ponen los propios personajes, no el autor.

-¿Y porqué elegís mostrar eso?

-En el libro dice que es una novela pero viste que no tiene esa estructura. Yo voy contra el género. Oscar Wilde tiene una frase que dice que la realidad supera la fantasía. Muchos me preguntan si esos personajes son reales. Yo podría decir que sí. Pero ya no lo son porque están escritos, son parte de un discurso. El libro tiene tres momentos: una presentación, una semblanza de personajes a tono biográfico y un diálogo final con una explicación. No se ubica donde está el libro. Es como los mismos personajes. No son fáciles de ubicar.

Más tarde dice que no recomienda a nadie meterse en los pantanos. “Lo que yo quería hacer era alejarme de eso y curiosamente caí luego de un desengaño amoroso. Porque el libro es una especie de expiación. Hay tipos que se van a una villa y hacen un trabajo antropológico sobre el paco. Yo estudié antropología pero no me interesaba hacer eso. Me interesaba contar un cuento, como un cuento para chicos ¿Viste? Escrito de manera sencilla y que cualquiera lo pueda leer.”

– No ocupo el lugar de ningún personaje. Hay una arqueología en el libro, no foucaultiana, pero hay un trabajo de observación participante que es un método casi arqueológico o antropológico, que se desvanece porque esto es literatura, no es un ensayo científico ni nada por el estilo. Es literatura pura. Es un pequeño infierno.

-¿Dónde se ubican las mujeres ahí?

-Es una tribu de hombres. El libro está dedicado a dos mujeres. Una es una psicoanalista y otra una persona de la que yo estaba enamorado en una época. Los personajes de los pantanos podrían estar en el prostíbulo ese que me decías. Hay en el libro cosas que se dicen, que son pocas, pero lo importante también es lo que no se dice. ¿Viste como la teoría del iceberg de Hemingway? Hay que conocer más cosas de las que se dicen para poder escribir algo. Y yo traté de escribir algo sintético. Abajo de esa punta de icerberg también está el tema de las mujeres aunque no sea explícito en el libro. No hay ninguna mujer entre los personajes. Hay un hombre que usa bombacha. Quizás intenté preservarlas.

-¿Qué escritores de los pantanos te interesan?

-Con el tema de los escritores de culto y los escritores relativamente marginales hay una apología que suele hacerse, como de las drogas también. Yo no trato de hacer esa apología, pero si querés conocer un escritor de los pantanos soy yo. Traté de salir de ahí. Estuve mal incluso. Pero si me decís que escritores me gustan, muchos provienen de la poesía. Pero un escritor al escribir se redime, deja de ser pantanoso. Ahora ¿Cómo calificarían a un Rimbaud en su época? ¿Cómo un homeless? ¿Cómo un tipo que vivía en la calle? ¿Cómo un homosexual? ¿Cómo un marginal? ¿Sería un personaje de los pantanos? Qué se yo. Esto no es nada más que un libro que trata de reflejar la ciudad de Buenos Aires. Hay un pequeño Adán Buenos Aires de la marginalidad, pero los personajes de Leopoldo Marechal son arquetípicos, los míos no. Un escritor no muy conocido, que hoy se lo valora por el tema de las drogas y todo ese tipo de cosas, es el autor de Marc, La sucia rata, José Sbarra. Pero no me gusta que lo pongas como un escritor de los pantanos porque yo lo conocí personalmente y las cosas que se dicen de él no son verdad.  No se quería morir de sida. Yo conocí su casa y donde vivía en el momento que escribió ese libro. Lo tenía dedicado por él. Era bastante pantanoso pero no me gusta calificar a otros.

-Justo me acordé de Plástico Cruel cuando leí tu libro.

-Fue el último libro de él. Podría haber figurado en la contratapa como quienes lo ayudaron a editar. Puede ser. Sbarra escribe en una tónica más convencional y el libro este tiene desestructurado el género.

Luego menciona otro hecho que lo une al escritor: “Soy peronista. Milité en el peronismo. Pero estoy un poco alejado. Son los chicos los que hacen política, los chicos de tu edad. José Sbarra era peronista. Eso no lo dice nadie.”

-Esto enfoca algo que el kirchnerismo no toca, porque no lo toca nadie. La sociedad no lo toca. Es imposible vivir como viven estos personajes. Nadie elegiría vivir así. La vida no es lo que uno elige siempre. Es a lo que te va llevando una sucesión de hechos. Hay personajes que viven así, pero están ocultos bajo capas de sedimentación urbana.

-¿Cómo se eligieron las imágenes del libro?

-Fueron idea del editor y de la persona que trabajó componiendo el libro. Le pedí algo raro para iniciar cada capítulo y puso ilustraciones de la época de Voltaire. Me gustaron y las hice dejar. A Jorge [Hardmeier] lo conocí como escritor. Había creado una editorial y había sacado un libro por ella que se llama Arquitectura antigua. Me gusto que sea una editorial nueva y le dije a él de hacer el libro. Y lo hicieron bien, me gusta.

Sironi señala el frente del libro y dice que es la imagen del fondo de una olla, “una olla donde podrían cocinar los hombres de los pantanos”. Se acerca el mozo y nos dice que tengamos cuidado, que saquemos el grabador de la mesa para evitar un robo.

-En el libro hablo sobre una inexistencia, estos personajes no existen. Pero nos dijeron que conservemos la computadora acá, o sea que sí existen. El ladrón de agua si robara esto se iría a comprar cocaína por ahí.

-Me dijiste que fuiste crítico y mencionaste a Oscar Wilde ¿El crítico también es un artista?

-No creo en los artistas. Yo creo que uno tiene un oficio. Mi oficio es el de la escritura, lo desarrollé en varias formas, por eso te pregunte sí escribías. Vos me dijiste que no porque creés que estás con un escritor.  Es como en el psicoanálisis, en este caso soy un sujeto de supuesto saber. Pero el saber lo tenés vos ahora. Es más, yo no podría hablar de mi libro. Vale más lo que cada uno piense.

Me pregunta qué opino del libro. “Lo que uno escribe no es que sea aleatorio, pero está subordinado a una lógica que uno no puede manejar una vez que ya está publicado. Porque ya lo maneja el lector. Creo que es más importante lo que lea otro, porque el libro ya es más tuyo que mío. Yo ni lo había releído. Tampoco es que lo dejé tirado por ahí. Por algo llegó a algún lado.”

 -¿Pero qué significa entonces ser un escritor de culto?

-De una generación de escritores, son pocos los que quedan conocidos. Salvo para la gente que lee mucho. Por eso a algunos se los llaman escritores de culto: porque son leídos por escritores solamente. Yo conocí un poeta muy conocido entre los poetas, incluso lo frecuentaba Juan Gelman. Murió a los 89 años en una villa de Ingeniero Budge. Se llamaba David Morgade. Inédito. Ahora la obra de él está publicada. La tiene Editorial Besana pero no lo leyó nadie. Escribía muy bien y murió solo, como un marginal total.  Una vez me hicieron una nota para una revista española y le pusieron Diálogos malditos entre escritores malditos. A mí ya me habían puesto a los cuarenta años como un escritor maldito. A nadie le gusta ser un escritor maldito. David escribía en forma clara y me insistía a mí que no escribiera poemas herméticos.  Me hubiera gustado escribir un libro para chicos y me salió esto. Después si queda o no… La literatura en parte entraña un riesgo, es un arma de doble filo. El que tiene un destino literario, si se juega por eso, a veces puede estar en una situación de desequilibrio.

Para Sironi la escritura no es gratuita. “[El libro] está escrito con sangre, como decía Nietzsche que hay que escribir. Y eso entraña un riesgo para el escritor y para la literatura. Como dice William Blake en los proverbios del infierno ‘el camino del exceso lleva al palacio de la sabiduría’. Pero ¿Cómo sale uno de ese palacio? Muy bien no queda. Yo tengo 52 años pero parezco más viejo.”

-Yo fui librero, siempre leí libros. Leí infinidad de libros. Y después me quede con los autores clásicos. Si me decís que autores clásicos me gustan, de poesía te digo Rimbaud. Escritores del siglo XX me gusta Hemingway… Y vos dirás ¿Cómo al que escribió esto le gusta Hemingway? Hay escritores que no son conocidos y son muy buenos. Y de los conocidos… Alberto Laiseca está pasando por una situación penosa y es un gran escritor. Escribió Los Sorias que no lo leyó nadie. Es un bodoque de dos mil páginas. ¿Quién leyó Los Sorias? Está consagrado, pero ¿Vos leíste a Fogwill? Yo lo conocí. Leé Muchacha Punk.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s