Una semana para Levrero

Por Juan Terranova // juanterranova@gmail.com

Levrero - Aguas salobres

Empecé a leer a Mario Levrero en 1992. Un amigo que frecuentaba en el ambiente melancólico de la ciencia ficción local me pasó el dato. Había un uruguayo rústico y lanzado, que trascendía el ya cansador fantástico-tipo-Cortázar-rioplatense. Lo primero que leí fue Aguas salobres, editado por Minotauro con tapa de Fati. Me impresionó que a Levrero parecía no importarle nada salvo narrar y entonces, en el cuento que le da nombre al libro, en esa playa, esos náufragos, comenzaban a ser tiranizados por un feto, sí, un feto, un feto guerrero y déspota. Después conseguí el legendario número 6 de la revista El Péndulo. Gandolfo publicaba ahí El manuscrito de Juan Abal, ilustrado por Nine, había un texto de Ballard, uno de Souto, un cuento excelente de Racoona Sheldon. Al final, esperaba al lector El lugar, una novela entera de Levrero. El lugar es un ejercicio de liberación que va de Beckett al comentario político y social. Describirla apenas como un in crescendo resulta imperdonable. El lugar, en su síntesis, en su aparente poca ambición, es “el” in crescendo de la literatura latinoamericana. Y así y todo El lugar no me terminó de convencer de que Levrero fuera un escritor genial, sino de que a Levrero había que leerlo. Alcanzaba con eso. Me recuerdo a mí mismo con la primera edición de La máquina de pensar en Gladys en la cocina de mi casa, haciendo un alto en el estudio y tratando de descubrir cómo hacía para imaginar esas cosas un uruguayo y por qué las escribía así.

Cuando Levrero murió los buitres bajaron a ver qué pasaba. Se reeditaron muchas de sus obras en grandes y prestigiosos sellos y recibió una atención que no había tenido en vida. Al menos en Buenos Aires. Esa lectura necrofílica me incomodó. No la sentí como una reparación post mortem, sino como una afectación del campo intelectual porteño, que al mismo Levrero le habría producido una ironía. Pensando desde mi ética de lector de folletines, sirvió apenas para conseguir algunos libros que no tenía o había prestado y perdido.

Esta semana la Revista Tónica ofrece entrevistas y novedades sobre Levrero. Como un homenaje y un saludo que también nos convierte un poco en buitres culpables. Lo hacemos porque más allá del entramado de tradiciones, del tejido de deformidades que cultivó Levrero, más allá de las casillas que ocupó, de los géneros que frecuentó, la lección que nos deja es la del trabajador más o menos oculto –alternativamente genial y rudimentario– con el lenguaje y la experiencia. Levrero nos dice: Sí, se puede escribir al margen de todo y de todos, en un continente, en una región, en un país que es el margen en sí mismo. Habrá lectores, buenos o no tan buenos; habrá libros, bien o mal hechos; habrá momentos para la pequeña fama, para el resarcimiento, que antes o después llega, y si no llega no importa, porque lo que importa es lo que uno siente cuando lee, cuando narra, cuando escribe, cuando conecta, produce y explora esa torpe, equívoca y vanidosa modificación del universo que llamamos literatura.

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