Lecturas luminosas

Por Ezequiel Barbosa Vera // ebarbosavera@gmail.com

piriapolisquizas1975

Con el paso de los años, y pese al reconocimiento ganado, la obra de Mario Levrero continúa planteándose como un enigma difícil de resolver, incluso para aquellos que lo han leído con mayor o menor atención. Fama e incomprensión crítica en dosis iguales: en la opinión de tres lectores uruguayos se observa la rareza y la originalidad que una figura tan grande como la de Levrero significa para la producción contemporánea de la literatura latinoamericana. Una obra inclasificable que, hasta la fecha, genera más equívocos que certezas.

Ramiro Sanchiz

La obra de Levrero ha significado para muchos escritores uruguayos una avenida hacia territorios que usualmente no parecían asimilables a lo que cabe -o cabía- pensar como “literatura uruguaya”, si es que tal cosa existe. Aparte de esto, creo que hay en Levrero, además de una literatura fascinante, una figura de escritor, una concepción del trabajo literario que establece como el mayor valor posible para una escritura el compromiso con ciertas obsesiones, ciertos temas que llaman desde lo más íntimo del sistema nervioso. Como Philip K. Dick, Levrero escribió para entender aquello que perturbaba su vida y lo provocaba; o, en todo caso, es posible ver a Levrero -su propia escritura parece invitarlo, desde La Trilogía Involuntaria hasta La Novela Luminosa (esa gran novela fracasada sobre el fracaso en las novelas)- de esa manera, y sentirlo cerca, como a un maestro. Sin embargo, no hay levrerianos, o hay uno o dos verdaderos levrerianos; quienes dicen seguirlo -muchos de ellos discípulos de los talleres que impartió en sus últimos años- copian, parafraseando a Borges, lo exterior del modelo y nada más, del último modelo de Levrero, de hecho, el de El discurso vacío o el de algunas de las “Irrupciones” que escribía para la revista Posdata, no el de El lugar o Todo el tiempo o Aguas salobres: no el mejor Levrero, el Levrero que vive, que vivirá. Mejor dicho: copian aquello en lo que Levrero era (y es) un callejón sin salida, y se esfuerzan por transitar caminos que él mismo cerró. Curiosamente, ese escritor saludado como un diferente, un “raro” (para usar el término que Ángel Rama tomó prestado de Darío) no generó sino clones, y nadie -o casi nadie- se animó a seguirlo allí donde valía la pena acercársele para caminar con él y conversar.

Ramiro Sanchiz (1978, Montevideo). Estudió filosofía y letras en Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación. Narrador, poeta y periodista cultural, ha publicado los libros 01.lineal (2008), Perséfone (2009), Vampiros porteños, sombras solitarias (2010), Algunos de los otros  (2010), La vista desde el puente (2011), entre otros. Integró distintas antologías de poesía y cuento. Colabora en las publicaciones La Diaria, Otro Cielo y con el portal Leedor.com.

 

Gabriel Peveroni

Mario Levrero es una mezcla de Franz Kafka y César Aira, por decir un disparate rápido. Lo ubicaría en una macro-generación de nuestra lengua en la que no deberían faltar Noll, Bellatín y algunos textos de Bolaño. Es un raro, como muchas cosas que salen de este lugar tan extraño que se llama Uruguay. Y entonces pienso así bien rápido en otros grandes como Maslíah, Mateo, Umpi, Courtoisie, todos raros, inclasificables. Levrero es, asimismo, un escritor esencial de la última literatura uruguaya. Logró evadir a un par de generaciones, la del 45 y la del 60, que no permitían desvíos formales y laberínticos como los que él habría de pergeñar. Eso sí, a la hora de las recomendaciones, comiencen su lectura por sus primeros relatos, por La Trilogía Involuntaria, vayan aventurándose en su obra y conociéndole antes de ingresar a La novela luminosa.

Gabriel Peveroni (1969, Montevideo). Dramaturgo, escritor y poeta. Ha publicado las obras teatrales Luna roja (1996), El hueco (2003), Groenlandia (2005), Exterminio (2008), entre otras. Además de su labor en dramaturgia publicó las novelas La cura (1997), El exilio según Nicolás (2004) y Tobogán blanco (2009). Participó en distintas antologías narrativas de las editoriales españolas Lengua de Trapo y Páginas de espuma.

José Gabriel Lagos

Creo que Levrero es una intensificación de la corriente de la literatura uruguaya que busca aislarse de todo lo que no sea específicamente artístico; ése era, en parte, el plan de Felisberto Hernández y también -pero solamente en el discurso, nunca en la obra- el de Onetti. A su vez, la propia carrera de Levrero es una intensificación de esta estrategia: su “trilogía involuntaria” tiene todavía referencias kafkianas, es decir, literarias pero externas, para luego (descontando algunos intervalos humorísticos) atender en sus últimas obras únicamente a su universo mental y al propio acto de escribir. Esto, unido a su labor tardía como tallerista, explica su ascendencia sobre una generación de escritores de principios de siglo a los que estimuló a bucear en la constitución de su yo, en material casi previo a lo biográfico.

José Gabriel Lagos forma parte del Departamento de Letras Modernas en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de la República. Dirige la Revista Lento. Fue editor del suplemento cultural de La Diaria.

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